8.7.09

una noche

Estoy en el baño, y leo esto. Cuando voy a la habitación (es tarde, y Jésica ya está acostada) le leo el fragmento.

“Es un eterno fenómeno: con ayuda de la ilusión dispersa en todas las cosas, siempre la insaciable Voluntad encuentra un medio para ligar sus criaturas a la existencia y obligarlas a seguir viviendo. Uno es retenido en la vida por la felicidad socrática del conocimiento y por el sueño quimérico de poder curar, gracias a él, la llaga eterna de la vida; aquél se siente fascinado por el velo de belleza del arte que flota prestigioso ante sus ojos; a éste, a su vez, la consolación metafísica de que, bajo el torbellino delas apariencias, la vida eterna sigue su curso inmutable; sin hablar de las ilusiones más bajas, y casi más poderosas aun, administradas en todo momento por la Voluntad. (…) Todo lo que llamamos cultura está compuesto de estos estimulantes."

No le interesa mucho. Ya con las luces apagadas me pregunta quién era exactamente Nietzsche, qué decía. Es un dulce balbuceo. Le explico, más o menos. Y no llego a distinguir en qué momento se queda dormida.

29.6.09

nueva editorial

*

gacetilla

Casi nunca me parece que abrir una editorial sea una noticia que participe de la nobleza. Por lo general, siento que contribuye a multiplicar la confusión y el mal gusto. Confesemos: son tan pocos los que escriben algo que significará para alguien al menos un poco de placer (alguien, por supuesto, que no sea un iletrado permanente). Y las editoriales pequeñas suelen simplemente reunir un par de amiguetes que se publican entre ellos, en un circuito de autolegitimación poco interesante. Pero, esta vez, no solamente eso. Puesto que esta editorial realmente es muy pequeña y sus intengrantes son bastante misántropos, existe la vaga chance de que un texto lumínico y fuerte alcance difusión. Justamente, el azar ha tolerado la publicación de un poeta amigo, que ha tenido a bien acercarme un digno libro de poesía, rarísima gema en un género tan abusado y vilipendiado estos días. La reciente y prometedora editorial DEVERET ha publicado un intenso libro de poesía de Carlos Rey titulado "Cavidades", que a su vez ha ejercido el descaro irresponsable de incluir un poema dedicado a Debret (moi), y que por motivos lindantes a la amenaza, estoy obligado a reproducir en este espacio (que como bien se sabe, no suele incluir publicidades ni gacetillas de ninguna índole). Cedo el paso a este poema, a modo celebratorio de un nuevo emprendimiento cultural. Y desde ya, si algún lector posee el vicio de la escritura y ha dado con un texto que siente que merece publicación, rompalo de inmediato, y luego prendalo fuego. Si sobrevive a todo esto, sientase libre de enviarselo a esta nueva editorial, donde será minuciosamente examinado hasta que de tal escrutinio quede nada y algo de polvo y etc.




FLATUS VOCIS


Para Debret Viana


Tumba disecada de la fuente
de donde brota el poema
(no bebí)
A la carga del pensante,
las lunas,
sin remisión.
Raíz,
herrumbrosa,
en tinieblas hostigada
(no bebí)
Desfloradas las lobas
del deseo,
oh, nubes,
tan parecidas,
oh, agua,
albergada en la fuente
(no bebí)
-si al menos la nube
se arrimara,
junto al agua,
aquí,
cerca,
donde el poema alberga el deseo,
y la tumba y los huesos,
secos,
ruegan una vez más
por nacer,
sobre la tierra,
real,
única real,
en el punto central del cerebro
que despierta,
claro amanecer del despunte,
hurgando,
hasta lo profundo,
luz,
(no nacida)
parida en el ánimo
del sentimiento,
paladar,
paladar de la boca,
en lo lindero por salir,
en las glándulas gustativas
de lo no nacido que
bebe,
bebe del agua,
regada,
como bálsamo,
como noche,
en la tumba esforzada
que silencia lo acontecido,
disuelto lo venidero,
una vez,
y otra más,
escurrido de las manos,
lo nítido
prometido,
ya,
ya.
………
de alguien
que ha bebido.


Carlos Rey

***

22.6.09

sentimentalidad satelital


evasión,
regresión,
reversión.

Toda cosa que vaya para un lado irá con la misma furia hacia el otro. Acercarse es un proceso lento. Si no se respeta esa lentitud, el desvío, el desencuentro. Pasarán de largo quienes corran hacia el otro. La danza táctil, en el ritual de descubrir un cuerpo, deviene solo de la danza de las miradas entretejidas en el silencio del ansia agazapada. Consecusión sacra. La urgencia mueve hilos que trabajan para la postergación infinita. El suspenso es un rictus donde sedimenta la posibilidad de un roce (y, por posible: irreal). Aquello que se acercaba, se da a la lejanía. Ante la atracción: retracción. Verterse en el vértigo de la sensación próxima del otro es casi perderlo para siempre. El encuentro es una flor rara que ha de cultivarse entre cadencias serenísimas. De cada cuna apurada brota, de pronto, un monstruo. Todo exabrupto en el trámite de un contacto es sacrílego. Los pasos, como las palabras, deben ser en derredor del otro: satelitalmente; nunca hacia adelante: diagonales, perpendiculares: nunca líneas rectas: orbitar; todo paso a través de una línea recta resbalará indefectible por las nieves de lo desunido. El invierno de sí mismo sin el otro es el otro lado de la cama cada mañana desde mañana. A veces el otro sólo es la antesala de sí mismo. Solo puede darnos, antes de perderse o volverse estéril, la sensación de sí mismo. Y su sí mismo es el páramo donde declinan las expectativas de su cercanía. Lo real se repliega, mísero y mendigo, ante la potencia del imaginario. Quien cruce esa frontera, verá corroerse ante sí al objeto real, carcomido por la imagen de su proyección imaginaria defraudada. Lo imaginario rivaliza con lo real. Ante su doble (por ejemplo una mujer, y la misma mujer soñada, pensada, ansiada) el imaginario dispone de diminutos insectos, transparentes y rumiantes, que muerden diminutamente al objeto real. Muerden suavemente, y quien es atacado solo siente algo parecido a nada. Pero quien observa, ve claramente la modelación de una deformidad. Es sutil, pero inapelable. Amar, es siempre amar antes. Haber amado antes de que el otro postule su realidad. Urgidos, los tontos buscan que la realidad confirme (pronto, cuanto antes, ¡ya mismo!) la ilusión que urdimos con la incertidumbre del otro.

Según la velocidad, a veces basta verse una sola vez para parir el hastío. Es una simple matemáticas gravitacional. Pasado mañana, seguramente, la mecánica cuántica explicará estas cosas que hoy son apenas intuibles mediante el abuso de la literatura. Pareciera que el deseo del otro nos lleva hacia el otro como por un túnel inevitable, y de repente - estamos casi abriendo los brazos para contenerlo - ya lo perdimos: ha quedado atrás, inabordable, ajeno. Sentimos que hubo algo en el medio que se perdió. Pero no, no se perdió. Todo se pierde, a su tiempo. Y hay cosas que agonizan en su prólogo. Dignidad rara de un final en las primeras páginas, cuando las cosas parecían empezar. Lección platónica de no saber aun decapitar de un escopetazo a la ilusión que como un cáncer crece en los intersticios silenciosos de los días. Timidez terrenal de terminar viendo como enflaquece de frío en el cordón de la vereda, sola, una imagen venerada. Todo sueño cumple, eventualmente, el destino de volverse espectáculo agónico. Una imagen es una religión descartable.

&

¿Qué transpiran de noche los azulejos helados del lado de adentro de alguien que no concilia el sueño? Bueno: justamente eso: la sangre espesa que las cosas reales salpicaron sobre el sereno museo del imaginario; objetos pacificados en su estatismo de muerte ideal, cadáveres lábiles, santificados por sedas levísimas y tersos pinceles lacónicos - inocentes casi, de no ser por los rasguños que ostentan en la parte más nebulosa de su porte de apariencia, las uñas de la agonía de lo real.

18.6.09

chau peña


es peculiar
que se calle alguien
y broten tantos silencios.

16.6.09

sobre la conveniencia (e imposibilidad) de sostener una la lejanía franqueable

Baudrillard dice:

La seducción se consuma como mito, en el vértigo de las apariencias, justo antes de verificarse en lo real. "Todo es imagen, y yo soy mi propio mito pues, ¿no corro a este encuentro como a un mito?"

Yo pienso: estoy citando otra vez a Baudrillard. 
Síntoma de que estoy viejo. Releer incansablemente los mismos libros.
¿Viejo y pobre? 
Tal vez.

En otro capítulo, dice:

¿Hay que concluir que todo intento de seducción se resuelve o con el crimen del objeto, o con lo que es un matiz de lo mismo, con un intento de volver al otro loco? El encant que se puede ejercer sobre el otro, ¿es siempre maléfico? Acaso no es solo la represalia vengativa del hechizo que ejerce sobre uno?

Mi gato, Modigliani, se sienta sobre el libro y clausura toda posibilidad de seguir la cita. Supongo que finalmente lo que hace es justo: si no me interrumpieran factores externos, copiaría el libro entero. Ahora, estoy obligado a ejecutar el final. Improviso: 

- del mismo modo que tememos al otro, y en lugar de salir a buscarte me quedo en mi casa comiendo chocolate, y dejo para las ficciones que escribiré mañana las estrategias para acercarme porque existe el riesgo plausible de caer rendido ante vos, puro mito y puro objeto, porque seducir - disponer los signos de la seducción sobre el escenario, cercando al objeto- es en realidad ponerse a tiro, porque dar un paso en la estrategia de la seducción es estar ya seducido por el objeto que nos moviliza ("si te busco, si te sueño, si maniobro un plan para acerarme: ya soy tuyo, ya perdí"). 
Asi, del mismo modo, no querer trasponer los velos que te vuelven una ninfa nívea en las noches distantes donde a través de una ventana se vislumbran entrecortados los pliegues de una magia tontísima y encantadora, porque un paso en la dirección de tu verdad es claudicar todas mis apariencias, babélicas y felices, en la pedestre sentencia de mi realidad - en la que yo muero de frío, y soy un espectáculo francamente aburrido. Es necesario que pague con el peaje de mis máscaras. Sin ellas, valgo tan poco. En el privilegio de soñarte, es imperativo perderte. No es que vos no estés a la altura de mi sueño (tampoco sueño tan alto, pura literatura); es que yo no lo estoy: y si me acerco habré de dañarte también, y de herirte (porque ese es el destino de la belleza: ser aniquilada porque nunca se le puede devolver lo que da). Amar es tan mezquino: no desearte el bien, sino ser yo el único proveedor de tu dicha. Mientras tomás un café para soportar los libros de la facultad, o viajás en auto con la ventanilla baja, o suspirás en un momento cualquiera sin saber por qué, yo practico preservarte de mí.

Nick Cave diría:
So hold me and hold me, don't tell me your name
This morning will be wiser than this evening is
Then leave me to my enemied dreams
And be quiet as you are leaving this.
*

Pero todas esas cosas son cosas que se escriben. Del lado de acá, es difícil estar a la altura. Este es el lugar donde se pierde. El reverso del ideal. La arcilla indigna. Entrar en vos, sacrílego.

31.5.09

texto que no entenderá nadie (salvo una)

Estar y no estar. Tener que asistir a una cena, por un cumpleaños de un amigo, forjar la cara de persona, responder a los estímulos sociales, asentir, sonreír - puros mecanismos de evasión - y sin embargo estar lejos, prendido del influjo denso que imantaban las palabras de una mujer suspensa, en mi previsión vaga de la opacidad atractiva de los velos que la postergaban. Vértigo interior de la urgencia: querer decirle algo a su fantasma delicado, arrimar siquiera el aliento de una palabra para significarle "che, pienso en vos" pero estar aun atrapado entre las personas tristemente reales de la cena de cumpleaños de un amigo, y tener que mantener la compostura, y no asesinar a nadie, y hablar sobre Messi, sobre las elecciones, sobre el último libro de Cortázar, sobre el Bafici, sobre la feria del libro, sobre Lost, cuando todo en mi sistema biológico era el ansia por soplar esas velitas que por algún azar maligno se prenden una y otra vez, y ya estar pidiendo el remis de regreso, excusarme en un dolor estomacal y sumirme otra vez en la música sepulcral y hechizante de una muchacha lejana que escribe (y aterra, sutil). Y por supuesto llegar demasiado tarde, darle de comer a los gatos, poner sigur ros de fondo, inclinarme solo frente teclado, y en su ausencia escribir estas cosas.

Magia rara de una pocas palabras bien dichas.

29.5.09

el tiempo

En un sueño, se me apareció Bertrand Russel - aunque se parecía sobre todo al Dr. Bishop, de Fringe -, y me dijo:


I
El tiempo es una tragedia.
El tiempo es un accidente que le ocurrió al espacio.
El espacio antes del tiempo tenía la perfección de la inmovilidad.
Algo ocurrió, y el tiempo brotó de una explosión.
El tiempo es el movimiento de esa explosión: el estallido inicial, la cadencia de los restos volátiles, el declive de las particulas.
El universo se expande, y eventualmente, 
en algún punto, se comprimirá. 
Y volverá a su forma perfecta de cosa quieta e indivisa. 
El recorrido de un punto a otro es el tiempo.

II
No se trata de un recorrido pacífico. 
Ni lineal.
Es un pasillo complejo, con mil habitaciones, y desvíos.
La ilusión de circularidad parte de la fe del hombre, que busca sentido.
Pero en realidad se ramifica en espirales inconcebibles.
El tiempo es una rama de una planta
que no sabemos preveer.
El tiempo ondulará, 
pendulará, 
regresará, vibrará. A veces más rápido, a veces
más lento. 
Es la sustancia en la que transcurrimos.
Nosotros anidamos en la catastrofe del tiempo.
El espacio se curará del tiempo, y mucho antes
de nosotros. 


III
Vos y yo 
somos parte de ese evento bruto y desviado que es el tiempo  
- una parte minúscula, claro: como las hormigas
del suelo de Waterloo, indiferentes a las potencias que se dirimían - 
El tiempo es la brecha entre dos estados inmóviles, perfectos. 
Un flujo que disipa y reune. 
El espacio ha de pagar el costo del tiempo para regresar a su perfección. 
Las cosas que se mueven son llamadas a perecer. 
Todo este ajetreo sobre el espacio 
es el flujo del tiempo. El tiempo es una condición de imperfección. 
En algún momento, la gravedad corregirá al tiempo. 
Y el universo, que se expandía, se contraerá 
hasta regresar a ese punto de inmovilidad, 
y perfección. En el medio, 
se perderán las infinidades de combinaciones 
en las que se imbricaron las diversas piezas del universo 
(hierro, polvo, gases, particulas, bacterias, moléculas, átomos, oxigeno, hombres, peliculas, etc). 

IV
Un trecho de esa senda, sin embargo, queda documentada. 
El universo, aburrido de su indiferencia, se regala 
un ojo y una memoria. El hombre 
mira las cosas que se mueven, en la lejanía, y maravillado 
mitifica. 
No servirá de nada al final, 
pero nada sirve de nada. Es simplemente 
el pasaje de un estado a otro. 
Nosotros, hijos del tiempo, no tenemos lugar allí, 
en la perfecta quietud del espacio serenado. Todo lo que nos ocurre 
ha sido nada más que la inercia de un estallido 
hace muchísimo tiempo.

V
Tal vez, vuelva a ocurrir. Y los dados se echarán a rodar de vuelta. 
Me gustaría ver cómo caen las piezas esa vez.
Todo puede ser tan diferente. 
Pero solo me queda imaginarlo. La imaginación 
es el agujero negro. 
La producción de un universo que no es. Un reverso.
Arroja mundos en el mundo. 
Nuestro consuelo, 
nuestra religión. 

¿Qué será de ella cuando todo regrese a su quietud?


...

Yo no dije nada. Dejé que hablase. Después quedó en silencio un rato. ¿Qué le podría responder a Bertrand Russel? Yo tampoco entendí mucho, pero ¿qué? ¿le voy a pedir explicaciones a Bertrand Russel? Para futura referencia: si Bertrand Russel se te aparece en un sueño, dejalo hablar tranquilo. Es un sueño: no molestes con tu fetiche de sentido. Bertrand Russel se sacó la bata de científico, y debajo tenía un pijama con dibujitos de Disney. Abrió la ventana, y se arrojó por ella. Cuando me acerqué, vi que había caído a una pileta de gelatina, y nadaba feliz. Tres coreanos golpearon a mi puerta y me reclamaron que yo no era capaz de distinguirlos de los japoneses. Estaban muy ofendidos. Sacaron cuchillos enormes. Me dijeron que ahora iba a ver cómo se hacía un buen asado. De inmediato la parrillada estaba lista, y empezaron a llegar invitados. Todo esto me deprimió mucho, porque sabía que sería yo el que iba a tener que limpiar todo mañana. Opté por fingir un incendio. Con un magiclick, que me dio Gerardo Sofovich, ataqué las cortinas y los bigotes de los invitados. Tim Burton y Robert Smith, que estaban bailando juntos, se dieron cuenta, y me persiguieron. Tuve que mudarme a Honduras y ponerme un negocio de alquiler de mulas. No se vive nada mal, pero hay muchos mosquitos. Ocurrieron muchas cosas más en el sueño, pero ya les perdí el rastro.

23.5.09

cómo se cifran los mensajes en el mundo desapegado



Despertar en mitad de la noche, mirar la habitación en penumbras y que las ropas dispersas que arrojé sin cuidado hayan cobrado formas monstruosas. Venganza del objeto inanimado: que las cosas, libradas a su azar de cosa tirada sin prestar atención, articulen el horror en su imprecisión nocturna. 
Algo oscuro ha de haber en las cosas (o en mí), que veo siempre rostros malignos en las manchas de humedad y los azulejos de los baños.

13.5.09

devaneo

Espera en la sala de espera del dentista. Hay un cuadro de Chagall en la pared. Reproducción barata. Espacio vacante suficiente para el devaneo efímero. Palabras evanescentes en la cabeza de Debret Viana.


Hay en quienes pienso muy seguido. En Modigliani, en Caravaggio, en Vincent. En Munch. Y hay otros en quienes no pienso nunca. No se me ocurriría pensar en Ingres, ni en David. Tampoco en Monet. Pienso cada tanto en Gauguin, pero no me cae bien. Siempre decido en su contra. Aunque prefiero su escritura a sus cuadros. Pienso más bien en Munch, en Chagall, en Blake. No pienso en Moreau, por ejemplo. Pero me gusta decir Gustav Moreau. Pero me acuerdo que Degas dijo que Moreau pretendía revelarnos el arte a través de la bijouterie. Me río cuando recuerdo eso. Sobre Degas tampoco pensaría, a no ser por Valery. Esas asociaciones son comunes. Pienso en Matisse y en Einstein por culpa de Picasso, pienso en Duchamp porque todo el arte se fue a la mierda, pienso en Piranesi por Kafka. Cuando pienso en El Bosco, eso no ocurre. No pienso en nadie más, ni devengo en él desde ninguna parte. Cada tanto llego a Klimt. Me satisface. Más el color que el tema. Menos el lienzo que la paleta. No pienso mucho en Dalí, salvo por Lorca. Tampoco en de Chirico, un poco más en Miró, pero muy poco. De los españoles, vuelvo siempre a Goya. Más a los grabados que a otra parte. Goya me sirve. Es un soporte efectivo para mis ideas. Pero es mucho más que eso, y lo aprecio, aunque a veces me cuesta disociarlo. La perfección de las meninas ya me agotó hace tiempo, si es que alguna vez, fuera de Foucault, me importó algo. Prefiero la bruma, y la imprecisión. Fiedrich, por ejemplo. O la luz en Turner. Tal vez sea el único inglés que me hable. De Constable, solo los cielos. Y poco más. Ilustradores sí. Beardsley sobre todo. La sangre de Beardsley, y sus sátiros. Aunque con Salomé me basta. No me pregunto si en verdad me gustan esas ilustraciones, o es algo que deviene de amar a Wilde. No me importan las gordas de Botero. Tengo un par de posters en la casa de Kandinsky. Paso rápido Rafael y Masaccio. Me demoro en Michelangelo, y nunca lo abarco. No es muy largo el rato que disfruto de Gorz. Sí me atrae el morbo erótico/homicida de Schlegel. Pero soy del trazo violento de Vincent, de los ojos insondables y los cuellos largos de Modigliani, del azul largo y frío de Munch, y sus caras desencajadas, de las noches de Chagall, y de la oscuridad perfecta de Rembrandt, que labró la tiniebla hasta parir la luz más fina y exacta. Esa luz ha sido erradicada de la posmodernidad. A veces, las noches vacías, en el empedrado de San Telmo, o en mitad del centro de la profunda madrugada en mi habitación, iluminada por la luz amarillenta del living, que llega a través de una levisima abertura de la puerta entreabierta, grieta efímera por la que viaja el privilegio de la anacronía, etc.

29.4.09

2.0

Tengo muchas pulsiones latentes en mí. No sé de cuál hacer literatura. Tengo miedo de seguir una, y que sea un tipo que camina por la calle y que en todo el trayecto no le pase nada. Sería una pérdida de tiempo. No tengo la fe como para dar un paso sin antes vislumbrar un destello del conflicto. Pero no veo conflicto. Porque el drama ya no es matar al padre y acostarse con la madre, ni vengar al padre muerto matando al tío o perseguir tiranos maquiavélicos, etc. La tragedia cotidiana es la existencia. Yo soy un existente que dramatiza. No hago apología de mi tragedia personal, que es banal y común. Trato de dar mi cuerpo como una antena para fotografiar la vivencia de un sinnúmero de tragedias posibles, no menos reales por haber sido imaginadas. Después de todo, yo imagino con toda la realidad de mi carne. Después de todo hemos perdido hace rato la uña que más o menos arañaba la realidad, y lo único que nos resta es una "sensación" de realidad, que proviene del arte, de la tv, del imaginario. Es en el arte donde se adquieren las técnicas para desempeñarse en lo real (que no es ya otra cosa que un residuo social, un tic). Así como sustituimos - en algún punto impreciso- la temperatura por la sensación térmica, hemos descartado la realidad - que nos resulta ya un objeto arqueológico, platónico, improbable - por la sensación de realidad. Por eso hoy, en sus horas privadas, cada salame se cree una celebridad (sube fotitos, cuenta cada gansada que hace) o un superheroe (que mediante primitivos recursos retóricos organiza el discurso para brindar la ilusión de que son protagonistas de una aventura). Ese "delirio" no es otra cosa que la soledad - y la predisposición a la fabulación masturbatoria propia de la soledad. Lo que nos pasa por la cabeza cuando estamos solos: un teatro triste y consolatorio para que el "yo" que no logra hacer pie en el cuerpo social haga piruetas, se ejerza, se canse y por las noches nos deje dormir sin sedimentar en el fondo de la conciencia un tumor esquizo. En fin, el verdadero, profundo, triste y paralítico "yo" atrofiado que la mascarada social sepulta en el más denso sótano de la identidad. Enajenado, alienado, super pajero. Solo.

17.4.09

no tan distintos

Newton escribe: "Realmente es una cuestión de suma dificultad el descubrir y distinguir de un modo efectivo los movimientos verdaderos de un cuerpo de aquellos otros que son aparentes, (porque las partes de ese espacio inmovible, dentro del cual se operan dichos movimientos, no son susceptibles de ser observadas en modo alguno por nuestros sentidos)".

Esta descripción de una circunstancia física contiene en sí el dilema histórico burgués de la sentimentalidad (y con él la inaprehensibilidad del otro, y el estado de incertidumbre permanente en que vive el enamorado).

Tal como son próximas la teoría de la relatividad y el cubismo (por no decir que son un mismo evento en dos formas diversas), la angustia de no tener un mapa emotivo de la interioridad del otro está prefigurada ya en la primitiva física.

(Eventualmente diré que la ciencia y el arte son simplemente dos lenguajes de una misma narración)

14.4.09

time / 500


Este es el post 514. 

Me doy cuenta, un poco tarde, de que he pasado los 500.

Puff
.
Voy a pensar un poco en dónde se fue todo ese tiempo.




11.4.09

cinefilia

extras

I
Cavilo en la sombra frases precisas que después, a vos, te diré mal. Seguiremos, es previsible, desencontrados. 
Tal vez si alguna cosa que pensé de una manera y dije de otra, o algo que iba a decirte y al final no te dije… Pero ese es otro universo. Literario. Y ajeno.

II
A mi me quedan las migajas, los restos metafísicos. Soñar, aun cuando es posible que no todo esté perdido aun, con una dramaturgia de mí mismo. Decidir, en la cuarta noche de la semana en la que te vas a dormir demasiado temprano para mi gusto, que he sido un mal actor para la escena que tramé. Hice mal los gestos, sobreactué los momentos sutiles, fui grosero con el suspense, hice demasiados gestos para un primer plano y olvidé la letra en los momentos más obtusos de la narrativa, justo cuando era necesario un guiño oportuno para no extraviar el sentido. Vos, dentro de tan tan poco, vas a decir que fue todo un problema de casting (después de eso es simple: la producción se detiene unos meses, se convoca nuevos candidatos, se me reemplaza, se retoca un poco el guión y nadie nota la diferencia). No hay ya mucho que pueda hacer. Me sé la letra de memoria, pero eso no me ayuda en nada. No sé ser eso; sólo tengo las palabras. El lado de afuera, pura cáscara. Yo también pienso que pudo ser un problema de casting. No todos somos dignos de un protagónico. También es necesario estar por ahí, llenar el espacio. Soñé demasiado alto para mis cualidades. No supe encallar mi devaneo onírico en la realidad. Mi carne fue pobre; no supe vestir el verbo. Fui un Burton sin Depp, un Fellini sin Marcello, un Truffaut sin Jean-Pierre Léaud, un Chabrol sin la Huppert, un Wong Kar Wai sin Tony Leung, un Woddy Allen sin Woody Allen (Kitano sin Kitano).

III
Eventualmente, ni el abuso de la cosmética me alcanzará para pasar por persona. Devendré en extra de mi propia vida; pasaré por detrás de las cosas que hubieran sido importantes. No me confiaré ni para decir una línea marginal. Haré bulto, seré un artilugio del efecto de realidad. Y será todo. En algún punto, me caeré del escenario, o derrumbado e inmóvil en el suelo seré decorado por un par de actos hasta que los utileros corran a los muertos del medio, y la escena seguirá, implacable. La cámara no me necesita. Es vano preguntarse si han anotado bien mi nombre; no llegaré a ver los créditos. Los créditos son para los demás. Fui como casi todos, pero no me reconocieron. Ha sido fácil, para ellos, dejarse distraer por la ilusión de un destino teatral. Se obnubilaron, hechizados por los leading men, pero no se dieron cuenta de que no eran hombres, sólo tótems vacíos. También fallaron al no percartarse de que uno nunca es aquello que se sienta a contemplar, admirado. 

...
Yo, por mi parte, supe mi lugar. Tímido, vulgar, común. No moví muchas cosas de donde estaban, pero que todos muevan todo no contribuye al sentido de las cosas: en el escenario las cosas han de estar quedas para que un movimiento inteligible sea posible; la confusión habita tan próxima, acecha. Para que un Napoleón tenga sentido, mllones han de educarse en la monotonía y en la insignificancia. Cuántos hemos tenido que no hacer nada, someternos a ser extras o decorado para que se dieran la escena del César y Bruto, del Cristo y Judas, de Modigliani y Jeanne, de Lennon y Chapman. 
He sabido pasar. Fui yo, pero apenas. Levemente, sin ampulosidad, sin grandilocuencia, sin caricatura. Casi nadie, casi todos.  A mi modo, habré colaborado con el verosímil del mundo.

)-(

7.4.09

bueno, pero alguien tenía que hacerlo...

inútil gimnasia mental

No estaba haciendo mucho. Mientras pensaba - o recordaba, a veces es lo mismo -, mis ojos erraban por los objetos, sin ver nada: un poco acá, un poco allá, un cenicero, una lapicera, la mesa, el suelo, la tapa de un libro de Roland Barthes, una mancha de humedad,  ropa por el suelo, mis ojos posados como un insecto en su naturalidad de ser insecto. Y justo mientras pasaba mi mirada de un objeto a otro, vi como una calculadora justo se apagaba. Alguien la había tocado hacía minutos tal vez, y ahora a mí me fue dado ver azarosamente ese instante, ese corazón del segundo dentro del segundo donde está y deja de estar. Creo que era el número 64. La mirada pasaba (no puedo afirmar a dónde se dirigía: no creo que nunca sepamos por qué miramos en tal dirección, o en cualquier otra), vio el 64, siguió su camino, ya casi se iba a ir, se resbalaba y en el último hálito del cartílago del objeto: se desvaneció. Espectáculo de la irrupción violenta de una falta. Show de la ausencia en su estadío más bruto. Importante saber detectar esto: cuando algo se retira, lo que queda no es propiamente la nada, sino la marca de una ausencia, de un cuerpo que estuvo: en nada similar a la nada.

¿Banal? Por supuesto.
Pero también es cierto que pensé en eso, y que ese momento se me hizo plenamente conciente. (no todo ha de ser siempre trascendente, y de hecho nada lo es sino retrospectivamente, literariamente; incluso los momentos sagrados de nuestras vidas no son más que sensacionismo). No diría que se trató de un acontecimiento. No tanto. Pero sí un intervalo en mi tedio.
 
Son muchas las horas de nada, y los desplazamientos más mínimos pueden imbricar una trama - la imaginación necesita respirar, articularse, moverse, estén de turno ese día las musas o no.


Y que, sobre todo, no sé de nadie en la historia de la literatura que haya narrado esa fugaz transcisión. Lo busqué en el catálogo de mi memoria. Y llegué a la conclusión de que tenía que escribirlo. No, no es metáfora de nada: pero alguien tenía que hacerlo.

(La escritura necesita moverse también, aunque no tenga nada para decir: es un instrumento que debe afinarse para que cuando algo suceda - si es que algo sucede alguna vez - puede hacerse cargo dignamente)

25.3.09

leer de noche (los azares como destino)


Como nada en Buenos Aires funciona - y los colectivos no son la excepción - tres noches consecutivas soy rehén de la espera. Me siento en un rincón de la vereda, y leo "Degas Danza Pintura", de Paul Valery, y encuentro:

"He aquí el verdadero orgullo, antídoto de toda vanidad. Tal como el jugador está obsesionado por las combinaciones del juego, perseguido en las noches por el espectro del tablero o por el paño sobre el que se abaten las cartas, impregnados de imagenes táctiles más vivaces que reales. Así es el artista esencialmente artista. Un hombre que no está en posesión de una presencia de esta intensidad, es un hombre inhabitado: es un terreno baldío."



Peculiar y bello libro este, que no es mío y yo solo debía transportar hasta una rara y deliciosa mujer, y que ha tenido en suerte -mitad porque se rompió el auricular del mp3, mitad porque estaba solo- ser el libro que empecé y terminé en esperas de colectivo.

12.3.09

bis

La historia de mi vida se resume en esto: estar llegando a la parada y que justo se me vaya el colectivo.

Me pasa siempre, y siempre llego con el tiempo exacto para perderlo por el menor tiempo posible. además, como me empecino hasta el ridículo en ser elegante, no le hago señas desesperadas al colectivero y con austeridad lo dejo ir mientras compongo canciones que insultan a todos los medios de transporte porteño en la espera del próximo colectivo - que ya  sé que vendrá repleto.

Yo sé que hay enanos. 
Enanos diminutos, gnomos acaso, que trabajan moviendo cosas de lugar (muy poco, sutilmente, lo suficiente como para que no la encuentre en el primer lugar donde busco). A no confundirse: cuando encontramos algo en el primer lugar donde lo buscamos es precisamente porque los enanos lo permiten: es un artilugio para disimular su existencia (sería obvio que ellos son los responsables si pasara todo el tiempo: la intermitencia es su coartada). 
Pero hay enanos, y yo lo sé. Pero saberlo no los acobarda. Son prolíficos en sus operaciones, y sé que urden una demora justa para mí: la mínima necesaria para que llegue a la parada de colectivo en el momento preciso en que éste parte. Se trata de una política de desánimo: habiendo perdido el colectivo por tan poco, y siendo este suceso harto recurrente, no tengo más remedio que caer en la desesperación metafísica, que pronto ha de arrastrarme hasta el nihilismo absoluto, con intervalos de una profunda angustia existencial. Los pasos lógicos en los que cualquiera incurriría en mi situación. 

Cada vez más exasperado, no logro acostumbrarme a esto. Pero trato de sacar partido del tiempo perdido, y llevo conmigo una libreta donde anoto gente que detesto, para después llamarlos de madrugada y rapearles canciones de Piero.

11.3.09


Lo que probablemente me disgusta de ser yo, es tener que serlo tan seguido.

9.3.09

longest bed death speech



Hay un momento incómodo, cuando el marco que le puse a las cosas resulta obsoleto, y todo me parece desbordado, y creo que mientras yo creía que escribía cuentos y novelas, toda esa escritura no era más que un tristísimo y obscenamente largo discurso lleno de últimas palabras dichas quien sabe entre los fierros de auto en la ruta, o en las intermitencias de la agonía de una cama de hospital donde muero de algo.
*

5.3.09

.


La historia de mi vida se resume en esto: cada vez que tengo que ponerme las medias, solo encuentro una. 
Y yo, con una media, peor que sin ninguna, me veo de pronto incompleto, absurdo, inhabilitado para la vida social, obsoleto; y no me queda más remedio que dedicar todo mi tiempo a dar caza a la media que me falta y revolver cada cosa de mi casa - los restos objetales de mi pasado - con el ansia de que tal vez debajo o detrás de algo se encuentre la media ausente pero en lugar de eso encontrar otras cosas, que creía olvidadas o perdidas, que se enredan en mí y me demoran. 

Y todo esto en lugar de sacarme la media que tengo puesta y seguir hacia adelante (que sería tanto más lógico y más sano).

24.2.09

una observación sobre la posmodernidad

sutil elegancia del rehén

Un reloj: sitematización de la muerte. Corporización de los pasos de la muerte hasta mí, compás de la agonía, concretización de las huellas del enemigo invisible. 
Evanescencia. Lo que se pierde.

-

Así al principio, claro. Cuando el invento no podía aun esconder su costo, su fase siniestra. Ahora, la era de la digitalización silencia todas las aristas de lo monstruoso (toda figura disimula su puñal) mientras entramos suntuosamente al banquete y nos colocamos, con sutil elegancia, sobre el plato.

6.1.09

navegar impreciso


;


1
Deflación de la palabra dada al viento. Algo que pudo haber movido algo, si se hubiese sabido decir antes. Compleja asimetría de las cosas en el tiempo: futilidad de haber logrado la frase exacta, pero un poco después, cuando ya suena tonta, vacua, rencorosa. Souvenir de una victoria plausible mientras cuento los cuerpos en el silencio del campo de batalla.

2
Todo esto pasa con las palabras, que adolecen de oportunidad, y también pasa con el silencio, que de entre todas las cosas, es una de las más arduas.

3
Y lo más triste: que yo vivo así. En el colectivo, yendo de un lugar superfluo a un lugar inoportuno, me asalta la respuesta que debí dar a mi padre, o el latigillo perfecto para humillar al salame que acaba de bajar y que no había dejado sentar a una vieja que tenía un bastón, pobre señora, o algo que sería bello y que sería justo decirte, pero me lo digo a mí, y después, cuando te veo, ya no tengo la fuerza, ni el tono, ni el modo de articular esas cosas, y te digo palabras comunes sobre los fideos de la cena, algo sobre almorzar con tus padres el domingo, que abrieron un bar en la otra cuadra, que le robaron a mi tía, etc.

4
Me siento triste por esto y me siento triste por todo. Sobre todo por mí. Ya no soy tan joven. Las cosas que quise hacer guardan su gloria de ensoñación taciturna. Convivo con un cotidiano hostil, y para sobrevivir he de ser cada vez más banal. En algún punto, tendría que estallar: gritar, patalear, romper todo, golpear puertas, forjar un camino donde hay pastizal o desierto, asesinar a alguien, enloquecer, o algo (algo que me salve de esto, algo violento y lascivo que delate el desperdicio de seguir así). Pero yo había pensado que ese punto quedaba mucho antes de lo que ya toleré. Crucé líneas que había delimitado solo para los demás. Y temo que mi capacidad de adaptación haya anulado toda la fogosidad subjetiva que alguna vez creí que algo platónico y celeste había sembrado en mí. El delirio de las canciones pop: somos todos especiales.

5
Ya no soy tan joven. Un índice claro de esto: no me es raro soñar con muertos. Gente que quise, y que murió. Vuelven, de noche, a veces con sus ropas de muertos, otras veces - las peores - simulándose vivos, pero simulan mal, y el engaño solo dura un rato. En un muerto, siempre algo desentona.

6
Reunión familiar en casa de mi abuela, en Ramos Mejía. Están todos, y todos están muy contentos. Desconozco la ocasión, pero no parece importarme. La casa es más amplia, más luminosa de lo que es hoy. (hasta diría que tiene dos o tres habitación más que las que tiene en la vigilia). Yo creo por completo en esta alegría, y participo de ella. No se trata propiamente de un festejo, sino de una calma, una simple felicidad de habitar ese momento. Somos muchos. Unos entran, otros salen. Hay mucho movimiento. Apariencia de un domingo a la tarde, después de haber almorzado. Las cosas se mueven más lentas y no hay que estar en ninguna parte; distensión y apacibilidad. Todos están muy contentos de ver a todos los demás. Yo, que estoy bien, acaso feliz, que hablo con uno, y después hablo con otros y todo es ameno y grato, dejo de pronto de creer. Y siento que hay una impostura en la escena. No me enfurezco, para nada. Simplemente entristezco. Quedamos solos mi tío y yo. El todavía tiene rostro acorde a la situación y a los demás, una sonrisa amable. Yo le digo, más o menos:

7
- Esto está todo muy lindo. Y me encantaría que fuese así. Pero en otra parte mi mamá vive angustiada porque no supera la separación, mi padre vive en otro país (a veces chateamos), la abuela apenas puede caminar por el dolor de pierna, el abuelo está senil e irreconocible, yo tengo un trabajo que detesto, tu mujer sale con un tipo casado, tu hija dejó el colegio y vos te moriste hace diez años de una sobredosis en tu cama, un domingo.

8
Su rostro se contrajo, e hizo una mueca muy extraña. Yo no supe entonces - y no sé ahora - qué quería decir. Si se sorprendía por lo que yo decía, y quedaba atónito y espantado, o si estaba disgustado porque lo había descubierto. Lo abracé, y a los pocos segundos, literalmente se esfumó. Se contrajo entre mis brazos, y desapareció. Quedé solo en la habitación. Detrás mío el bullicio feliz de la familia. No tenía miedo: era tristeza. Después, desperté. ¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía coraje como para buscar a los demás y contarles lo que había hecho.

9
Uno de esos sueños en los que me hubiese gustado quedarme. Abdicaría de mi vida por poder habitar allá. Y sin embargo, cedí ante el impulso destructivo de la verdad (¿cuando la verdad le hizo bien a alguien?), y tuve que arruinar todo. La mera enunciación de la verdad obliteró la armonía de una serena felicidad. Yo, triste pero cínico, no vacilé en ser su emisario. Lo hago recién ahora, tarde y sobre el papel, con palabras mojadas en el pequeño lago de rencor que guardo en un frasco sobre el escritorio, donde cada tanto cargo el cartucho de mi lapicera. Escribir es siempre haber llegado tarde a alguna parte de la realidad, - y tratar de expiar esa demora o de ajustar cuentas manoteando un poco el diccionario y un poco la memoria. Serán siempre manotazos de ahogado, y cada frase respirará en su silencio un hálito de oscura desesperación. ¿Era realmente necesario hablar?

10
Sueño, en mis horas insomnes, con la administración lúcida del silencio.

**
*

(texto sin corregir, escrito en en bar de maxi)

31.12.08

No me acuerdo quien escribió esto.

El anhelo del hombre ingenuo: "quisiera morir y ver cómo me lloran", lo realiza el escritor constantemente, muere (o no vive) y se llora constantemente.

27.12.08

leyendo, al menos

"

A ti también te interesó el mundo. Fue hace mucho tiempo; te pido que lo recuerdes. Te pido que te remontes a ese preciso momento. Fue hace mucho tiempo, ¿no? Acuérdate: el agua estaba fría.

Ahora estás lejos de la orilla: ¡ah, sí, qué lejos estás de la orilla! Durante mucho tiempo has creído en la existencia de otra orilla; ya no. Sin embargo, sigues nadando, y con cada movimiento estás más cerca de ahogarte. Te asfixias, te arden los pulmones. El agua te parece cada vez ás fría, y sobre todo cada vez amarga. Ya no eres tan joven. Ahora vas a morir. No pasa nada. Estoy ahí. No voy a abandonarte. Sigue leyendo.

"

Michel Houellebecq
ampliación del ampo de batalla

6.10.08

un poco de violencia


La cosa es que te detesto. Que quisiera matarte. Espero que no notifiques a las autoridades respecto de mis promesas. Soy un escritor. No hago las cosas; las digo. Me basta con escribir que quiero matarte para no tener que hacerlo. Así es como si de algún modo, en algún lugar (platónico, etéreo, figurativo) tu asesinato sucediera y me aliviara.

Si me callara… ahí sí tendrías de qué preocuparte.

2.10.08

escribir

*
Lo que he representado va a ocurrir en realidad. No me he redimido por la escritura. He pasado mi vida muriendo y además moriré en realidad. Mi vida fue más grata que la de los demás, por lo que mi muerte será más terrible. Como es natural, el escritor que hay en mí morirá al punto, pues esa figura no tiene suelo, ninguna realidad, ni siquiera está hecha de polvo; sólo es posible, un poco posible en la vida terrestre, por lo que tiene bastante de insensato y no es sino una construcción de la concupiscencia. Así es el escritor. Pero yo mismo no puedo seguir viviendo, puesto que no he vivido, sigo siendo arcilla, y la chispa que no supe trocar en fuego sólo la hice servir para iluminar mi cadáver.
Será un extraño entierro: el escritor, algo que no existe, transmite el viejo cadáver, el cadáver de siempre a la fosa. Soy lo bastante escritor para querer gozar plenamente de eso en el pleno olvido de mí mismo - y no con lucidez, el olvido es la primera condición del escritor - o, lo que equivale a lo mismo, para querer contarlo; pero esto ya no ocurrirá. ¿Y por qué hablar solo de la verdadera muerte? En la vida, es lo mismo.


kafka

12.9.08

time-traveling



I
Le escribo a una mujer (¿algo tan anacrónico estos días?) que durmió conmigo hace mucho. Le pregunto: ¿cuánto tiempo ha de pasar para que dos personas que durmieron juntas se vuelvan extraños (retornen a la extranjeridad, se purifiquen del otro, restituyan la virginidad del otro, etc)?

Pasan los meses, no me responde. Rara reversibilidad de un contacto en el tiempo. No sabré cuál fue la frontera que cruzamos. Ni cuándo, ni qué particular circunstancia nos dejó el uno del otro lado del otro, ni si algo pudo hacerse para diferir los pasos por el túnel del tiempo, el deslinde.

Difuso límite a través del cuál se desata un nudo labrado acaso con delicadeza. Antes de esa línea, no se sabe. Después, no se contesta.


II
Inútiles huellas en la arena de un desierto sereno y lentísimo, o esas playas desoladas del sur, museos naturales de huellas donde trabajan laboriosos y secretos artesanos de la petrificación: allí un contacto queda salvado quizá durante meses, años. Uno camina al borde del mar feroz; alrededor siempre es invierno. Las cosas que habitan en el frío han pactado su fugacidad. Allí, la hostilidad preserva. Ha de volverse quizá años después, y al rondar la costa, será fácil encontrar las mismas huellas que uno dejó, o mágicamente percibir que un trecho se ha caminado sobre esas huellas sin haberse dado cuenta; o al lado de ellas, en compañía del pasado, de uno mismo, casi - desdoblado).

La pasión sintética de lo urbano. La ciudad borra esas marcas en su afán profiláctico y su entusiasmo higiénico. Sucedemos sobre una superficie amnésica
(incluso tu piel ha de olvidarme, y a mis dedos y mi boca)

El frío y la soledad, retienen.
(¿evanescencia de los rastros de la vida en las ciudades; memoria inútil de los desiertos y las altas montañas, teatro de fantasmas aferrados a una narración para nadie?
Tal vez)


III
Y por último la escritura. Resto fósil de un destino melancólico. Huellas herrumbradas en el níveo silencio de la página a modo de tributo nostálgico por las cosas perdidas, de las que ya solo podemos inferir una fragancia añeja y mantener en ellas un amor inexacto.


. . .

4.9.08

Alguien que se cree abandonado está leyendo, y le duele que la página por la que pasa ya casi acabe, que ya ni siquiera ella lo necesite.

walter benjamin

1.9.08

para responder a la pregunta: ¿de qué está hecha la tinta?


about my spiders


Cada vez me parece más esto: que, mientras escribo, la tinta se mueve debajo de mi lapicera como patas de una araña que huye de un peligro fatal, pero huye mal, torpemente: sin todas sus patas, a los tumbos. Me espanto de esto, pero no tiene caso: todavía hago algún intento por huir pero sé que es un gesto vano, para la audiencia - hago gestos bruscos, corro en círculos; corroboro los tics de de la desesperación -; al final, ya sé que el hilo por el cual corre termina en mí, bajo mi mano.


Y lo que pende en el medio, bueno: eso es tiempo (que yo malgasto contando historias para entretenerme de la espera).
*

29.8.08

Contrato


Cuando uno se convierte en escritor, justo cuando le hacen la entrega de la lapicera y un mapa con los universos que casi pudieron haber sido, es forzado a firmar un contrato por el cual se compromete a utilizar la palabra para otra cosa que no sea nombrar incesantemente a la mujer que falta.

El precio a pagar, en caso de que no se cumpliese con el contrato es fatal. El escritor es castigado con la credibilidad: sus lectores le creen demasiado. Se compadecen de él, se identifican, practican la lástima o la empatía. Pronto, el escritor pierde su derecho a la ficción, y todo lo que escriba quedará simplificado en las estanterías de testimonios.
*

28.8.08

apuntes sobre el sueño

Soñar; vislumbrar algo en esa cerradura de la que la vigilia es el laberinto circular.

Prefiguración imposible de un sentido, lejano y jeroglífico; aunque más no sea para distraernos del sinsentido cotidiano, inmediato, monótono.

La vida: detritus del ideal.

25.8.08

//

dial-tone

Con el hilo del tono del teléfono me estrangulo hasta dos pasos antes de la asfixia, para deslindarme por fin de la vigilia, y tolerar la noche en el dormir. Y sueño con serpientes, y con cabinas de teléfono en el desierto, sonando inútilmente para nadie, con un mensaje crucial que ha de perderse, y sueño con el hilo de Ariadna enredado y pegajoso, como una telaraña y sueño con líneas invisibles que recorren las llamadas hechas desde mi teléfono celular, urdiendo, junto con los pájaros, el mapa terrible de algo que sería definitivo para mí si supiese verlo, pero no veo y sueño que tal vez cuando me tropiece la próxima vez sea con una de estas líneas, y sin embargo siga mi vida sin percatarme de que, en la otra punta, tal vez he movido – un poco, tenuemente – a alguien junto a quien pude haber sonreído durante un rato de un atardecer, y que, aunque sintió un tirón en el codo, no le da mayor importancia, asume que habrá sido un transeúnte apurado, y sigue leyendo el diario, o mirando a través de una ventana u otra cosa, o no.

Y si despierto es ya para un día que prescindiría de mí a no ser por la cuenta de teléfono por pagar, y la vana decodificación de símbolos inútiles que provee la noche para dramatizar el día, su insipidez.
(Otra vez la noche, la venganza del día.)

11.8.08

ad noctum



1
Tal vez el alma de las cosas sea eso que me parece que no veo de las cosas.

2
Tal vez tu alma sea la cosa tuya que intuyo y que me elude, que no alcanzo y que no me piensa, que acaso no exista salvo como cosa que me rehuye y que, incesantemente, me falta.

3
Un adentro – que no sé, que no me consta, pero que me retiene, que tanteo en las noches y en los suspiros – de un afuera hermético, inextricable y distante, del que ya casi no sé nada salvo por le accidente de alguna foto de algún cumpleaños que alguien te sacó – probablemente tu padre – y que deambula por la web.
4
( La web: cárcel vertiginosa donde las imágenes deambulan, insustanciales, vacías, desligadas de su historia y su identidad: pura forma errática que encalla en las diversas pupilas de la indiferencia, o ya en la perversa imaginería de la fantasía (con su fascismo, su arbitrariedad). )

5
Por otra parte, una obsesión: la de definir cosas. Por ejemplo: declaración de amor: nombrar algo que me falta.

6 (a short story)

- Hay, a veces, rendijas entre los ladrillos mal ensamblados de una pared. Si miro por una de estas grietas, puede que, alguna vez, te vea. Pero no de otra manera.

7
¿Qué exhala de noche, insomne, un cuerpo triste, hastiado, “culturoso”, con muchos libros a cuesta? Bueno: tinta. Más o menos precisamente.

8
A veces, escribir: el hálito de las cosas que no decimos a tiempo, y para las que ya es tarde porque ya no son decibles, pero su resabio sedimentó en el sótano del alma (esa parte mía que me parece que no veo) y cada tanto emerge como cosa suspirada, llorada, imaginada (vuelta imagen), o dialogada en el soliloquio improvisado de cualquier momento vacío.
Entonces: escribir: ajustar cuentas.
No con los otros: con la población del silencio.

9
Claro que, de ser así, yo, que no sé hablar, estaría esclavizado en la escritura. (Aunque lo cierto es que cada tanto me vuelve la idea de escribir un libro – probablemente poesía – en el que, a uno por uno – uno por poema - les hablaría por primera vez sin reparos, sin pudor, sin pose. Por supuesto, el ansia por el día (o el procedimiento) en que las máscaras caigan es recurrente, ingenuo y poco original: no es desde el lenguaje que pueda vislumbrarse un tributo a la pureza. Sin embargo, todas esas cosas que quedan prendidas de la opaca telaraña del remordimiento…)

10
No deja de ser un poco patético: la pureza del ser al precio de no estar allí: ser capaz de decir las cosas que aplacamos en la conciencia pero con el ardid de habernos sustituido por el lenguaje, para no tener que estar allí mientras eso (el develamiento) ocurre. Al fin y al cabo, como siempre: fugas.

11
Pensar cosas así; o también, podría hablar de la mujer que duerme en mi cama, de su rara belleza, su respiración lenta, su serenidad de cosa pacificada por el sueño, lejana en su interioridad de camafeo cerrado, y cercana en su tibia desnudez, yacente y rendida, como una dádiva de eternidad que una hoguera fulminó, hasta dejar esto: una ceniza en la danza lenta del viento; o de las sábanas, cuando un cuerpo dormido, en madrugada, se reposiciona en el sueño.

Pero no.
Eso sería
real;
y yo no tengo con qué escribir sobre la realidad. Le daré
un beso cuando despierte, y si no despierta antes de que yo me acueste, besaré su cuerpo dormido; y estará bien así: sin intercesores,sin testigos, sin envidencia: casi como si no pasara.

***

1.8.08

stuck


( somewhere in-between )

25.6.08

una elipsis

néctar de las cosas furtivas II;

un boceto



Le parece que, todavía hacía unos años, le podía haber reprochado que se estaba haciendo tarde. No tenía el caracter como para ir a buscarla, pero tal vez un llamado telefónico, un correo electrónico que simplemente dijera algo como:


Suman años los ademanes de tu silencio y tu indiferencia. Acaso una vez las cosas pudieron haber sido distintas, pero no lo fueron. Casi resulta natural que sea yo quien escribe estas cosas: siempre atento a exigirle al lenguaje que reponga las cosas que no pasaron. No lo sé: tal vez el lenguaje en sí no sea más que un tributo a la nostalgia. Siempre trayendo aquí cosas que no están aquí: corporizando fantasmas con el vaho de las palabras.


Yo puedo concebir, sin esforzarme en lo más mínimo, al lenguaje como un mecanismo de la tristeza.


De ahí que escribirte y no escribirte (escribirte a vos aquí donde no puede llegarte; aquí donde otros recogerán lo que digo sin vislumbrar el sentido que esmeradamente escondo o pierdo porque el rompecabezas no está completo - y las tres piezas que cerrarían más o menos la trama se confunden con un juguete roto o la lluvia ahí afuera sobre la madera del remoto sótano de tu memoria) sea algo ritual, como las palabras dichas a medias frente a una lápida añeja. Y ahí parado, cuando de repente la soledad se duplica, sentir que lo que se clausura es sólo la parte objetal de las cosas, y que todo lo demás sigue rumiando en el viento (cuando hay viento, en la lluvia cuando llueve, en el zapping por las noches, en las fotos viejas, ) como un murmullo de cosa pesada que se arrastra en los estribillos de las canciones tristes.

Verte o no verte... son apenas modalidades discursivas.

Ensayando frente al espejo formas de despedirme se me pasó la hora. Ahora, que es tarde para esas ceremonias, sólo puedo darte epílogos


Sos esto: una longeva elipsis en mi vida a la que solo puedo aludir con palabras. Tu manera de corresponderme - la distancia, las evasivas, la desaparición, la ambiguedad, la ilusión como vano salario de la espera - no me deja más que guardar por vos un raro rencor, como ante alguien que nos cierra la puerta frente a la cara justo antes de que hayamos podido explicarnos.

¿Sabrás alguna vez lo agitado, lo convulso de ese silencio lleno de cosas el camino de regreso desde tu puerta a mi vida sin vos? No sé. No importa. Vos tendrás tus tristezas tan otras de las mías. El amor es la cosa más solitaria.

...


Pero no. Nada. Sólo la ausencia definitiva. Y la memoria.
Así sólo pudo haber sido hace unos años. Ahora ya es tarde incluso para eso.


Ahora sólo pueden escribirse ficciones.


*

23.6.08

peak panoramic lonely view


solitude

20.6.08

escribir

Pero, ¿qué hay de este propio hecho: ser poeta? Ese acto de escribir es un don, un don silencioso y misterioso. Pero ¿y su precio? De noche, la respuesta estalla siempre a mi vista con una claridad deslumbrante: es el salario recibido de las fuerzas diabólicas a las que se ha servido. Ese abandono a las fuerzas oscuras, ese desencadenamiento de las fuerzas mantenidas habitualmente al margen, esos abrazos impuros y todo lo que todavía ocurre en las profundidades, ¿qué se sabe además de ellos arriba, cuando se escriben las historias, a plena luz, a pleno sol?... ¿Queda alguna huella suya en la superficie? Tal vez haya además otro modo de escribir. Por mi parte, solo conozco este, en esas noches en que la angustia me atormenta al borde del sueño.

Kafka,
en el Diario

17.6.08

micro-relato

los muertos

Ya son muchas las veces que dije que no jugaba más. Pero es inútil; mis declamaciones son pasos de comedia. No me toman en serio: alegan que todo lo que digo son ardides para perpetuar mi lugar en el juego. Tengo que quedarme así, mirando para atrás, velando cada cosa. Agoto el privilegio de ser real vigilando el sigiloso advenimiento de lo que pendula en el silencio. Si me doy vuelta, se mueven, avanzan sinuosamente desde los rincones de sombra, progresan a través del territorio indómito que se abre detrás de mi espalda.
Apenas son discernibles los pasos de los movimientos. Diminutas monedas de rara seda: inaudibles; sé de ellas que cambian el aire del ambiente con su aliento rumiante: así siento su cercanía; me quedo quieto, expectante, pero nunca confirmo nada: mi inmovilidad los disuade. Pero el tiempo cede y mi atención me deja cansado. Es inevitable que, eventualmente, alguno toque mi espalda y yo pase al otro lado del juego.
*

El silencio es el regreso de algo.
Algo regresa en el silencio.
Algo, que en algún punto habrá de cruzarse con vos, avanza cuando hay silencio,
cuando le das la espalda.

16.6.08

madrugada, biblioteca; vagabundeo

" (...)

- Entonces vine a liberarla.
Si me decía que sí, ¿qué haría con ella? Si aceptaba todo, ¿adónde la llevaría? Fui afortunado: fracasé.
- El mundo de ahí fuera también es una cárcel. Al menos acá dentro no llueve ni hace frío.
Miré los muñecos y los mecanismos que nos rodeaban: todo estaba roto, nada funcionaba, y esa misma falla se adueñaba de nosotros, que de pronto no sabíamos ni qué decir ni cómo movernos.
"
De Santis, en El calígrafo de Voltaire

11.6.08

late afternoon dream view

*
que anidaba detrás de mis párpados

ni despierto ni dormido, en mitad de esa abrupta transición que encalla en la vigilia, robé del olvido una imagen que anidaba detrás de mis párpados; acaso un despojo del reverso de la vigilia: ese lugar donde habré de regresar después de la vana demora de los sucesivos procedimientos de estar vivo - entre ellos, salir de mi vida en el sueño, atisbar entre imagenes rotas un no se qué que se pierde con la alarma del reloj por las mañanas.

6.6.08

Hiroshima, mon amour, amen


*

Abro mi alma – mi interioridad, mi vacuidad – con estas palabras como una ciudad devastada por el desastre organiza un tour para que los turistas puedan recorrer el espectáculo de las ruinas, la frescura del sufrimiento.
________

( La literatura, memoria turística del desmoronamiento, instantáneo museo de Pompeya después del Vesubio pulcro del aburrimiento burgués, espectáculo del horror donde cada página es un sudario que abulta letras como piedras contadas en un reality show que enumera las fracciones de la realidad después del sismo, disneylandia patética de las tripas afuera, oscuro hilo de tinta hilvanado en el ocaso con el humo de la hoguera de las fosas comunes, ceniza oracular en hileras prolijas, apretadas por tapas de un libro que al cerrarse tiene de funeral sólo el sonido final del ataúd, simulacros vanidosos de un big crunch espiritual, que no pasa de indigestión, lluvia sobre el polvo de piedras de lápidas quebradas que mañana serán viento o río, y la misma lluvia. )
// * //

Oh literatura: concede la dádiva del sentido – una dirección, una música - a cambio de montar el show de mi lento derrumbe.
_____

4.6.08

ganz endere

sube un reptil
por mi pierna. cuando lo busco
se ha mimetizado: tiene
los colores de mi pierna, lo
confundo - con los días - con
mi pierna;
anida
en mí. Pronto
- no sabré cuando -
me reemplazará.
(así le pasó a mi madre; casi
no notamos la diferencia).

2.6.08

d´automne

*

Sobre los párpados el ronroneo del tibio sol otoñal, un día claro.

*

Levanto un pétalo roto del piso, que cayó de las flores que vende un peruano en la esquina. Lo pongo sobre esta hoja (antes, en la palma de mi mano – tan pálida que el fulgor del rojo del pétalo se recorta mejor – donde la miro y la miro, y pruebo su textura con mis dedos, y siento sus rugosidades, sus pliegues, y descubro sus matices y sueño con dormir arropado con sábanas de esa levedad y ese matiz, para que el simple roce me haga suspirar el influjo cansino de mis cosas soñadas – allí, en el reverso de la monotonía de la vigilia – como se exhalan las lentas cosas que resigna un cuerpo hastiado de tiempo.
*

Días más tarde, errando por el cuaderno, encuentro este texto. Cuando doy vuelta la página, está el pétalo. Completamente negro. La oscuridad de la tinta de mi lapicera. Si me alejo, tiene la forma de un hongo. Un hongo nuclear. Tal vez sea un pétalo de la rosa de Hiroshima. Si me acerco, le descubro venas. Son más negras que la tiniebla dispersa por la piel del pétalo derruido. Habrá navegado esos surcos el cáncer del tiempo.
*
( La tinta en la página es el tiempo que me libro de mí. )
*

31.5.08

noche (before setting, before 3)

y bastó abrir una página cualquiera de ese libro del múltiple poeta portugués. era un ritual nocturno, que lindaba con la religión y con la persistencia malsana de la vigilia. allí, leer:
todos estamos solos. nadie lo sabe. calla y finge.
y después, entonces sí desertar de la noche, arroparme en la cama, despojarme de mis apariencias. dormir sin culpa: otra cumbre ya no se daría.
*

26.5.08

come-back backdoor bare confesions

¿Por qué algunos escriben?
Porque son demasiado débiles como para no escribir.

Karl Kraus

19.5.08

ein traum




a chain of flowers



Me despierto. Hay
una cadena de rosas
al borde de la cama.
Siento la dureza del colchón, como
si fuese madera.
Me voy a levantar
pero apenas
si moví las pestañas
cuando un señor mayor – su piel
es de ceniza –
me dice que me quede
quieto.
-Quieto, por favor. – dice; - no ve
que va a arruinar la ceremonia -.
Le hago caso. Le oigo
balbucear cosas;
creo que se queja

de mí,
le pido perdón. Perdón, le digo.
- Encima que le consiguen
esas flores...- dice, y hace una
mueca. Es de desagrado.
Me acomoda, me maquilla, me
peina, me arregla el cuello
de la camisa. Entran mis padres,
amigos, mujeres lejanas, mascotas
de la infancia, señores serios,
vecinos. Se mueven hoscamente, se
mezclan; ya no distingo a ninguno.
Me miran,
hablan entre ellos. En una lengua
áspera: no entiendo lo que dicen
uno señala las flores, otro toca
con delicadeza los pétalos,
y asiente (¿admirativamente?); sospecho
en otros
un cierto rencor. Son las flores.
Me entierran.
No tengo tiempo de protestar;
La tierra me cierra la boca.
Los oigo alejarse, sus pasos cansinos.
Es casi al unísono que se cierran las tapas
de sus ataúdes.

*

17.5.08

je ne sais quoi

Es de noche, y por supuesto no consigo dormir, aun cuando siento, de tanto en tanto, una cierta pesadez a un costado de la conciencia, que viene como una brisa gélida y es el reflejo de que mañana he de levantarme muy temprano y tendré muchas cosas a través de las que arrastrar mi cuerpo, que tiembla ahora de un cansancio anticipado, que no tengo pero que vislumbro cada vez que siento la hora hostil que marca la infantil insurrección de mi desvelo.

*

Alterno el dolor de muelas con una novela policial de Nicholas Blake, y la novela con la ventana que da a la calle donde en la esquina una gata negra investiga las basuras de los vecinos, o con la tv, de a pantallazos fugaces, una película vieja en un canal retro que sigo poco, pero que me interesa al menos como puerto donde encallar mi vocación por la distracción (me distraigo del dolor de muelas con la novela, de la novela con la ventana, de la ventana con la tv, etc) y vuelvo, para amedrentar los vagos placeres de las ficciones, a un libro de filología rumana – un texto duro - que rastrea las vicisitudes y quehaceres de un tal Vlad Tepes, que las leyendazas populares inmortalizarían en Drácula (que significa demonio en rumano, pero, como ya sabemos, vampiro y demonio son, en muchas culturas, intercambiables). Y en medio de todo eso, en alguno de esos vaivenes y errabundeos sin método, sin disciplina, sin necesidad, doy con un librito de la biblioteca (un diario de un sociólogo) y encuentro, al abrirlo en cualquier parte (gesto melancólico y, a la vez, devoto) un fragmento que envidio. Un fragmento que restituye para mí el relampagueo del fragmento en su fulgor más delicado y embriagador:

Dentro de diez años, seguiré sin saber el color de los ojos de ese rostro. Pero lo veo en la calle, en los sueños, transparentándose en múltiples rostros que de pronto comienzan a parecérsele.

*

Goce del fragmento. De la palabra arbitraria. De aquello que me sugiere algo inaprensible; que cierra una historia y a la vez abre mi ensueño: que no se bifurca, que no sigue sendas que construye, sino que se extasía allí en el vértigo dónde se abren líneas de fuga que no seguiré, pero de las que me llega un no sé qué de sus fragancias efervescentes, diluidas en suave pirotecnia que se ausenta lentamente, como una bella mujer en un bar con la que cruzamos miradas y ahora dejamos ir sin decirle nada, (para poder soñar las cosas cuestan su ausencia).

*

Tal vez duerma un poco, después de todo.


///

15.5.08

haiku

truth relies
on pages
left unturned

4.5.08

die niemands rose


. . .


Supongo que la quería. Quejarme, de todos modos, es una actividad profana.
La vi venir, un día, arrastrada por el viento. A los tumbos, por el camino de tierra. La ayudé a levantarse. Se arregló el pelo como pudo, me sonrió tímidamente mientras se arreglaba un poco la ropa. Se quedó un tiempo, aprendimos a no estar solos. El viento vibraba en el vidrio de las ventanas cerradas; casi no lo notábamos. Una mañana me desperté y ella ya no estaba. Vi, en la tierra del jardín, la marca de sus uñas. Sembré, sobre esa tierra arañada, magnolias bellísimas. Si no crecieron, o crecieron y el viento también las arrasó, no lo sé. Sueño todavía con la belleza de esas flores que no vi. Es una rara nostalgia.
///

1.5.08

nombrar cosas (sansepolcro, piero della francesca, greta garbo): evocación, melancolía

sansepolcro
I
En 1944, los alemanes habían tomado Borgo Sansepolcro. No escondo el goce – íntimo y nocturno – de escribir Borgo Sansepolcro, de decirlo para mí varias veces con la lentitud que se le debe a la degustación de las cosas frágiles, evanescentes. No negaré que tal vez emprendo este texto sólo para poder escribir algunas veces más Borgo Sansepolcro.

II
Alemania y la guerra declinan. Un grupo de soldados británicos llega, desde el oeste, a las afueras de Borgo Sansepolcro. Habían recorrido a pie el arduo camino de los Pirineos, por el que hoy, en auto, se tardan 7 incómodas horas. El comandante, Arthur Clarke, recibe la esperada orden de los aliados: bombardear Sansepolcro. Los cañones inician su descarga, pero Arthur Clarke, compungido, exclama el cese de fuego. Recuerda haber leído, hace años, un artículo en un libro publicado hacía más de veinte años. En ese libro, Aldous Huxley relata su fatigoso viaje a Borgo Sansepolcro. El tedio, la incomodidad. Y cómo todo eso se redimió de repente cuando, al entrar a Sansepolcro, vio un cuadro, que describió así: “el mejor cuadro del mundo” (the best picture in the world). Arthur Clarke, que nunca había visto ese cuadro, sintió que había detrás de esas palabras leídas en su juventud algo de sagrado.
III
En el libro donde se anotan los muertos de Borgo Sansepolcro, el 14 de octubre de 1492, el nombre: Piero della Francesca.

Hacía dos días se había descubierto América. El, que había pintado “La Resurrezione”, moría, viejo. Piero della Francesca. Otra vez el placer de la palabra rendida a su pura sonoridad, a su arquitectura aérea que se tensa un instante casi táctil para disiparse entre quietos vahos de mi noche. Mis manos no vuelven al teclado, miro la ventana cerrada frente a mí, digo, unas veces más, para mí, Piero della Francesca. Suspiro.
IV
Arthur Clarke está nervioso. Ha desoído la orden; las represalias han de ser severas. Sin embargo, en su atribulación, él saca otras cuentas. Las descargas que llegaron a dispararse son suficientes para destruir “La Resurrezione”. Pero tiene suerte. Los alemanes ya se habían retirado de Borgo Sansepolcro. Y las municiones encallaron en distritos marginales.

V
Atractivo el hecho de que Clarke no había visto la obra (la ignoraba por completo: ni una mísera reproducción). No sabía qué era lo que salvaba. Y aun así bastaron unas palabras de un novelista para haberle sugerido que su misión era, de algún modo, vital. Pudo darse el caso de que las palabras mintiesen, y fuesen bellas solamente ellas. Imagino que hubiese valido la pena de todos modos. Raro destino de esas palabras de Huxley: haber escrito lo que esa obra hizo en él, 20 años más tarde la protegería de la muerte.
VI
No sabemos cuando termina una palabra.
Qué salvan, qué condenan. (Qué palabras dijiste a tu amada ayer, que alguna vez serán la llave de algo terrible, la última noche. Qué cosa le dijeron a ella, allá cuando era niña, para que a poco de haberte visto – y sin mucho argumento – te ame.)

VII
La resurrezione” está aún en la Pinacoteca del Museo Cívico de Sansepolcro (ah: la oportunidad de escribir una vez más: Sansepolcro: modestos placeres una escritura anclada: Sansepolcro.) Inmóvil ya más de 500 años; más vieja que América: quieta mientras América sucedía. Para poder verla, es preciso firmar en la entrada. Entre los nombres de quienes fueron: Greta Garbo.
VIII
Como Clarke, yo tampoco he visto el cuadro (salvo de lejos, digitalizado: inerte). Sin embargo, sí ví el rostro de Greta Garbo. ¿Acaso alguien puede dudar que ese rostro – bello y hermético; mítico - sintió el influjo escisivo de ese cuadro? ¿Alguien puede decir que el rostro de Greta Garbo – tan peculiar, tan Greta Garbo - no lleva una marca muy suya e indeleble y que esa marca es la de Sansepolcro, su portento y su belleza, antigua y sepulcral?
IX
Hoy, Clarke tiene su calle en Borgo Sansepolcro. Lo quieren en el barrio, es considerado un héroe (murió en 1981; el año en que nací). Y todo, las guerras, estas palabras (the wars, these words), el mítico y perdido rostro de Greta Garbo, la última vez que se descubrió América, Borgo Sansepolcro, Eric Cantoná, los libros de historia del arte, el quattroccento, todo ya es parte de la historia de esa pintura - que cada tanto algún poco transitado canal de cable recordará.
***

Y yo, que me asomé a su encanto fríamente abrasivo una noche lentísima, y alivié mis llagas en el reflejo de sus orillas.

22.4.08

time flowing / in the middle of the night




Dolor de muelas. La noche se ahonda. Pasan más lento las cosas - presiento el tiempo en mi cuerpo -. Ni siquiera en el sueño me evado del dolor: no duermo, o me despierta el dolor, o sueño que me duelen las muelas y que no puedo dormir. Es cierto que nadie ha muerto de un dolor de muelas. Pero también es cierto que nadie puede vivir así. Concluyo que estoy en un sitio enrarecido. Herido de una herida que no encalla en la muerte, y entre tanto, explayándome en una agonía que impide todo atisbo de vida. Conozco ese lugar: es la escritura (tal vez por eso es que escribo otra vez, después de tanto tiempo). Y sin embargo, ahora es peor: saldré de la escritura para seguir en ese espacio inconcluso, ilimitado. El dolor de muelas; el laberinto del tiempo; mi cuerpo insepulto.

.Errar.




los infinitos
capullo de los intersticios.
Errar.

20.4.08

la sangre que se pierde se pierde

larvatus prodeo
La tragedia de la melancolía: que muchas veces se parece a la vida. Hay quien se reseca de melancolía sin saberlo: su pulso declina entre los ruidos de la casa quieta, y la sangre que se pierde se pierde de manera tan monótona que esa pérdida tiene las maneras de un ritmo similar al curso de las cosas cotidianas; y la inercia, que acepta el vaivén de los vientos y de los vahos, se dismula adoptando gestos civilizados. Yo mismo, tantas veces me confundo con mi vida. Y tengo tanta gente cercana que me ha reemplazado por ciertas acciones que cometo. Avanzo con una máscara como cualquiera, y hago esfuerzos brutos y patéticos por señalarla, por delatarla. No me toman en serio: creen que es otra pirueta, una forma de romper el hielo, de decir hola.
La tragedia de la melancolía: que se parece a las horas. No las horas insomnes de la noche, tan vacías que enferman de silencio hasta hacerlo mover, verbalizan la carne de nuestros fantasmas insepultos. Las otras horas: las comunes: las esperas en las paradas de los colectivos, caminar las calles diurnas, vestirse para salir, subir escaleras, conversar solo para que las palabras nos dividan del otro, para mantenerlo lejos, hacer trámites, el trabajo, la preocupación por las cuentas, el rumor de los gobiernos en los periódicos de los puestos de diario que pasamos sin prestar demasiada atención, el tiempo indiferente corroyendo el nylon de los carteles publicitarios, etc. Esas horas en las que hago cosas, y si me encuentro con un amigo por la noche o me llama mi madre por teléfono y me pregunta ¿qué hiciste hoy? son esas las cosas que enumero, como si tuvieran que ver algo conmigo (y no lo otro, el murmullo interior). Sometido al lado de acá de las cosas, vivir sin notar que lo que tomamos por vida es simplemente estar triste.
El silencio - la forma del silencio - del zapping anestesia el ansia de un grito coagulado. Parece que nadie escuchase esa agonía (ametrallar un teclado no redime nada).

6.4.08

en la noche, releo

No poseo otra verdad que el silencio, en nombre del cual, despertado entre mis sábanas por las chinches, hablo como si me rascara. Lo que anhelo: la interminable noche de ausencia, una eternidad de palabras enfermas, a pesar mío pregonadas al oído, mi impotencia, la enfermedad mortal de las palabras, mis lágrimas, mi ausencia (más pura que mis lágrimas), mi risa, más dulce, más maligna y más vacía que la muerte.
Georges Bataille
(en: la felicidad, el erotismo y la literatura)

1.4.08

diagnóstico

oniropausia; peor que la menopausia: fin de la ovulación mental

26.2.08

post


Pero también recuerda, como un estribillo hecho de silencio:

"Cada uno busca su propia muerte. Y los actos fallidos son los más logrados"

25.2.08

La escritura, tal vez, la capitulación de la esperanza.

25.1.08

i morti non sono piu soli


Estas palabras sueltas sobre la tragedia de un escritor.

Seducido, por una vez, por los encantos de una precisa muchacha – una muchacha naive, tierna, bellísima -. Seducido en la acepción más original y primitiva: sustraído de sí mismo, desviado de las prácticas que configuró como su destino. Se siente encantado por las formas de la muchacha, extraviado en los éxtasis de la lejanía que junto a esta muchacha habita. Librado del mundo en ella – incluso a veces suspendido de los vicios de ser Debret Viana – debiera ser feliz. Sin embargo, toda una fase de sí mismo – una de las fases relegadas – se recluye inhóspita en la oscuridad y ladra, y con su ladrido lo retiene. Lo retiene en la culpa de ser un escritor que no escribe.

*--******-------------.

No le sirve (lo intentó) el consuelo de “hoy que hay vida, se vive; mañana, cuando no haya, se escribirá”.
Siente que la escritura no puede ser tan endeble como para depender de una circunstancia tan fortuita como la ausencia de pena.

*/*/*/*****////-----...........¿

Esto lo lleva a otro dilema (acaso el centro de la cuestión): ¿hay que agonizar para escribir? ¿se puede escribir -escribir bien- sino con la agonía? Y si ese fuese el caso, ¿acaso el no está agonizando, más o menos, siempre?

No importa, porque esa muchacha lo distrae de las aguas que bullen en el fondo de los abismos donde él buscaba los reflejos más fétidos del mundo para mojar allí su pluma. (tiene que hacer un movimiento brusco, de mucho esfuerzo, para vislumbrar el perímetro de tristezas que circunda los destellos de la isla que configura, acurrucado, junto a su amante; y aun así no logra un impulso lo suficientemente fuerte como para sostenerse frente a la hoja) Frágil, herido por la nostalgia de la música que mana del silencio del cuerpo de su amante, se aparta de la marejada rumiante de palabras aletargadas en el paladar de la existencia, y marcha tras los signos de la muchacha, o yace, pequeñísimo, abrazando las cosas que ella tocó, buscando respirar de ella, al menos, su ausencia. (encriptado, tal vez, en la memoria de los objetos movidos, los signos desvelados por su tacto leve, su mirada táctil, su ausencia después).

=¿(((((///**----*/*-////$--

Es que, ¿a quién le importa? Le da pudor. Detesta los discos de los músicos que encontraron el amor y cuentan lo bien que andan, y como tener hijos les dio sentido a sus vidas. Siempre es mala música (si alguien no la está pasando horrible, que tenga la decencia de no decirlo, o, al menos que no contamine la cultura con confesiones banales).

Además, el sentido…
Recuerda que Pasolini decía sobre el cine: “es absolutamente necesario morir, porque, mientras estamos vivos, carecemos de sentido, y el lenguaje de nuestra vida (con el que nos expresamos, y al que, por lo tanto, atribuimos la máxima importancia) es intraducible: un caso de posibilidades, una búsqueda de relaciones y de significados sin solución de continuidad. La muerte realiza un rapidísimo montaje de nuestra vida: o sea selecciona sus momentos verdaderamente significativos (inmodificables ya por otros posibles momentos contrarios o incoherentes), y los ordena sucesivamente, haciendo de nuestro presente, infinito, inestable e incierto, y por lo tanto, lingüísticamente no descriptible, un pasado claro, estable, cierto y, por lo tanto, lingüísticamente bien descriptible (precisamente en el ámbito de una Semiología General). Sólo gracias a la muerte, nuestra vida sirve para explicarnos. (...) Después de la muerte ya no existe esa continuidad de la vida, pero existe su significado. O ser inmortales e inexpresivos o expresarse y morir.


........../8//*/*/00----------¿¿¿/-

Habría que preguntarse: ¿tendrá la literatura (el ansia de literatura, la necesidad de literatura) el suficiente poder como para revertir, o, cuanto menos, sabotear este feliz estado de afasia?

Nosenose

Pero yo no creo que alcance usar los recursos de la literatura – su discurso – para delatar esta trama, para sublimar las venganzas por venir.

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Aunque, claro, fue necesaria la tercera persona para decir estas cosas.



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15.1.08

remembering holderlin

Remembering Holderlin, a colación de muchas cosas, entre ellas, mi ausencia, esta afasia del lado de acá - que no pacta con la no-escritura, sino más bien con una apatía hacia esta vidriera de mí mismo, ahora que me parece que no sufro lo suficiente como para ser interesante, y que en estos últimos tiempos, acompasados por una serenidad que no sabría merecer, convivo con mi fase más débil, allí cada vez que me siento bien, que no tengo cómo quejarme y que no logro disfrazarme detrás de ninguna pena que me dignifique -. Entonces, tal vez, los versos de Holderllin, que decía, por el final:
tiene que retirarse a tiempo
aquel por quien habló el espíritu
pero igual dejo la puerta entornada, a la espera de nuevas tempestades (atento en la noche - ahora tanto más breve que en los tiempos de escritura -, cualquier ventizca me entusiasma, y sueño tifones allí donde ronronea, perezosa, una puerta en la dócil madrugada, apenas rozada por la luz nocturna de los ojos de los gatos)

4.1.08

blink


El calor me recuerda que tengo un cuerpo. Enero, otra vez. Fue como parpadear. Evanescencia de las cosas, volatilidad del momento que, ensimismado a ese lábil grumo del tiempo, confundí conmigo y con el universo. Lo que queda de lo que pasa es tan poco, (tan etéreo, tan quimérico, tan tóxico) que siento el deseo, lánguido y lejano, como quien siente que sueña que la vida pudo ser de otra manera y sabe, con su lado despierto de sí mismo, que la belleza de soñar yace en su sublime inutilidad, en la gracia – un poco divina - de malograr el tiempo que pudo servir de algo, tal vez: así, el deseo de inscribir mi vida en la inmanencia de lo que se pierde, pasar con lo que pasa y no quedarme con lo que se queda, como se queda el polvo sobre las cosas quietas, que nadie necesita, que nadie busca, que nadie espera, sumidas en la lenta invisibilidad de la quietud.

1.1.08

breakdown
breakdown
breakdown
- soul malfunction -
__________system reboot_________
long-term re-animation silence....please wait

3.12.07

melancolía del hades

//


Apatía.
Apatía de que las cosas que no fueron no hayan desbordado el vaso del sueño, ese vaso que mantengo cerca de un cuaderno, para que se manche con lo que caiga, y a partir del garabato que quede insinuado por las gotas llovidas, yo pueda tramar una frase, o algo.
//

¿Es que ya no me interesan las luces de la literatura? O, mejor: ¿ya no me interesan las cosas que las luces de la literatura iluminaban y despertaban, que las dejo sedimentar en la oscuridad húmeda de una habitación clausurada?

//

He dejado cosas en ese sótano, he apagado la luz, y no he vuelto a revolver los cajones de mí mismo. Dejé la lapicera quieta, y las páginas en blanco se multiplicaron hasta que ahora es su blancura la que me despierta, cegándome, de este tiempo donde he soñado tan poco y tan cerca, donde las sombras me desertaron, dejando al mundo serio, lívido, uno y estéril.

//

Ahora me arrastro, con lo que puedo, con palabras a medias, palabras usadas, dichas entre torpes balbuceos, a esta página glacial, que me queda demasiado alto; y estiro la mano en una verticalidad inhumana, y escribo sin llegar a ver lo que escribo, y escribo estas cosas que son como el espasmo de un espejo cruel y cierto, que me revela de golpe que no escribo, que no necesité el puerto de la literatura para anclarme las madrugadas naufragadas, sino que dormí sereno, con mi espíritu volátil apaciguado, sin la rumiante tempestad de las cosas que latían, que vibraban en la antesala de su escritura, hincadas, cada una, ante el altar del verbo, temblando con la plegaria entumecida que reclamaba ser palabra. No, nada de eso. Quise querer escribir. Pero el deseo de la escritura no llegó. Sólo el miedo(: Escritor, ahora que no escribes, ¿quién eres?)

//

Despierta en mí esta idea: un hombre que llena páginas – con lo que puede, con mentiras, porque las cosas ciertas se le acabaron en la séptima página – para combatir la cegadora blancura del papel. Tiene, con su tinta negra, que disminuir la blancura de la hoja porque esa luz lo cegaría. Y se queda ahí, toda su vida, anclado frente al escritorio, escribiendo, para combatir un resplandor del que su sola idea le quema los párpados. Y con cada palabra terminada, sueña la noche, para descansar de una vez de la luz, y de luchar contra la luz. Su tinta trama la noche, pero no le alcanza más que para estar ocupado, y no tener que sentir la blancura de lleno, ni el atardecer que detrás, en la ventana, empieza.

//

Al fin de cuentas, lo que importa decir, no será dicho. En algún punto, antes de todo, hubo un pacto: el silencio, a cambio de la verdad. Por eso ahora, aquí, hay que decir otras cosas.

//

Algo así como haber muerto, y junto al Aqueronte esperar la barca que me llevará a destino, pero cuando viene hundir las manos en los bolsillos y darme cuenta que no tengo ni una moneda, y el funcionario del inframundo, Caronte, me dice que no, que no puede hacer excepciones, que tengo que volver, que si no después se lo descuentan a él del sueldo, que no está para hacer caridad, y se va, sin dejarme siquiera intentar dar lástima e incluso, ya a lo lejos, lo veo hacerme gestos obscenos y amenazantes con su largo y lento remo; y yo, caminando cabizbajo de regreso a las cosas vivas, siento una profunda pena por haber sido rechazado, por no haber estado a la altura de la tarifa, y siento envidia ante los hombres pálidos que pasan a mi lado, yo solía ser así, me digo con nostalgia, qué bien me quedaba… y ante la claridad del mundo, me recojo en los rincones, disimulo mi vida entre otras cosas obsoletas, y me dejo mecer por la melancolía del Hades, donde antes yo veía historias suspensas en el aire, y las capturaba en un cuadernito, y toleraba el peso de estar vivo haciendo esas cosas por las que nadie podría señalarme y decir: él está viviendo.

//

No sé. No sé. No es fácil contar una historia, mientras se sube una montaña.
O una escalera.

27.11.07

oldie (los cajones)



the Book of Mirrors



prefacio

Después de haber destruido todas las ilusiones hasta alcanzar la desilusión absoluta, a un personaje de Strindberg[1] le preguntan: ¿Para qué? El responde: para verdaderamente ver algo. Le objetan: Pero, ¿qué cosa se puede ver? A este cuestionamiento, el personaje responde: ¡A sí mismo! Pero cuando uno se ha visto a sí mismo, se muere.

I
Existe en alguna parte el Libro de los espejos. Perteneció a la vasta biblioteca del duque Próspero, en Milán, alrededor de 1610. Luego, se perdió. Se sabe, sin embargo, que está anotado en el inventario de objetos peculiares que organiza Paracelso, y que hay una alusión (vaga, tal vez) a “un libro que contiene todos los reflejos del mundo”, en el Corán. Durante las cruzadas por el santo grial, una narrativa comenta como tres templarios encontraron el Libro, ubicado como objeto ornamental en un sepulcro, se embelesaron con él y se perdieron para siempre, consumidos por las imágenes que el Libro emitía. Al pasar, lo menciona Escoto Erígena en una de sus cartas, pero no profundiza en los atributos del Libro. Más cercano en el tiempo, el joven poeta y falsificador Chatterton menciona el Libro de los espejos en una de sus baladas apócrifas.


II
Sus hojas están hechas con diferentes metales que a su vez emiten diversos reflejos. El libro de los espejos refleja al lector tal como es solamente en una de sus numerosas páginas. Por supuesto, esta página no está indicada en ningún lado. En las demás páginas lo refleja distintamente; por ejemplo: muestra como será en treinta años, en ochenta años, en trescientos años, cómo fue de niño, cómo hubiese sido si hubiese sido un monstruo, un animal, un ángel, un vagabundo, un sabio, o simplemente cualquier otro, cómo hubiese sido en la adolescencia si determinada muchacha lo hubiese amado, o si hubiese llegado a tiempo a tal lado, o si hubiese llegado tarde, o cómo sería hoy si hubiese llovido, o cómo sería hoy si ayer hubiese llovido, o cómo hoy debería haber sido, o el rostro del que fuimos en una vida lejana, o el rostro de la persona que nos haría felices, o que nos asesinará. El problema residía en que el índice se había perdido, y no podía saberse a qué correspondía cada imagen.


III
De ser así, el Libro de los espejos es el reposo de la histeria de las posibilidades. En una página está inscripta la imagen de lo que es, en una breve cantidad de páginas lo que fue y lo que será, y en el resto del inabarcable volumen yacen, dormidas, las imágenes de todo lo que no fue y pudo haber sido, de lo que no será y sin embargo fue concebido (como idea, como sensación, como pesadilla).


IV
Hay quien dice que el Libro nunca dice la verdad; hay quien afirma que el Libro jamás miente. En el siglo XIV, se expone en un artículo inverosímilmente atribuido a la escuela de los Hermititas, que el Libro opera bajo parámetros que exceden la medida de la verdad y la mentira (que son meros parámetros del limitado pensamiento humano, inaplicables al Libro): el reflejo que exhibe ante el lector es simplemente un punto de vista que alguien, en alguna parte, tuvo o pudo haber tenido de él (una de las páginas ofrece la imagen que la divinidad tiene de nosotros). De este modo, no serían espejos ficticios o anacrónicos, sino la mera materialización de una idea que el lector despertó en alguien. De este modo, la imagen es cierta, puesto que alguien la sintió, y es falsa porque no corresponde al lector, que es simplemente un punto de partida desde donde esa imagen iría a componerse. El Libro de los espejos sería un recinto que guarda todas las apariencias, y da acceso a su lector a las formas en que él fue percibido a lo largo de su vida, en el pasado y en el futuro, indistintamente.


V
Todas las leyendas que tratan en Libro de los espejos coinciden en que hay una página en el Libro donde el espejo no está alterado por ninguna alquimia y ningún presagio: en esa página puede el lector verse exactamente como es. La fibra de su lámina está fabricada con restos del oráculo de Delfos. Como hemos anunciado, esa página carece de toda indicación y es imposible verificar cuál de todas las páginas es. Haber llegado a ella es tan solo una cuestión de fe. Son profusos los escritos que ha inspirado esta página. Se dice que es una página peligrosa, que la página de la Verdad equivale a la página de la Muerte: la imagen que exhibe resulta intolerable y el lector cae fulminado en el instante que la asimila. Otros, más optimistas, hablan de que no provoca la muerte; dicen que sólo se vuelve de ella como profeta, loco, niño o vagabundo.


VI
Hay quien dice que el único espejo es el insomnio.


VII
Durante la peste negra, un comerciante recorre Florencia con un libro, y hace un negocio de él: cobra a quien quiera verlo unas monedas. Este libro no es el Libro de los espejos, sino el Libro del destino: es fama que ambos libros se confundan en diversos tratados históricos. El Libro del Destino es admitido solo como falso libro: una broma erudita o, directamente, una estafa. Posee un espejo (llano y tradicional) entre sus amarillas hojas. Quien desea saber algo (y previamente ha pagado) formula una pregunta y abre el Libro del destino, que responde con una imagen: la del hombre que ha preguntado y mira, ansioso. El vulgo, frente a su propia imagen, se maravilla, y deposita en ella la respuesta a lo que estaba buscando. El espejo funcionaba como una suerte de crítica de lo que el hombre pensaba de sí mismo: víctima de lo real no hacía más que trasladar el estado de su cuerpo (por lo general sucio, servil) a la condición de su alma: era la versión improvisada del actual fervor por el psicoanalisis. Siguiendo este sistema, sólo la belleza era absuelta. Pero también la vanidad y superficialidad. No se trata de un sistema confiable: es apenas una trampa psicológica. Como todo oráculo, responde lo que el que pregunta puede oír.

VIII
Yo soñé una vez con ese Libro. Fue un sueño terrible: lleno de esperas, sombras multiplicadas, doppelgangers monstruosos que me asaltaban o sustituían sin que nadie notase diferencia, un sueño profundo, laberíntico, de espejos que eran portales, sentencias o presagios abominables. Cuando desperté, no pude más que dejar toda mi vida atrás y dedicar mi tiempo al silencio de la escritura y el aprendizaje de la muerte. Desde entonces, he llenado centenares de páginas con fábulas más o menos ciertas que esta. Necesito escribir para no escribir ese sueño. Necesito decir cosas para evitar la imagen de ese sueño, que todavía pesa en mí como la melancolía en las noches de lluvia. Me dirán que es una fuga; más bien es una esmerada sepultura.


IX
Una superstición popular en Inglaterra afirma que un muerto continúa la apariencia de su vida mediante un teatro de ilusiones que le privan del conocimiento de su propia muerte. Sólo podemos comprender que hemos muerto cuando el espejo no nos refleja. El espejo es el único capaz de producir la verdad: de no ser por él, el cuerpo vagaría en la inercia de su rutina, indiferente a su condición de sombra. Siguiendo esta vulgar leyenda, se decía que había en el Libro una página donde el espejo no reflejaba nada. Esa página era el portal que conducía al hombre fuera del purgatorio, la que rompía sus vanas cadenas terrenales. No se la llamaba, por aquel entonces, la página de la Muerte, sino al contrario, la página de la vida: eran tiempos de opresión religiosa, y todo lo que lindaba con lo terrenal era considerado un peso, un trámite o un pecado. La página de la Vida era la que disolvía las apariencias que constituían la realidad (que no era más que un teatro de opacidades) y permitía el acceso a los verdaderos colores del mundo, a sus dimensiones e intensidades reales. El costo, por supuesto, era el propio cuerpo. Pero era un precio sensato, e, incluso, benigno: el contacto con la profundidad del universo presupone un destino de soledad irredimible; lograr un estado de semejante lucidez vuelve incomunicable el repertorio de hallazgos vislumbrados. No existe un lenguaje capaz de contener una experiencia que no haya sido compartida. El cuerpo entorpecería los deleites celestiales que los ojos despertados ven surgir aquí y allá. Era una época donde la promesa de una vida en el más allá primaba sobre la existencia inmediata, y la profesión de poeta era considerada herética.


X
Era fama, entre los grupos de jóvenes románticos de principios del siglo XVIII, póstumos al sturm un drung, que caricaturizaban con su fervor los principios del movimiento, concebir que el único espejo posible eran los ojos de una mujer a la que se amaba sin ser correspondido. Se trataba de una prueba, casi un tour de force, y consistía en soportar la sentencia del desencuentro, y leer en ella una lección vital. La confrontación (brutal, definitiva) con esa mirada fría retorcía el ánimo del hombre. Si sobrevivía, lo hacía más parco, más desencantado (cuando no moribundo, desollado: los Werthers). Como si regresara de una verdad terrible y esencial, que comprometiese al universo entero. De alguna manera, era así. Ingenuamente, confundían un abismo (el de las pasiones) con otro (el de la verdad).


XI
Es sabido que las imágenes que produce el Libro no son gratuitas. Para que la maquinaria que es el Libro de los espejos entre en funcionamiento el espejo frente al lector, mediante un complicado mecanismo operado por luces, succiona lentamente la sustancia del alma hasta secar por completo a su víctima. Pero esta actividad parasitaria no solo es sutil e imperceptible, sino que queda refugiada detrás de la seducción de imágenes que el Libro engendra y mueve. Como las aguas de Narciso, las páginas de este libro son adictivas y asfixiantes. Cabe aclarar que estos mitos son notablemente antiguos, en una época donde un espejo tradicional era una rareza de connotaciones quiméricas. Si el siglo XX ha sobrevivido a la televisión, poco tiene que temer a los encantos de este Libro profano. (Hasta que no se verifique tal supervivencia, es lícito albergar un prudente espanto.)


XII
Hay quien dice que este Libro nunca existió. Hay quien dice que el Libro de los espejos es apenas una metáfora – a veces exacerbada - de cualquier libro.



fin



[1] El Infierno.


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20.11.07

woman is in the elusiveness of herself

notas dispersas para un ensayo sobre la mujer


La mujer, puerto inabordable.

Las revistas, la tv, el porno, exploran y venden el cuerpo de la mujer (un cuerpo trastornado por una estética objetal; un cuerpo malversado por un proyecto de divinización neo-nazi), pero en esa pornografía de las superficies (saturación de exterioridades) la pierden, la extravían.

(…)

Porque abordan a la mujer como contorno, como se ven los márgenes de un país en los mapas satelitales. Por eso captan algo remoto y errático. - Pero no se trata de una lejanía que induce a soñar: al contrario, se trata de una cercanía obscena, que suspende toda reflexión en su entrega excesiva: con el zoom fatal hacen de cualquier cosa una sola cosa, exacta a sí misma, imposiblemente otra: destierran no solo la sombra, sino que fuerzan al objeto a agotarse en su imagen total y minusválida: real -

Porque buscan a la mujer allí dónde no está: en sus fronteras.
(…)
Y, además: la deformación que la mirada provoca en el objeto: monstruosidad del cuerpo de la mujer, monstruosidad de su feminidad incluso para sí misma, a partir de la potencia de millares de miradas escrutando sus facciones, que a fuerza de insistir delinean el molde al que habrá de adaptarse par ser mujer.
(...)

Detrás de su desnudez, se pierde el rostro y la identidad de la mujer. Detrás de las apenas diversas fotografías que reproducen su desnudez al mundo, se pierde su propio cuerpo, multiplicado en su propia ausencia (como la fotografía misma, multiplicada pero sin original), rehén de una estética más bella que lo bello, es decir, inhumana: ver el cuerpo de las modelos, adoctrinado para perder su humanidad – como un renegar patético de la propia naturaleza – y transformado, mediante dietas y photoshops, en un objeto irreal que esclaviza, de diferentes modos, a la sociedad en sí: al hombre, porque se vuelve su deseo (o su fracaso), a las mujeres, porque se vuelve su meta (su falso espejo). Como ambas cosas son imposibles, ambos diluyen su respectiva ansia en formas de angustia.
(…)

Mantienen la ilusión del iluminismo: cubrir las superficies del mundo con la luz de la razón, de la comprensión, de la visibilidad, y en ese desvelamiento, dominarlo.
Pierden.
Traspapelan un mundo del que su exterioridad es apenas una fase.
(…)

(No digo con esto que haya, necesariamente, lado de adentro. No interesa que efectivamente exista algo más allá de lo visible: importa que en la finitud de lo visible, de lo conmesurable, yace la potencia de su interioridad, no como promesa, sino como desfasaje entre sujeto y objeto – sujeto que mira un objeto es ya algo más (y algo menos) que el objeto: nunca el objeto, siempre elusivo -.)
(…)

Así como vino el expresionismo a delatar una verdad que se jugaba detrás de los velos del mundo visible (insisto, aun cuando ese mundo no exista: no importa), justo así necesitamos un expresionismo de la mujer, para leer allí la manera en que su propia elusión nos seduce, nos abre, nos retiene, nos captura.

Y como, con ella, todo lo que nos tienta, es fugaz y fugitivo; y todo lo real – lo logrado – es un territorio estéril, vano, donde sólo pueden crecer anécdotas que no vale la pena contar.

14.11.07

love story *47


los muertos disimulan

I
Te miré, vos me miraste. No dije nada. ¿Qué iba a decir? Vos sí dijiste algo, no me acuerdo qué. Tal vez era muy importante. Todavía no llorabas.

II
Había que descuartizar un cuerpo, dividir las partes, hacerlo desaparecer y repartirnos lo que todavía pudiese servir para algo. Teníamos toda la noche. Pero yo estaba impaciente, me quería ir. ¿Era necesario todo esto?¿había que acometer semejante ceremonia?¿teníamos que hundirnos tanto en la mugre - en las cenizas -? Yo tenía una camisa nueva. No quería que se me salpicara de sangre. No me gusta lavar la ropa. Si algo se ensucia, lo doy por perdido. Y esta camisa me gustaba (tal vez porque era nueva). Sea como fuese, no quería perderla.

III
Me acerqué a la puerta. Me clavaste los ojos, y pusiste una mueca. Ibas a llorar. Ya lo sé, te conozco demasiado. Esa es la mueca que ponés antes de llorar. Ibas a llorar y a tirarme encima cada lágrima. Yo tendría que comparecer ante el ritual del llanto, consolarte de mí. Me hice el tonto y me agaché. Me desaté un cordón del zapato, y me lo volví a atar. Para cuando me paré ya te habías compuesto. Me pasaste un hacha. Vos sacasate un cuchillo de la cartera. Me acuerdo de que me pregunté: ¿por qué está todo manchado de sangre? Pensaba que era tu primera vez, te dije. Ni siquiera me miraste.

IV
Yo le sostenía las piernas, vos serruchabas. Salvo los huesos que astillaban, silencio. Te miré, ahí agachada, toda cubierta de sangre, tan concentrada en despedazar un muerto. Estabas tan sexy. De repente, me dijiste: vas a escribir todo esto. En algún momento vas a escribir estas cosas. Toda tu literatura es morbo y necrofilia. Traté de recordar esas palabras que dijiste. Me pareció que en algún punto harían un buen cuento. Pero en el momento no las pude anotar - sentí que sería una descortesía - y ahora creo que las perdí, y entonces tengo que sustituirlas con ficciones. Está bien. Después de todo, todo es así.

V
Mientras trabajábamos entraron a la habitación – de a uno – el lechero, el portero, dos vecinos, el gato, dos amigos tuyos, Gabriela, mi primo, tu madre, el delivery de empanadas, etc.

Yo pensé: vamos a tener que matarlos a todos; no puede quedar rastro. Y mirando esas cosas que pensaba, dije: esto va a ser un enchastre.
Sí, me dijiste. Va a ser una hoguera lenta.
Tenemos toda la noche.
///
dibujo: boceto de Edvard Munch; Cavadores

7.11.07

trompe-l`oeil



silla de Vincent en Arles, 1888



Vincent Van Gogh ardía. Su temperamento, poco proclive a lidiar con la realidad sino melancólica o tortuosamente, agudizaba sus atributos menos concilables con la vigilia. Entraba y salía de hospicios. La apariencia de sus recuperaciones se concluía en un declive cada vez más profundo. Le quedaba poco más de un año de vida. El sentía que se recuperaba, y escribía a su hermano serenamente (tal vez sólo ansiaba tranquilizarlo). Escribió el 9 de junio de 1889: “Ahora el temor a la vida es menor y la melancolía menos acentuada. Pero no tengo voluntad. Fui y sido siendo terriblemente melancólico” . “Siento deseos de trabajar. La enfermedad tal vez haya sido útil en el sentido de que ahora pinto mejor que antes” , y diez días más tarde, dice: “Me va muy bien y el trabajo me ocupa y me distrae”. Durante su internación en Saint Remy, Vincent sufre nuevas recaídas. Escribe en julio de 1889: “Me va muy bien. Te puedes imaginar que después de medio año de un extremo cuidado en la comida, en la bebida y en el tabaco, debo encontrarme mucho más tranquilo”. Escribe en agosto de 1889: “Debes saber que me resulta muy difícil escribir, pues estoy totalmente confundido”.

silla de Debret Viana, buenos aires, 2007.

5.11.07

farsa

No puede escribir. No le sale. Se sienta frente a la página, se fuerza ante la blancura del principio. Y nada. Como es un escritor siente el imperativo de la escritura. Sabe, cuando camina por la calle, que los demás lo miran, y que esa mirada despectiva parte de un solo hecho: elloa saben que él no ha escrito. Saben que lleva mucho sin escribir. Que esta a la deriva. ¿Que hace entonces? Va hacia atrás, a los cajones de escritura antigua, cuando no se daba cuenta de que estaba escribiendo y entonces podía escribir. Y busca un texto que escribió en uno de esos momentos en que no podía escribir. Lo agarra, lo corta y lo pega aquí. Farsa.

Mi melancolía; mi monotonía: mi lobotomía

No estoy escribiendo. Todo – estas palabras – suceden en la no-escritura. Me dirán: el viejo truco de escribir que no se puede escribir, y entonces ya haber escrito. No; si pudiera escribir, escribiría otra cosa. Porque no puedo escribir escribo esto. Si pudiera escribir escribiría ficciones. Detrás de ellas puedo ocultarme. Las ficciones exhalan fragancias preciosas que embriagan mi alma y me distraen de la urgencia de mi melancolía. En cambio estos fragmentos torpes, esta prosa reseca revelan, exhiben, prostituyen piezas sueltas de mis devaneos. No; esto no es escribir. Es mover la pluma por la hoja mientras ansío que algo me interrumpa. Los garabatos que surgen son siempre iguales. Lo que hago es expandir la escenografía de mi fracaso. Vivo, mientras tanto, mi vida como quien recién ha llegado a un país extraño. Me ocupo de ver cómo se mueven las luces por las cosas. Sí: tareas de encarcelado (después de todo nunca supe salir de mí; aunque, precisamente porque me conozco, bastante seguido me veo y me desconozco: pero no es lo mismo, no es que haya salido: es ser yo - todavía yo - y que mi pasado sea alguien, algún otro).

Si, en cambio, pudiese escribir, sería distinto. Mis cadenas no se modificarían, pero la literatura es el único narcótico que me priva de tener que sentir mi cuerpo, mi hastío y la manera en que las horas intensifican las muecas grotescas que mi alma hizo alguna vez, parodiándose.

26.10.07

stuck on a rainy soul cloudy afternoon

Desterrado de las alegrías reales (aquellas junto a las que la humanidad tolera el peso de la existencia); extranjerizado de las cosas comunes; incapaz de habitar pacíficamente el presente (desbordado de nostalgias e imágenes oníricas); incomprendido y malversado; costeando los placeres con dosis cada vez más enfermizas de soledad; devoto de las lejanías y hastiado prontamente de las inmediateces; cansado de arrastrar tantas muecas a falta de un máscara que proteja mi ausencia de rostro, - esa desnudez -; inaudible para la tibieza de atardecer que vibran las flores; expulsado de mi niñez, inerme; hechizado por femeninos espejismos que tentaron mi confusión con mitologías absurdas; extendido ante luces que mecieron mis sueños pero llagaron mi carne, arruinándome para la vigilia; testigo irónico del funeral de mí mismo, a un costado de mi cuerpo, que obedecía las rutinas, ya sin mí..............................en fin: de todo eso me vengaba literaturizando los diferentes distritos de mi agonía, tratando a cada uno como a un ladrillo de una inmensa construcción, que devendría eventualmente en un templo que, cerrado sobre mí (como Artemisa se cierra sobre la palabra de Heráclito), tendría ventanas desde donde yo vería a las fragancias de mis literaturas, como raros pájaros etéreos revoloteando por los delgados cielos del crepúsculo, en una danza lúdica sin solemnidad, y con tristeza bella.
En esas pirotecnias marchitaría mi alma,
encantado.

21.10.07

lejos


//

//

.....................


(de viaje. no me sobran plabras por ahora)

;

17.10.07

una sentencia y un haiku al mismo tiempo en un combo de oferta limitada, llame ya

.
.
.
.
la belleza
es una de las formas
de la lejanía
.
.
.
;

10.10.07


night-time neurology

6.10.07

input / output




el tiempo perdido


las palabras
las horas
a la orilla del río de la plata, extraviado
en reminiscencias fútiles las horas
algunas menos
en las costas de Arpoador, donde atardecía
la luz sobre el mar verdoso que acompasaba mi cansancio de mí
las calles
innumerables
que caminé cuando iba
de un lugar a otro
las esperas en las paradas de colectivo
las colas en los cines, los organismos públicos, los teatros,
los ascensores, las escaleras
los cigarrillos,
Carolina Agostina Michelle Lupe
Marina
Alejandra los aviones, doblar camisas, Celeste
Maga, los baños de inmersión, peinarme
el dinero
todo el dinero, todo su circuito
de sublimes banalidades
y los perfumes, los cuadros que colgué en mi habitación
para descansar la vista, las películas (arrojaba mi alma lejos y era serena la placidez de ser otro, de ser nada)
los ensayos de mis obritas de teatro
los garabatos sobre cualquier piano
Andrea Soledad
las siestas el frío
Marina
Marina
Marina
la soledad
hacer valijas,
las mudanzas, la biblioteca
las pilas de discos
afeitarme, sahumerios, esperar
en la sala de espera del dentista, en la facultad por los apuntes, en un bar por una mujer, en el rincón del sofá por mí mismo,
las veces que maldije al viento
por despeinarme
las salas de hospitales, su hedor a muerte
que se me pegaba en el paladar,
las hamacas de la infancia, la bicicleta que mi abuelo sostenía de atrás para que no me cayese,
las gambetas, los memorables caños,
los orgasmos, los jadeos, la transpiración
el sexo
el sexo con su pirotecnia narcisista
el sexo como un truco que se sabía incapaz de magias
el sexo que siempre me arrojó a la frontera más cavernosa de la muerte
el sexo que era no la respuesta, sino apenas la pregunta de mi carnalidad desesperada en la fugacidad de sí misma
mis dos o tres verdades,
el coqueteo, la histeria, los roces
de la piel, a veces en un colectivo a veces
en cualquier ajetreo o embotamiento, o
con la chica de la butaca de al lado,
el ansia, la fiebre,
en fin
la soledad
¿acaso hubo otra cosa?

la agonía de la noche en puerto madero,
los momentos para los que dije “esta sería una buena foto” las lluvias que arruinaron zapatos, los zapatos
la sociabilidad, las noches insomnes
la praxis psicótica, obsesiva de la escritura,
la literatura como vicio, como búsqueda (la búsqueda de una fuga), los centenares de cuadernos que llené con impresiones de personas que fui, escritas con el miedo cargado en la garganta, el miedo de la extinción, de la liviandad, de la falta de significado de todas las cosas,
las pastillas contra la irrelevancia que no sirvieron para nada, salvo para distraerme,
cada día de trabajo
la tv
Jimena
los teléfonos
los museos, las horas frente al teclado
las horas frente al espejo
las horas frente a Gabriela
el baúl metafísico donde empaqué mis deseos
los calendarios

Cecilia Daniela
Ayelén

Daniela,
el síndrome de Estocolmo que desarrollé para con mi teléfono móvil
las pocas inútiles horas de gimnasia
las veces que dije “Es interesante”
las veces que dije “Me gustás”
las veces que dije “Lo que pasa es que somos muy diferentes, vos y yo hablamos otro idioma, no tenemos nada que ver”
las veces que no dije “te necesito”
los cajones
y todo
todo todo todo lo que olvidé en ellos
cada episodio de la memoria
que se comporta parecido al mecanismo de los cajones
la pregunta “¿qué hago acá?”
la pregunta “¿y qué hago ahora?”
la pregunta “¿Y vos por qué estudias letras?”
la pregunta “¿Adonde voy?”

la pregunta: "¿Qué estará haciendo ahora?"
la pregunta “¿Por qué no llama?"


las góndolas de los supermercados
la ética
las veces que salí de mi habitación
el tiempo que pasé dentro de mi habitación
mi vida que ocurría en el momento en que yo me detenía para capturar algo con la cámara
las melancolías nocturnas cuando con amigos nos embriagábamos de tristeza y rasgábamos la noche con palabras que solo decían que no entendemos nada de nada de nada de nada

y todos los espíritus de la escalera que visitaron mis demoras


y sobre todo
todo lo que no llegué a decir
lo que viví en vano
en la vida íntima del silencio
lo que le conversé a los fantasmas, lo que grité en insomnios, lo que no tuve coraje de ser
y soñé, como un mendigo
y todo lo demás, mal suspenso
de la muerte



///

3.10.07

akédestos

un hombre que concierta ficciones

paga con el naufragio

de todas sus realidades.





Hoy, que ya he llenado demasiadas páginas (ansiando la dicha de algún día ser sustituido por ellas), y sacrificado todo, no tengo más remedio que seguir imaginando – seguir escribiendo ficciones – para tener qué subir al altar, para tener algo que desangrar. Es el vicio de la escritura el que, en su absoluta inutilidad, habrá de nombrarme. Desisto, como quien se quita unos zapatos demasiado apretados, de mi lado de afuera. Las tantas palabras desparramadas no son otra cosa que la desprolija procesión funeraria entre dos vigilias. Mi funeral es algo que ya pasó: llegué tarde, arrojé crisantemos oscuros sobre mi pecho inmóvil con el gesto de quien deja una maleta; subí la colina de la Nada como quien ha roto los bolsillos justo en el momento en que el poniente nacía; como quien, sentado en el invierno en una parada de colectivo recuerda la textura de un pullover de la infancia, yo, con cuatro palabras, empecé a labrarme un alma: me queda grande y me queda chica, y todavía entra algo de frío por las rendijas que dejan mis sueños al parpadear, pero algunas cosas - tal vez en su centelleo tímido de mariposa herida que cruza un abismo - sonaron lindas.

///

picture: William Blake;

elisha in the chamber on the wall

1.10.07

si Laiseca puede...

taller literario
_____

"El cuento: desesperada arquitectura del ansia de sentido"
____

(Voltaire, Poe, Pushkin, Gogol, Melville, Dostoievski, James, Flaubert, Kafka, Proust, Joyce, Papini, Buzzati, Pessoa, Kawabata, Salinger, Borges, Cortázar, Fuentes, Arreola, Carver, Aira, Woody Allen)

-

Lectura, análisis, desmontaje, discusión y - si es posible - escritura


a cargo de Debret Viana

*

10 encuentros
(a partir de fines de octubre)


cupo limitado
(grupos de menos de 8 personas)


///


inscripción, programa y más información:

28.9.07

apología a la Literatura como inutilidad redentora





Variaciones sobre Hamlet;
La trascendencia estética




La vida práctica me pareció siempre el menos cómodo de los suicidios. Actuar fue siempre para mí la condena violenta del sueño injustamente condenado. (...) Actuar es reaccionar contra uno mismo.
Fernando Pessoa
Libro del desasosiego; fragmento 247
[1]

(...) los que no persiguen vivir
no son esclavos de la muerte.
Lao-Tsé
Tao-Te-King
; L
[2]



0
Introducción


Emerson escribe que no hay cosa más rara en un hombre que una acción voluntaria. Sería apresurado consentir que Hamlet ha planificado toda su tragedia: no es lo que sugiero; no hablo de previsión (no hago de él un cuerpo profético): hablo de sentido poético. Afirmo que el caso de Hamlet era el de un poeta. Inútil es argumentar que no ha escrito nada: hay quien exterioriza su interior sirviéndose de lenguajes establecidos, y también hay quien encarna en sí mismo los principios de la potencia de las ficciones (del mismo modo que, al referirse a Artaud, André Breton dice: “No era surrealista, era el surrealismo”; del mismo modo que Álvaro de Campos decía de su maestro: “Mi maestro Caeiro no era pagano: era el paganismo- (...) En Caeiro no había explicación para el paganismo; había consubstanciación”
[3]; del mismo modo que Oscar Wilde dice sobre Cristo: “Otros habrán de crear con su fantasía las formas singulares del drama poético y la balada; pero Jesús de Nazaret se creó a sí mismo por su propia imaginación”[4]). A tal punto es Hamlet un poeta que debe transfigurarse en loco para ser aceptado: es la condición de credibilidad, puesto que la poesía no es sino inverosímil fuera de sus prediseñadas estructuras, librada a la intemperie de la vida real, sin el resguardo de un escenario (un libro, un lienzo, etc). Profano sería de nuestra parte no intentar la lectura más poética de sus actos: pobre sería aceptar que torpemente Hamlet deambuló por las escenas, hizo cobardes muecas para dilatar la acción que era exigida de él, y, finalmente, cuando fue víctima de heridas circunstanciales, a los tumbos irguió su espada y cerró la tragedia. Siento que es lícito querer ver en la travesía de Hamlet una voluntad estética: un héroe patético que sólo consiente su deceso mediante el ejercicio de la tragedia. Borges defiende a Judas de la reprobación general con el siguiente argumento: “Un varón a quien ha distinguido así el redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos”[5]. Yo pienso que un personaje al que Shakespeare hizo receptáculo de la más fina poesía metafísica merece del lector la interpretación más esmeradamente poética.
Este artículo no rinde culto a las inquisiciones de la verdad que atesoran los museos; no ansía contentar a los vetustos tribunales dogmáticos que detentan el ejercicio de una cansada verosimilitud: apenas pretende esbozar una bella teoría que ampare al eterno cadáver de Hamlet.



1
El drama de Hamlet es que es un soñador (como buen soñador, ha abdicado de la acción) y ahora es arrastrado hacia la escena, forzado a actuar, a intervenir (él, que vivía en la dicha de la contemplación):

Hamlet (...) vacila bajo el peso de una carga irresistible para un hombre de su condiciones. El es un soñador y se ve precisado a obrar. Tiene un temperamento de poeta, y se le exige que luche contra la relación habitual de causa a efecto, contra la vida en su aspecto práctico, del cual él nada sabe, en vez de luchar contra la esencia ideal de la vida, de la que sabe tanto (un saber que no es un acervo, sino una predisposición para el juego). No sabe lo que debe hacer, y su locura consiste en simular la locura. Bruto utilizó su demencia como un manto que había de ocultar la espada de su intención, el puñal de su sabiduría; pero la locura de Hamlet es tan solo un disfraz, debajo del cual se oculta su debilidad haciendo muecas y chistes, un pretexto para retrasar la acción, con la que juega como el artista con una teoría aun difusa.
[6]


2
El mundo de la acción es un mundo cruel. El que vive allí debe estar dispuesto a matar y a morir: estos son los parámetros donde se desarrolla lo real. Los movimientos son una decisión (se la tome o no), y toda decisión tiene un precio.


el goce, el espectáculo
No es en el mundo de la acción donde existe el goce. El goce es precisamente donde los términos reales del mundo trastabillan. Ingresar en el mundo real es acceder a postergar indefinidamente el propio deseo. Aunque el deseo es apenas una dirección, un índice de movimiento, una marca de carencia: nunca un lugar habitable (mucho menos a través de su realización, que es, siempre, otra cosa). El deseo funciona en Lo real como un señuelo: el goce solamente ocurre en estados de inconsciencia, y en un espacio furtivo. Prácticamente, no es una experiencia: es apenas una anécdota, un residuo falso inscripto en la memoria que condena a seguir anhelando lo que no se supo aprehender. Como el deseo es la dirección, no puede revelarnos el carácter inaprensible de su presa: sería fraguar su razón de ser. Y el goce es inaprensible porque para aprehenderlo es preciso salir de él (corrernos de la escena donde ocurre) y mirarlo: y esto es ya una pérdida; el costo de aprehender el goce es obligarnos a prescindir del momento en que ocurre, ese fugaz presente donde se está vivo sin el peso de la conciencia de estar vivo. Para aprehender el goce, entonces, es necesario dar un paso al costado de la vida, no vivirlo.


3
Hamlet no quisiera mancharse. Como Bernardo Soares[7], Hamlet puede soñar con todo porque es nada (ese es el costo): si fuese algo, ya no podría imaginar (estaría muy ocupado moviendo cosas o inmiscuido en el ritmo de las repercusiones de las cosas movidas). Allí radica todo el dilema del “to be or not to be”: a expensas de su goce, Hamlet es llamado a ser algo. El se contenta con lo etéreo, lo especular: los juegos de palabras, la retórica, los serenos paisajes, la composición de metáforas (a los fines de un reino – de las obligaciones del poder, de sus imperativos – es casi como si no existiera: completamente obsoleto). Sin embargo, el mandato paterno es indeclinable (sobre todo porque es el mandato de un muerto: y un padre comienza cuando muere): para recomponer la armonía debe actuar: debe ser; (con su ociosidad habrá de perder también su perfección). Y lo hace (después de ensayar sobre el escenario y con audiencia) del único modo en que la acción puede ser disculpada: bajo la apariencia de la locura.


Shakesperare; la divinidad y la nada
Coleridge se atreve a comparar a Shakespeare con el Dios de Spinoza: una sustancia infinita capaz de asumir todas las formas (Shakespeare como una natura naturata
[8]). Borges gusta de esta idea, y la repite numerosas veces de variadas maneras. Acaso su versión más bella sea “Everything and Nothing”[9] (que comienza con la despiadada sentencia: “Nadie hubo en él”), de la que extraigo el siguiente fragmento:

(...) antes o después de morir, se supo frente a Dios, y le dijo: “Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo”. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: “Yo tampoco soy; yo soné el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tu, que como yo eres muchos y nadie.”
[10]

La vida de Shakespeare ha sido misteriosa, y se presta a inagotables especulaciones. Tal vez uno de sus mayores misterios ha sido su renuncia al teatro – y a la poesía -. Del lado real de la cosas, la acción no suele encontrar mejor disculpa que el rédito económico. Shakespeare vende su teatro, se retira a su pueblo natal, se vuelve un prestamista, un empresario ocioso:

Shakespeare realizó su regular fortuna y retornó a su aldea, donde acabó su vida como un tendero retirado, sin acordarse jamás de lo que había escrito: y acaso este olvido absoluto del portento que había creado sea un fenómeno más extraordinario que el de la misma creación.
[11]

Borges especula que seguía el imperativo de ser alguien. Harto de ser reyes que morían, enamorados que se desencontraban, traidores y traicionados, cerró sus libros y abandonó su magia (tal vez, con el mismo gesto que Próspero) y se forjó una apariencia humana: a la hora de ser alguien, fue un empresario baladí (si esta vez asumió también la figura de un personaje, no sabemos decir). Renunció a los poderes de la literatura para poder ser un hombre. Así como Hamlet debe renunciar a su carácter de soñador, y mancharse con la sangre de lo real, Shakespeare abandona la poesía y las tablas, y se somete a la apariencia de la vulgaridad. Es como el ángel de Handke, ansioso por privarse de su fría eternidad solamente para probar el café, fumar un cigarrillo y frotarse las manos cuando aprieta el frío.



4
Hamlet justifica su acción montando el incierto – y nunca concluido, nunca cerrado – teatro de su delirio (con el que engaña a todos y se vuelve para toda su audiencia incomprensible, imprevisible): incluso toma la precaución de morirse para que su acto nunca tenga que comparecer ante el tribunal de la razón: se guarda para sí el derecho de estar loco (de ser otro); y de esa manera, expía la acción que lo obligó a traicionar su modus vivendi.
Hamlet demora la decisión de su acción con juegos de palabras, muecas y otros ampulosos procedimientos provenientes de su pretendida locura. Va cediendo, ante las evidencias que consigue, a la necesidad de actuar. Entiende, como Oscar Wilde, que “la sociedad perdona casi siempre al criminal; pero jamás al soñador”.

el escritor

Actuar es empezar a morir, es adentrarse en la enfermedad del tiempo. Por esto, de algún modo, el escritor es un traidor: su palabra está hecha de tiempo, su silencio – necesario para parir la frase – está hecho de muerte (moverse es vivir, escribe Pessoa; escribir no es vida: a lo más, es una supervivencia precaria). El escritor debe mediar su sueño con artificios generalmente baratos: su angustia, su hastío suele ser el costo de no renunciar al sueño mientras sostiene el vicio de la escritura. Un soñador verdadero no puede escribir. Un verdadero soñador no colaboraría con la existencia del mundo exterior. Un verdadero soñador está siempre atento a lo inexistente
[12]: pero no lo prostituye: lo respira.

5
Hamlet no resiste el gasto de su acción, y muere. Habiendo traicionado la vida del sueño (la feliz lejanía, la desterritorialización serena, la aprehensión del goce) por el imperativo de la acción, solo puede regresar al estado onírico al costo de su cuerpo, que entrega a la muerte a condición de que su drama sea contado: el relato, que Hamlet encarga a Horacio, es, como toda literatura, el film de un sueño inscripto en la vigilia; un sueño light, que no tiene el costo de dormir ni fuerza al trabajo de protagonizarlo.


6
Ese relato (es decir: Shakespeare) es la venganza de Hamlet: hace de sí (de su acción, de su historia y travesía) un cuento, un sueño para otros. Es como si Hamlet sólo pudiese permitirse la acción si la comete teatralmente: ya que no puede darse a la vida del soñador, ejecuta una acción dramática que solo puede ser recuperada como literatura, como sueño. Si debe mancharse con las cosas del mundo, no sacrificará su sueño en pos de la acción: acometerá la acción con la lógica de su sueño, con una estructura delicada de la que la vida mundana es indigna: le exigirá al mundo que se vuelva teatro, y trabajará arduo para ello (por supuesto, como Don Quijote). Es como si dijera: Si he de sacrificar el sueño – la vida etérea, el teatro singular de mi pasiones, mis juguetes -, será en un acto genial, que rivalice con el sueño, que se confunda con un sueño, que otros, alguna vez, lo puedan soñar. Como dice el Hamlet de Luis Cano: “(...) hay que fracasar para ser Hamlet[13].
No me resulta gratuito recordar que el nombre del hijo de Shakespeare era Hamlet, que muere en la infancia. Entregados a los goces de la aventura especulatoria, es pensable que Hamlet (la obra) es una forma grandiosa de despedida, un pasaje triunfante del sueño de la vida al sueño eterno por el puente de la tragedia heroica.

7
Desde luego, entre soñar y leer no hay ninguna diferencia (leer es soñar de la mano de otro, decía Pessoa). Entre el teatro y el sueño hay muy poca.



8
Con su acción Hamlet parece decir (como un suicida): me niego al mundo; no actuaré más. De ahí que su acción tenga la gravedad de lo definitivo: Hamlet, a diferencia de quien cree en el mañana, puede agotarse en este acto donde jugará toda su existencia, puede afrontar el gasto de un acto genial: “(...)puede hacer de la muerte un acto. Puede actuar suprema y absolutamente[14].

9
Su propia muerte es apenas una de las acotaciones del texto donde él mismo dispuso el drama. Es una muerte necesaria: sostener un teatro (hacer de la realidad una escena, lograr un desempeño actoral por parte de personas que no saben que están actuando, alcanzar un tono épico con materiales burdos y desprevenidos) es un esfuerzo que no puede sostenerse demasiado tiempo: hay que morir antes de que el teatro empiece a desmembrarse, antes de que sus paredes empiecen a caer sobre la escena y dejen entrar las desoladoras luces del día. Hay que morir: es el único telón del que disponemos.

(Pocos comprenden este tópico como Pasolini. Para explicar lo que es el montaje Pasolini dice que es a un film lo que la muerte es a la vida: un dador de sentido)

el sentido

La realidad no sabe cerrar un cuento, la Historia necesita tomar prestados elementos formales de la literatura para poder decirse (para que sea legible). Las cosas que pasan no tienen ningún sentido estético. De hecho, no tienen ningún sentido (“(...) una época en la sólo sucede lo ilegible
[15]; dice Wilde). La realidad requiere montaje: todo sentido (todo lo que nuestra psiquis puede digerir) es un montaje. La realidad es como ese ruido de fondo que distraídamente oímos cuando cenamos en un lugar lleno de gente. Un monstruo amorfo hecho de bullicio superpuesto, un concierto violento, inasimilable. Ni siquiera lo escuchamos: es una presencia que aturde o que divaga: backsound. Nuestro oído está educado apenas para recibir música (orden). Por eso tenemos poco que ver con la vida, que es puro ruido (caos). Por eso somos adictos al cine, a las novelas, a las canciones: son espacios donde la brusquedad azarosa del caos se organiza estéticamente. Y por esto también somos proclives a la angustia, al desasosiego: educado el ego en territorios ficticios, bellos y cautivantes, no sabe cómo lidiar con una intempestiva realidad que ruge toda su incoherencia como una salvaje babel. Queremos amar, recorrer ciudades, agotar los límites de la vida; y lo único que tenemos es relatos: hacemos relatos de los ruidos de la historia, de los ruidos del piano, de los colores esparcidos, de los ruidos de nuestro deseo: de nuestra propia vida sólo nos restan algunas anécdotas: con nuestro mismo ánimo, lo único que podemos hacer, es frases.


10
La tentación poética de la justicia es la que seduce a Hamlet: y lo seduce, sobre todo, como idea estética. Cede su vida de errabundeo mental a cambio de que el universo tenga sentido. Y para que haya algún sentido Hamlet debe perpetrar la puesta en escena de la justicia (porque el sentido es puro teatro: no tiene nada que ver con la realidad): una justicia emblemática, y poética.
No, entonces, la eternidad: sino la trascendencia. Y para conseguirla Hamlet debe violentar las reglas de lo real: “”(...) un drama no es realmente verdadero sino cuando es más grande y más bello que la realidad
[16]


Eróstrato

Me aventuro a exhibir la sentencia que enhebra la trama de este artículo: toda redención es estética:

Toda celebridad vive, en verdad, sólo en la medida en que puede ser leída o en que se lee acerca de ella. El hombre de acción no vive más allá de su acción; es el historiador quien lo hace vivir. Toda celebridad es en verdad literaria, porque la literatura es la verdadera memoria de la humanidad.[17]

Sobradas evidencias ha ostentado Shakespeare de acordar con esta teoría; en sus Sonnets son numerosas las ejemplificaciones que constatan la “salvación por la literatura”: bástenos recuperar apenas uno (el soneto 81):

Or I shall live your epitaph to make
Or you survive when I in earth am rotten
From hence your memory death cannot take,
Although in me each part will be forgotten.

Your name from hence immortal life shall have,
Though I, once gone, to all the world must die;
The earth can yield me but a common grave,
When you entombed in men´s eyes shall lie.

Your monument shall be my gentle verse,
Which eyes not yet created shall o´erread,
And tongues to be your being shall rehearse,
When all the breathers of this world are dead.

You still shall live – such virtue hath my pen –
Where breath most breathes, even in the mouths of men.
[18]


Tales son los poderes de la literatura: provee a la trivialidad de la carne una aproximación a la inmortalidad, demora el olvido a expensas de volverse un relato; aplaca la muerte con la melodía de la frase. Fernando Pessoa dice sobre Eróstrato: “Sufre como Cristo, que muere como hombre para probarse como verbo

[19]. Tengo para mí que este dictamen compete también a Hamlet.



11
Hamlet comprende esto. Y tiene poco tiempo para engendrar un punto de fuga. Por eso monta un teatro (con lo que puede, con lo que tiene a mano), inventa un espectador (Horacio) al que le confía toda la historia y lo obliga (todo lo que se pide desde el lecho de muerte es un mandato) a convertirse en autor. Hamlet intenta ser, con su escasa pericia en el terreno de la acción, el demiurgo de su historia: lo consigue con la complicidad de los eventos, que colaboran con la cristalización estética. Muere antes de que entre Fortimbrás: no tenía el poder como para involucrar a todo un ejército en su obra: no hubiese podido sostener las paredes del teatro: que se derrumban sólo hacia adentro.


el traidor


El soñador abdica del mundo – de su propia vida – para abrirse a todos los destinos. El escritor traduce las potencias oníricas hacia el territorio irreversible de su destino. No sabe vivir, ni sabe renunciar a la vida (exiliarse, entrar en el desierto al que Kafka alude una y otra vez en su diario
[20]: allí donde Rimbaud cierra por completo la puerta Kafka la deja entreabierta). Es como si estuviese permanentemente embarcado en una duermevela de párpados semi-cerrados. Por eso traiciona la noche con su vigilia, traiciona la vida con su silencio, traiciona el carácter fugitivo e intrascendente del universo con su contemplación empedernida, su registro inquisidor, su anhelo desesperado de sentido: traiciona su propio cadáver con el relato de su incesante decrepitud.

el extranjero


El escritor es un traficante de sueños: paria en la vida y en el territorio onírico, extranjero donde sea que vaya (sobre todo si se queda quieto, frente a la página limpia donde ansía vaciarse). Necesita patéticamente gritar su sueño y su silencio para justificar su soledad. La soledad es una herida que solo puede disculpar con la medalla de la literatura.

expiación

La escritura – bajo su forma literaria – hace la promesa histérica de justificar el desamparo de un hombre. Por eso siempre se escribe por temor a la muerte: a la propia muerte (aun cuando es imposible), a la muerte de las cosas en su lánguida fugacidad, y a todo lo muerto que acarreamos como una condena por las avenidas diurnas. “Infelizmente (dice Kafka) no es la muerte, sino el incesante tormento de morir

[21]”.
Mediante la escritura un hombre se protege de la acción, que es cara y compleja – llena de responsabilidades y finitud – y del sueño, que es etéreo y triste – lleno de levedad y culpa -.




en cambio, Hamlet

Orquestó los últimos pasos de su vida con el rigor de una pieza literaria. Volverse un personaje de novela fue su manera de redimirse, de retornar al estado idílico: no se somete a las leyes de la acción, las comprende y manipula para construir un episodio literario. Volverse un personaje de novela fue la terrible exigencia su obra: una obra que lo privaba de una vida serena (que lo lleva a abdicar del trono, de Ofelia, de sus estudios en Wittemberg, de sus amigos, etc). Ser un personaje de novela es la consagración onírica (literaria, histórica) más sublime. Más aun cuando no hay novela.

cristo

Esto también lo comprende – y mucho más profundamente - Cristo, del que Hamlet no sería más que un tímido aprendiz provisto de un lívido teatro improvisado
[22]: Cristo da su cuerpo a la literatura: se inmortaliza (reina) a condición de morir (de no existir)[23]: pero, claro, hablamos de una muerte memorable, indeleble. No es otro el precio del poder: es preciso montar el espectacular teatro de nuestra desaparición para dominar (“¿puedes, mediante la no-acción regir y venerar a tu pueblo?”; Tao Te King, X[24]). Instrumento más movilizador y portentoso que la ausencia, no existe: es el ingrediente fundamental de la leyenda. Esto, los amantes lo comprenden bien (aunque nublados de deseo, no siempre saben cómo usarla). Es indispensable, para el poder, hacer invisibles los hilos con los que manipula sus marionetas. Para hacer más comprensibles mis intenciones, he de remitirme al Cristo de Oscar Wilde, en el De Profundis. Allí, Wilde se empeña en presentar a Cristo como un gran esteta (“los que fueron por él absueltos de sus pecados, obtuvieron esta absolución únicamente a causa de los momentos hermosos de su vida[25]), un artista (“el precursor del movimiento romántico[26]), un ser proclive a las bellezas del mundo (“Su justicia es esencialmente poética[27]), dotado de una imaginación poderosísima que sabe que debe transformar su vida, su doctrina y su travesía en una imagen, y urde para ello el teatro de su agonía: se despoja de su mortalidad para acceder a la eternidad del símbolo. Esto no es otra cosa que la trascendencia estética: sólo así puede la historia inscribirse en la humanidad. El caso de Hamlet es más sutil, más pequeño, más patético.

(El caso de Cristo no deja de ser patético. Pero está dotado - atosigado - de un caracter obsceno. Y es su misma obscenidad la que lo vuelve sublime.)
12
Pero, ¿qué es lo que llevaría a un soñador a sacrificar todo su imperio? Después de todo, la obra que a Hamlet le cuesta la vida solo puede ser una (con todas las imperfecciones comunes de lo real), por lo que apenas rivaliza con las potencias del sueño en un solo instante efímero: realizar un sueño es abdicar de realizar todos los infinitos posibles sueños; Wilde dice sobre esto:



El que ha sido elegido ha venido a este mundo para no hacer nada. La acción es limitada y relativa. Y también incondicionada y absoluta es la visión del que descansa y observa, del que recorre un camino solo mientras sueña.
[28]

¿Qué es lo que lleva a Hamlet a renunciar a su mundo de posibilidades a cambio de arder en la ejecución de una trama?



lo gratuito


Todo en Hamlet es un esfuerzo en vano. Dinamarca agoniza, Fortimbras acecha. Si Hamlet eligiese no participar de la acción (not to be) de todos modos el reino Danés (junto con el asesino en el trono) será derrocado. Pero sería burdo, común: los reinos caen, los reyes son destituidos, un ejército vence a otro, etc. Lo que Hamlet conquista es su heroísmo, su trascendencia: la poesía viva en un instante emblemático. Si esta gracia la urde Hamlet, o simplemente le es concedida por una fuerza superior (la pluma de Shakespeare) que dispuso los eventos de esta manera no es relevante a los efectos de este artículo.


13
Por otra parte, en esto – el titubeo, las muecas, la farsa de la locura, la persistencia de la melancolía -, Hamlet se parece (por una vez) a una clase enferma de soñador: el escritor: a un soñador de este tipo solo lo mueve el dictado de un fantasma, la rugosa sentencia de los muertos: hizo falta la rumiante voz que vibra en el aliento del silencio para despertar a Hamlet.




f i n




notas

[1] Pessoa, Fernando: Libro del desasosiego; Emecé, Buenos Aires, 2001.
[2] Lao-Tsé: Tao-Te-King; Quadratta editores, Buenos Aires, 2003.
[3] Pessoa, Fernando: Ficciones del interludio 1; José Aguilar Editora, Río de Janeiro, 1975.
[4] Wilde, Oscar: De Profundis; Edicomunicación, Barcelona, 1999 (p.101).
[5] Borges, Jorge Luis: “Tres Versiones de Judas”, en Ficciones; Emecé, Buenos Aires, 1956.
[6] Wilde, Oscar: De profundis; Edicmunicaciones S.A., Barcelona, 1999 (p.120).
[7] Pessoa, Fernando: Libro del desasosiego; Emecé, Buenos Aires, 2001 (p.214).
[8] “(...) lo universal, que está potencialmente en lo particular, le fue revelado, no como abstraído de la observación de una pluralidad de casos sino como la sustancia capaz de infinitas modificaciones, de las que su existencia personal era sólo una.”
[9] Borges, Jorge Luis: El Hacedor; Emecé, Buenos Aires, 1960.
[10] Borges, Jorge Luis: El Hacedor; Emecé, Buenos Aires, 1960.
[11] Groussac, Paul: Crítica Literaria; Hyspamérica ediciones, Buenos Aires, 1985 (p.195).
[12] “Ponte sobre las cosas / antes de que ingresen a la existencia”; Tao Te King, LXIV.
[13] Cano, Luis: Hamlet, de William Shakesperare;
[14] Blanchot, Maurice: El espacio literario; Editora Nacional, Madrid, 2002 (p.96). (sobre Kirilov)
[15] Wilde, Oscar: La decadencia de la mentira; Lunfati ediciones; Madrid, 1983 (p.124).
[16] Maeternlinck, Maurice: “A propósito del Rey Lear”, en La inteligencia de las flores, Hyspamérica Ediciones, Buenos Aires, 1985 (p.112).
[17] Pessoa, Fernando: Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad; Emecé, Buenos Aires, 2001 (p.96).
[18] Shakespeare, William: Sonnets; Encyclopedia Britannica inc., Chicago, 1952 (p. 198).
[19] Wilde, Oscar: De profundis; Edicmunicaciones S.A., Barcelona, 1999 (p.135).
[20] Kafka, Franz: Diario; Editorial Lumen, Barcelona, 1975 (p.207).
[21] Kafka, Franz: Diario; Editorial Lumen, Barcelona, 1975 (p.311).
[22] Cristo tuvo tres años de meditación en el desierto, donde urdió sus trama. En el caso de Hamlet, el imperativo es inmediato, no hay tiempo para preparar la escena y, además, Hamlet era, entre todos, el hombre menos preparado para la acción. De ahí que la comete teatralmente.
[23] “El reino no se alcanza / si no es por la no–acción”; Tao Te King, LVII. ob cit
[24] ob cit; Tao
[25] De Profundis (p.137)
[26] De Profundis (p.133)
[27] De Profundis (p.136)
[28] Wilde, Oscar: “El crítico artista”, en Intenciones; Kuymess editora, Barcelona, 1965 (p.84).

24.9.07

nada revela un género como su parodia

"
El emperador Ho Sin tuvo un sueño en el que contemplaba un palacio más grande que el suyo por la mitad de alquiler. Al atravesar los portales del edificio, Ho Sin descubrió que su cuerpo volvía a ser jóven, aunque su cabeza seguía contando entre sesenta y cinco y setenta años. Al abrir una puerta encontró otra puerta, que le ccondujo a otra; pronto se percató de que había franqueado cien puertas y que ahora se hallaba en un patio trasero.

Cuando Ho Sin se sentía ya invadido por la desesperación, un ruiseñor se posó sobre su hombro para entonar la más hermosa canción que había oído y luego le mordió en la nariz.

Escarmentado, Ho Sin se miró en un espejo y, en vez de contemplar su propio reflejo, vio a un hombre llamado Mendel Goldblatt que trabajaba para la fontanería Wasserman y que le acusó de robarle el gabán.

Gracias a esto Ho Sin decubrió el secreto de la vida, que era "jamás cantes melodías tirolesas".

Cuando el emperador se despertó, le bañaba un sudor frío y no pudo recordar si había soñado el sueño, o estaba siendo soñado por un siervo de su confianza.

"


Woody Allen

22.9.07

sentencias

- Y ella dijo: No hay ninguna grandeza en lo que hacés. La ironía es tu manera de ser triste y que no dé lástima . Las cosas que sabés, todo tu repertorio erudito, es simplemente el miedo a estar solo y tu soledad, sus recreaciones. Y esa literatura tuya no es más que un esfuerzo que te imponés, una penitencia para justificar la parálisis de tu naufragio, para lidiar con el sinsentido, con la intrascendencia y con lo furtivo de las cosas en un universo indiferente. Otros se llenan de plata, o tienen familias numerosas, o hacen turnos de 20 horas en las salas de emergencias de los hospitales, o se internan en alguna selva de verdor mortal esperando el zarpazo que los borre y que los signifique. Lo tuyo es muy fácil; te quedás en el juego: mentís con tus juguetes torpes con tanta fuerza que hasta hay algunos que te creen, y disfrutan el espectáculo de tu desesperación en las diminutas formas de diversas ficciones. Es muy fácil: dame una máscara y yo también te digo la verdad.

15.9.07

lateness

Hace dos meses, o tres (no sé, las noches se parecen) escribí un cuento. El otro. Un cuento largo, que excedía las 30 páginas. Su trama versaba sobre un hombre que sospechaba que en su casa vivía otro hombre en los 180 grados que su vista humana no podía captar. Traté de darle un ritmo fílmico, una sucesión de fragmentos que abusaba del flashback, y que tenía puestas en abismo y relatos dentro del relato. Hoy, de repente, dí con su final. (Me tienta pensar que esta conclusión rompe con un conjuro)
)( )(

4.18

Pasan las convulsiones. Ceden los temblores hacia la inmovilidad. La tensión de sus músculos se pierde. Queda en el suelo, tendido e inerme. Y sueña. Tiene los ojos cerrados, tiene los ojos abiertos. No importa. Acaso parpadee de vez en vez. Sueña que es el otro. Que se mira a sí mismo morir en el suelo, atragantado vulgarmente. Sueña que llama a la ambulancia y da las direcciones para que lleguen. Sueña que siente compasión. Y el sueño de repente se bifurca, se hunde en vapores de fugitiva tersura. Y sueña, ahora, retrospectivamente. Sueña diferentes episodios de su vida, los sueña vistos desde el ángulo del otro (se ve mayormente de espaldas, a veces de perfil; a veces ni siquiera está ahí: oye su voz en la habitación de al lado, o simplemente se presiente venir). Sueña, en un ritmo caótico, librado a una cronología dispar, toda su vida como si no fuese suya. Como si fuese la vida de otro. Claramente ve llegar el episodio final: sueña que escucha el sonido de un hombre que se atraganta en la cocina, deja el libro sobre una mesa, se asoma y lo ve: el hombre con las manos en la garganta, tosiendo con la tos de quien manotea un graznido de aire. Piensa que no es nada, pero se queda un rato más. Ve cómo el hombre cae de rodillas al suelo, sospecha la manera en que los ojos se le deben estar abriendo con desesperación, con miedo. Va hacia el teléfono cuando oye el mantel deslizándose de la mesa, arrastrado por la mano estremecida del hombre que ahora cae al suelo, y se retuerce. Cuando concluye la llamada llega al punto en que el otro, agonizando, ya está soñando estas cosas. Se acerca a la puerta, se asoma. Lo ve. Lo ve tirado en el suelo, silencioso y quieto. Cómo se parece a mí, piensa. Lo ve ahí. Rendido, roto. Lo ve soñar. Cuando el sueño llega al instante en que arrojado en el piso ese hombre al borde de la muerte sueña que es otro hombre que lo mira morir desde la puerta de la cocina siente algo (algo raro) y se confunde: siente que es otro que mira a un hombre al borde de una puerta mirar el sueño de un hombre que agoniza tendido en el piso mientras sueña que es ese hombre en la puerta que lo mira y siente que es otro hombre que lo mira a él mirar al hombre que se muere en el piso (…; línea inconclusa e infinita). Recuerda, en la memoria de alguno de esos hombres, que leyó un libro que decía que una vez lograda la muerte, el cerebro mantiene su actividad durante un tiempo variable entre seis y doce minutos. Recuerda haberse despertado alguna noche, mirar el reloj y ver la hora: 4.17; y darse vuelta en un suspiro y quedar dormido y soñar un sueño complejo, lleno de puertas y pasillos y otros sueños que más puertas y más pasillos, algunos que daban a otros sueños, o a más puertas que daban a un mundo extraño donde no había cosas como sueños, ni puertas ni pasillos, donde hablaba con mucha gente a la que no entendía, y escapaba de hombres oscuros que lo perseguían con fines siniestros, y recuerda que de repente estaba en Creta (sí, era una ciudad baja de Creta, sus calles lentas del mediodía; nunca haber estado ahí no es un obstáculo para reconecerla), y al caminar por una esquina mira a través del cristal de la ventana de un café y veía a una mujer azul, arcana y bellísima que al mirarlo lo petrificaba. La mujer salía de café y lo miraba, detenido y vuelto piedra. Le pedía a unos hombres que la ayudaran, unos hombres altísimos y con manos muy pequeñas, casi inútiles. Esos hombres lo levantaban, lo llevaban tras la mujer azul que les daba direcciones y comentaba sobre el clima, las guerras y los diferentes venenos que había combinado hasta lograr volverse sagrada. Llegan a una casa de madera opaca y rancia. La mujer azul abre la puerta y les indica el camino a los hombres, les dice donde ubicarlo a él y cuando lo apoyan ven que es una habitación enorme – mucho más grande que la casa que habían visto desde afuera – y ven que la habitación está llena de hombres de piedra y justo un momento antes de que empezaran a tener miedo él los ve caer decapitados, ve cómo ruedan las cabezas hasta un rincón donde un gato muy largo y con siete ojos empieza a jugar con ellas, como si fuesen ovillos de lana que una abuela dejó caer desde una crujiente silla de madera, durante una semana de agosto, muy fría. Ve a la mujer azul con varios cuchillos - de diversas dimensiones y filo, la mayoría específicos para cortar músculos humanos- , la ve cocinar a los hombres y luego ofrecerlos en un banquete fastuoso, esa misma noche, donde concurren hombres, liebres, cocodrilos, centauros, hombres decapitados, liebres con cola de cocodrilos, cocodrilos con cabeza de liebres decapitados, centauros con sombreros de hombres, liebres que usaban centauros a modo de sombrero, raras mujeres vestidas con seda que se mueven a una velocidad inhumana, y ve también, más tarde, a su propio abuelo, que llega y se une a los demás, y al rato, sin haberse ido, vuelve a llegar, una y otra vez, durante horas hasta ver, horrorizado, a treinta o cuarenta abuelos suyos, siempre el mismo, que come, baila, conversa con la liebre decapitada o juega un partido de poker contra tres sí mismos y un cocodrilo, y va perdiendo cuando se acusa de hacerse trampa. Se duerme y cuando despierta es de mañana y ve a la mujer azul: está sacando el polvo de los otros hombres de piedra, que murmuran, con muchos esfuerzos, palabras ininteligibles que forman el sonido del viento cuando golpea los murales gastados de los vetustos castillos germánicos, las noches otoñales que presagian lluvia. Así pasan años y el vive minuciosamente, cada día y cada noche de inmovilidad con u detalle más efímero hasta que una tarde descubre que puede moverse y huye, corre de la casa, corre por un prado verdísimo y llega a un pueblo donde asesina a un vendedor de cueros, le arranca la piel y se la pone y reemplaza al vendedor de cueros, al principio le cuesta un poco, confunde los nombres de sus hijos y es estafado por los precios de los proveedores pero pronto le agarra la mano al asunto y se olvida, un día, de que está fingiendo que es un vendedor de cueros y de que él es, en realidad, otro, y vive feliz esa vida, tiene nietos (uno de ellos se postulará como intendente, arrasará las elecciones y acabará sus días en una penitenciaria, después de ser enjuiciado por malversación de fondos - el sueña, en un sueño de la siesta, con cada documento que el tribunal de abogados compendia contra su nieto -), cede su próspero negocio a sus hijos, disfruta de largos paseos por la ciudad donde todos saben su nombre y lo saludan con efusión hasta que un día, dormido en la cama, muere, serenamente, mientras en un sueño suspira el nombre de un carro de nieve que su padre, el vendedor de cueros, le regaló para su séptimo cumpleaños, en el jardín de esa misma casa. Ve oscuridad, y cuando siente el ruido de una decena de palas cavando la tierra de su tumba, despierta de golpe. Y mira el reloj: las 4.19. Gruñe, gira en la cama y trata de seguir durmiendo. Y, sueña que piensa, si la actividad cerebral de un cuerpo muerto continúa al menos seis minutos más, y yo he soñado en uno o dos minutos vidas enteras, esos seis minutos pueden bien ser mi vida, o la vida del otro, o ambas vidas juntas, o la sigilosa construcción de todo el universo. Es entonces que oye un ruido en la puerta principal, y pasos por la escalera. Los enfermeros suben rápidamente, sus pasos ametrallan los escalones, y él duda entre dejarse muerto sobre el suelo de la cocina o huir hacia otro rincón de la casa, porque siempre es sospechoso estar junto a un muerto.


A partir de ahí, las cosas se volvieron inenarrables. Todo eso es, también, del otro.
Eso es el otro.
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13.9.07

la estadística / 1. ¿cual es, entonces, el mal del siglo?



%


Me acuerdo que Renato Russo cantaba "o mal do século é a solidao". Pues bien, concluida la primer encuesta en Infimos Urbanos, comprendemos que no era tan así (tal vez, me permito inferir, porque la soledad es inherente y carece del arraigo a una época). La banalidad fue señalada como el mal del siglo; como la especificidad de lo posmoderno. Acaso una enfermedad, acaso una manera de percibir la realidad y lidiar con lo avasallante del henchido día. No lo sé. No importa. La banalidad es el filtro imperante que relaciona las apariencias de los sujetos (a esta altura: sujeto-objeto; máquinas acotadas programadas por el vaivén del poder); es la manera más efectiva, más pulcra, más responsable, más contemporánea, más solitaria de vincularse. No hemos de olvidar que la banalidad es una de las formas en que se enmascara la soledad, es parte de su dialéctica.
///
Me sorprende la unanimidad con la que se trató la opción de las encuestas: nadie la votó. Ya que estamos en el luto de Baudrillard, y que esas ceremonias agitan la memoria, copio esta sentencia: "El principio del exterminio no es la muerte: es la indiferencia estadística".
Y, si la estadística no da cuenta de la perfidia de la estadística (recordemos, religión absolutamente moderna), probablemente el final ya haya pasado - no como acontecimiento: sino apenas como algo que pasa.
...
(La subjetividad, los rasgos individualizantes, la personalidad solo ha ido democratizada como mecanismo de vulgarización; farsa homogeneizante: estandarización de targets del marketing, organización efectiva de la góndolas del supermercado. Ojo.)
ps;
realmente quisiera conocer al único que votó "las tandas publicitarias"

7.9.07

apuntes para una fábula sobre el tiempo

la distancia
Pasa una mariposa (¿de dónde pudo salir?). Vuela lentamente frente a mí, se posa en mi mano. Me digo: ¡Qué fulgurante, efímera belleza! La miro, sus alas azules con delicados jeroglíficos negros. Quiero tomarla por las alas, sostenerla un instante. Extiendo mi brazo, abro mi mano, y la mariposa echa a volar. Temo perderla, pero compruebo en seguida que su vuelto es pesado. Sí, agita sus alas con velocidad, pero en cambio ella misma queda quieta casi en el mismo sitio donde estaba, como un helicóptero de seda, como si atravesase en elaire la paradoja de Zenón. Mi mano llega a ella. Cierro el puño, y dejo extendidos el pulgar y el índice, para sujetarla sin hacerle daño, pero justo cuando mis dedos se cierran sobre ella, la mariposa envejece de repente, se marchita, y cuando se juntan mi dedo índice con el pulgar, solo pellizco unas fibras del polvo de su ceniza, que lentamente vacila en el aire.

2.9.07

el amor

Se me dio por acordarme de Baudrillard, de algunas cosas que decía sobre el amor, dispersamente, por ejemplo, se preguntaba:
.
"¿Por qué efecto providencial, por qué milagro de la voluntad, por qué golpe de teatro lo seres estarían destinados a amarse, por qué imaginación loca es posible concebir que: "Te amo", que las personas se aman, que nosotros nos amamos?... Existe ahí una proyección desatinada de un pincipio universal de atracción y equilibrio que es una pura fantasmagoría. Fantasmagoría subjetiva, pasión moderna por excelencia."
.
Más adelante diría, directamente: "El pathos de la modernidad"
.
Y también que hoy estamos atrapados en un "revival del discurso amoroso, una reactivación del afecto por aburrimiento, por saturación".
.
En favor de mi corpus, diría: "Lo típico de una pasión universal como el amor es que es individual y que en ella cada cual se encuentra solo".
.
Y más tarde, por el final de ese capítulo sobre el objeto maligno de la pasión, concluiría (un tanto más melancólico): "Amar a alguien es aislarle del mundo, es borrar sus huellas, desposeerle de su sombra, arrarrarle a un futuro homicida. Es girar en torno a él como un astro muerto, y absorberle en una luz negra. Todo se juega en una desorbitante exigencia de exclusividad sobre cualquier ser humano. Es en eso, sin duda, que es una pasión: porque su objeto está interiorizado como fin ideal, y sabemos que solo hay objeto ideal cuando está muerto."
.
*
.
Me da por recordarlo ahora (a Jean B.), quizá para exorcizar (o amortiguar) esos momentos raros de extravío cuando sueño, enredado en algún Otro (alguna ella particular que recorto de la marejada insípida de otredades que deambulan sonámbulas por el estrépito cotidiano hecho de esperas y esperas de otras esperas) que la comunicabilidad no es necesariamente una ilusión que labro con el pulso de la muerte, y me empujo sentimentalmente (patética, patológicamente) en el ansia vertiginosa de vislumbrar, entre la brutalidad de la cercanía del otro cuerpo (que se agita conmigo, que quiere abrirse y ser abierto, comerme en el acto de ser devorado, pero que siempre termina en el agotamiento, el sueño, y el alba que nos dividirá incluso del exabrupto de la fe, extrañándonos), ese algo más fugitivo que debería resultar de la frotación de las superficies, que debería extraditar al frío de una vez en lugar de solo un rato silenciarlo, ese tributo rendido al tímido altar de las novelas junto a las cuales viajamos por territorios que solo existían del lado de adentro de la soledad, ese algo más - ese glow - que convulsivos como bacantes buscamos sentir en una distancia que se cierra cada vez más sobre esa fe infantil de querer que aquello que soñamos en la mitológica nostalgia de lo que nunca fue tenga algo que ver con las cosas despiertas.

La ininterrumpida soledad es la vidriera parca desde la que también me veo ahora levantarme de este texto, e ir a la cocina a preparar un café, en mitad de la madrugada de un sábado.

( Duerme una mujer desnuda en mi cama sin mí; la siento soñar detrás mío. A veces levanto la vista de estas palabras, la veo. Su presencia es un silencio (un silencio antiguo y ondulado). Su cuerpo me retiene con esa implacable inocencia de cosa rendida. Sé que es el universo seduciendome a través de ella. Tiene de bello lo que tiene de lejana. Vuelvo al texto, pienso: ¿qué soñará? Es un ánfora hermética temblando en el vaivén de mi noche insomne. El aire de la habitación cobra la densidad de su impenetrabilidad. Cifra, en su respiración de marea serena, un no sé qué que sería vital para mí. Se lo llevará cuando despierte (si estuviese despierta ahora haríamos cosas pedestres: en ella no se implicarían las furias sensuales que naufragan en las literaturas, yo no podría ser un poeta). Rara fruta en la vastedad de un desierto lentísimo donde cada variación compone su monotonía. Tal vez ella, con su sueño, me dicta estas palabras con meticulosa potencia oracular, no lo sé. Ella no sabe que visito en ella lo que perderé. O lo sabe, y por eso perpetra la melancólica venganza de inscribir en mi memoria el instante sagrado de sus rasgos ofreciendo los inextricables signos oníricos de los que penderé semanas. Y yo, quizá también lo sé, y anticipadamente escribo estas cosas, para perderla antes de que pese. Ella. Inmóvil funámbula. Nívea párvula. Ella dádiva del azar. Débil transparencia de sí misma. Ella. Sótano de mí mismo donde se espejan las grietas donde derramo la sangre de la tinta de mis lapiceras. Seña de la muerte. Murmullo de felino en la siesta. Ella. Ella ensaya que muere sobre mi cama para que su ausencia no sea mortal, mañana; hasta esa delicadeza tiene. Ella tiene el silencio de las melodías que sueño cuando no hay ningún piano cerca - esta es mi manera de decir adios -. El universo se posterga en el cuerpo dormido de esa mujer; pero no me absuelve de mí )

27.8.07

reververage silente de las sentencias

tribunales


I
Hoy me miré las manos. No es algo que suelo hacer, no tengo tiempo. Pero hoy me las miré varias veces. Tuve que hacerlo: sentía un leve ardor. No interfería con mi vida, pero afloraba allí donde me quedaba quieto. Sé bien que eso de quedarse quieto es un contratiempo, una descortesía. Pero últimamente tengo dudas, no sé qué debo hacer con mi vida. Mi madre dice que leo demasiados libros. No sé. No creo que sea eso. Es simplemente que a veces, entre una cosa que hice y otra que tengo que hacer surge una espera. Y, como me aburro, leo algo. Lo que sea, lo que tenga a mano. Igual le digo a mi madre que no se preocupe: últimamente las cosas van más rápido y para seguirles el paso hay que ser uno con la realidad, que es un lenguaje hecho de acciones. Eso lo dijo Pasolini. Que el lenguaje de la realidad es la acción. No sé quién es Pasolini. Lo leí en medio de una espera. Parece que hacía cine y que lo mataron. Pero el caso es que, de repente, quedo detenido (esperando que me abran una puerta o que me entreguen un papel, o que sellen ese papel, o en el ascensor, cuando hay gente y es incómodo mirarse en el espejo, o etc). Y hoy me sorprendí cada vez diciéndome: ¡qué rojas tengo las manos! Me miraba las manos y sí, en verdad estaban muy rojas. Razoné el glacial invierno de afuera, y la calidez de los interiores burgueses por los que circulo rutinariamente. Supuse que esas sucesivas brusquedades térmicas imponían el carácter rojizo de mis manos.
Pero no sé. No sé.

II
No me fijé en otras manos. Podía verificar si el color que usurpaba las mías también urgía en otras manos, pero no: me daba pudor (mirar a los demás me da pudor). Sin embargo, oculté las mías de los demás. No sé por qué. Simplemente lo hice. Soy tímido. Pero esa tarde todos me trataron muy cordialmente. Como si fuese uno de ellos. Tuve que adoptar poses poco ortodoxas, y me sorprendió que pasasen desapercibidas. Recapitulando después, en el colectivo de regreso, los movimientos que yo había cometido para evitar revelar las palmas de mis manos noté que eran los mismos que los de los demás. Me habían salido tan bien porque los venía viendo desde siempre. Era la manera en que los demás caminaban. Me lavé las manos con agua fría, cuando llegué a casa. Raspé con jabón la palma de mis manos. Pero no hubo caso: seguían rojas. Lo bueno es que el ardor se ha calmado hasta desvanecerse. Y como no me molestan, ya no reparo en lo rojas que están.

24.8.07

epígrafe tardío para El Otro

Encuentro el epígrafe perfecto para el relato El Otro. Pero es muy largo y como de todos modos no quiero perderlo, lo copio aquí, como una inscripción.
...
"(...)No podría haber combate decisivo: en ese combate no hay decisión, ni siquiera hay combate, sino sólo la espera, la cercanía, la sospecha, las vicisitudes de una amenaza cada vez más amenazante, pero infinita, indecisa, contenida totalmente en su misma indecisión. Lo que la bestia presiente en la lejanía, esa cosa monstruosa que va a su encuentro eternamente, es ella misma, y si alguna vez pudiese encontrarse en su presencia, encontraría su propia ausencia; es ella misma pero convertida en la otra, a la que no reconocería ni encontraría. La otra noche es siempre la otra, y aquel que la oye se convierte en el otro, al acercarse a ella se aleja de sí, ya no es quien es acerca sino quien se aparta, quien va de aquí para allá. Aquel que entró en la primera noche intenta intrépidamente ir hacia su intimidad más profunda, hacia lo esencial; en un momento dado oye a la otra noche, se oye a sí mismo, y el eco eternamente repetido de su propia marcha, marcha hacia el silencio, pero el eco lo devuelve, como la inmesidad susurrante, hacía el vacío, y el vacío es ahora una presencia que viene a su encuentro."
...
Se trata de uno de esos momentos en que detesto que Blanchot se me haya adelantado. El capítulo es "La trampa de la noche" en el tomo "Inspiración", de El Espacio Literario.
*
Lo que me sigo preguntando es si ese personaje debía morir. No lo sé. Vacilo. Muchos personajes mueren. E cuento e una máquina que debe cerrar. La muerte del personaje principal le da cierta redondez. Lo incesante, lo que sigue pertenece a la novela. Acaso por eso la novela pueda hacese cargo mucho mejor de la vida que un cuento. Esto nunca empieza a ser una virtud de la novela, y consagra al cuento como un género superior. Por eso no sé si debía morir. El drama de la otredad no concluye, e incluso la muerte es una ilusión ofrecida para apaciguar su malestar. La muerte es una solución. Toda mi literatura ha descreído siempre de las soluciones. Las cosas no se resuelven: la muerte de un personaje es una evasión: la fuga de la trama, no su conclusión. Como a Sherlock, tal vez haya que revivirlo.
*
También recordé un fragmento de un cuento de Borges (mis noches son muy largas; adivino, por el murmullo del techo metálico del patio, que llueve afuera, en el invierno de afuera; ¿qué otra cosa podría hacer?). En "La casa de Asterión", el minotauro (que es casi la conciencia de un cachorro abandonado) deambula tristísimo por las galerías del laberinto, y dice:
...
"Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar por el suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto lo ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cóm el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente lo dos."
...
Vislumbro que el caso de Asterión es el perfecto reverso. El, sabiendose solo, juega a que hay alguien que lo visita y lo acompaña. Porque lo imagina le es lícito el conocimiento de su imaginería. Sabe del artificio que compone, y lo disfruta dentro de los límites del juego. En cambio, en el otro, al sospechar sin nunca encontrar, se abre la eterna suspensión de la vida en la ilusión de una otredad que no se confirma. En esa dilatación empieza la promesa de realidad, y se sufre a cada paso la ambiguedad del juego en la contínua postergación de sus fronteras, que se extienden cada vez que uno (que el) pensaba que podía palparlas.
///

22.8.07

zapping


1- Perú. Un terremoto sepulta la ciudad de Pisco. En Chicha, cerca de allí, lo muros de una cárcel se derrumban. Más de 800 presos escapan. Los diarios titulan: "fugados". Pero al otro día, la mayoría regresa. Dicen que afuera la realidad era tan espantosa que preferían quedarse allí. Uno dice: no nos fugamos, corrimos por nuestras vidas; y ahora, regresamos.
.

2- Desocupados, los obreros residuales del capitalismo reclaman las cadenas laborales que un día los ataban. "Sí, nos explotaban. Pero era mejor que esto".
.

3- Es un pibe. 17 años. Asesina a dos adolescentes. Lo agarran; va preso. Le dan arresto domiciliario, pero pide ir a la cárcel. Dice: "en casa me aburro".
.
.


Es una plegaria que llevo tiempo escuchando. Por favor, arránquenme mi libertad. En ella ardo, aturdido, extraviado, entregado a lo real como en un lentísimo altar de sacrificio.

18.8.07

mientras El Otro

escribir



Epocas de torpeza (los efluvios de lejana epifanías se atascan en la afonía de la garganta de mi pluma / lenguaje / escritura /whateveretcjustamente)


Ya no puedo escribir un cuento: lo que hago es organizar la manera en que un cuento se ha malogrado: hilvano los pasos sueltos arrojados dispersamente en la senda por donde el cuento se extravió.

apuntes sobre El Otro

Sí; la soledad está llena de cosas: como el desierto está poblado de espejimos.
Madura del silencio una voz sudada de mil imágenes seca. Como la promesa de una lejana sirena que el náufrago sueña en la monotonía de su destino, la rutina del oleaje.
La seducción que ejerce cada una, es análoga.

14.8.07

dos tímidos pasos hacia la escritura

nota rápida en un cuadernito dejado al costado de la mesa de luz


Angostas las paredes de la caverna de este invierno mientras me raspo las uñas congeladas contra las rocas con el sueño, ya un poco cansado, de la tibieza de una siesta en la primavera, que se deja soñar - levemente - como una promesa fútil, cuando cae la tarde, acurrucado en un ángulo del sofá desde donde el cielo, por la ventana, no se ve. / Omito, en el texto, las penas que vinieron con el frío. Que sea el texto el espacio donde puedo respirar, el paréntesis en el devenir de los calendarios que reúnen el lado de afuera de mi vida que, a estas alturas del tiempo perdido, ya es toda mi vida, (y por ella, desde luego, merezco la sentencia más severa: seguir: seguir con este texto; seguir con mi vida: da lo mismo y es, al mismo tiempo, el reverso). /

...


¿Tengo algo para decir? No lo sé. Probablemente no. No me compete saberlo. No se escribe nunca porque se tiene algo para decir. Sería tan sencillo (tan burdo, tan pedestre: tan ejecutivo). Si uno tiene algo para decir, lo dice. Y se acabó: queda ahí: dicho. Manda un correo con su mensaje para la humanidad, o para quien sea, siempre tan lejano, tan inasequible como la humanidad. El principio de la escritura es la incertidumbre, el miedo, el ansia, el querer decir algo y no saber qué ni saber cómo. Aunque es cierto: es posible que se sepa antes el cómo que el qué. No sé. Retorcer el lenguaje hasta que de él se escurra algo, cualquier cosa nuestra que pueda ser dicha.

La ilusión de que algo pueda valer la pena.
...


¿Adonde va este texto? Pienso: ¿acaso puede hacerse una pregunta más tonta que esa? No sé dónde va mi vida y tengo que saber dónde va este texto… Si al menos fuese ficción… Si fuese ficción sabría a dónde va el texto precisamente porque no sé hacia donde va mi vida.
...

Miro por la ventana. No da a ninguna parte. Al patio de un vecino. ¿Qué veo? Nada. La noche. ¿Qué hay para ver cuando es de noche si no la noche? Qué me importan a mí los matices. Son torpes variaciones de la noche platónica que llevo dentro del pecho, y que solo encuentro en el trazo de Van Gogh. Ah, Vincent... cualquier árbol puede ser un incendio arrebatado en el viento que imagina una mirada herida.
...


(Extraño las cosas que tengo desde la perpetua previsión de su irremisible pérdida.)


(Quiero perder las cosas que tengo para que algo me obligue - puesto que yo no puedo - a ser yo, sin anestesias ni condescendencias)
...

Y tengo sueño. Los párpados se me derrumban. El imperio de la vigilia es tan endeble como eso.

Pero la cama no me sirve. ¿Escribir me sirve? Tampoco. Pero estoy cansado de dar vueltas sobre la cama. Entonces: doy vueltas sobre el teclado, sobre el lenguaje, sobre mi ánimo, mi pasado, mis terrores.


Después de todo la invisibilidad es una cuestión de paciencia.


Y la imaginación es el caudal del miedo.

12.8.07

Me preguntan qué quiero decir con que la soledad está llena de cosas.

Respondo: la soledad está llena de cosas como el desierto está lleno de espejismos

9.8.07

/ * /

Ok: Infimos Urbanos está estancado. Acaso en unos días se reanimen las venas espesas por donde cansadamente solo fluye este silencio. ¿Es que todavía queda algo por decir? No es el punto. Es solo cuestión de cambiar esta parálisis por las muletas de la literatura (o, por lo menos, del discurso). Si vamos a algún lado o no, poco importa. Al menos podré rumiar por la habitación, girar con el tiempo. Y entre tanto, nada.



Pero hay otros lugares. Un pequeño blog de haiku (Las aguas etéreas) donde hay cosas como ésta:




luna abierta.
un perro llora en la ciudad:
es la ciudad.


o como ésta:


todo delira
impunemente. Kafka
nos está soñando.




o bien la la galería de fotos (Anatomía de los pasos solo); donde hay cosas como ésta.





///


Se están efectuando las curaciones pertinentes para que todo lo que murmura en la desidia de mi tristeza termine en el papel, en lugar de afasia, acedia e insomnio.

31.7.07


este invierno

24.7.07

"...y mañana el destierro es la orilla tuya que me das ya sin ti"


one night stand



Infinita pena por esa mujer que pasó una noche en casa. Noche perfecta, que yo creí llena de intimidad pero en realidad lo que había pasado era que ella y yo nos dijimos las cosas con el susurro de la intimidad (su ánfora, nunca su jugo), en la semi penumbra de una habitación iluminada por la estática de un canal de tv cuando la película que vimos hacía horas había(...).

(..)en el sofá, entrelazados, confundí las fronteras: creí que podía haber magia cuando lo que pasaba ocurría lejos de la vigilia, ambos narcotizados por algo que tiene que ver con la noche, con la cercanía de los cuerpos, la desesperación de la soledad y la inmarcesible(...) creí que empezaba algo cuando estaba acabando. Vislumbré un principio cuando sobrevenía el final: ese el fundamento de la desilusión. Ella era tan dulce, tan salvaje: una enajenada walkiria urbana. Me acuerdo de su piel blanca y de su sentido del humor. ¿Puede ir bien algo que sucede tan rápido? ¿Puede seguir hacia alguna parte algo que comienza en el umbral de la perfección?

(…)Insegura, cada tanto me preguntaba ¿querés que me vaya? Y yo me preguntaba si realmente era posible que no se diese cuenta del poder que tenía.

(...) habíamos visto dos películas (una de Scorcese, que teníamos que ver por predisposiciones académicas, y El Labertinto del Fauno, porque la convencí), habíamos cenado, habíamos jugado con palabras y con manos, nos habíamos reído con fuerza; y lo único que habíamos hecho era jugar el silencioso juego de la seducción. Le leí un poema de Pessoa; ella me leyó uno de Bukowski. Le hice un capuchino y me dijo que estaba aguado. Discutimos sobre arte: ella me decía que en todo film hay un narrador. Yo le decía que no necesariamente; que lo que sí había era narración: no importa quien habla: hay habla, y punto. No nos pusimos de acuerdo. Su pierna fue a descansar sobre la mía. Le dije que podía quedarse, le ofrecí la otra habitación y ella dijo que le daba miedo. Le dije que podía dormir en mi cama; yo dormiría en el sofá. Me dijo que se sentiría mal si me despojaba de mi cama. Le di mi palabra de boy scout de que no la tocaría: en verdad no quería tocarla: era demasiado preciosa: quería demorar el arribo a su belleza, quería habitar semanas el suspenso de su cuerpo abierto, la tibieza prefigurada de sus labios. Bailamos algunos blues: sus movimientos eran tan gráciles que no sentí mi torpeza. Ella estaba despeinada, y se vestía de manera tal que su cuerpo quedase disimulado por las ropas. Se parecía un poco a Julie Delpy, pero cuando era joven, en algún film de Godard. Antes de entrar en la cama, hablábamos uno en los brazos del otro, con excusas tontas nos tocábamos partes neutrales de cuerpo, sin erotismo ni seducción: solamente el candor de la urgencia del otro; contactos para los que podía argumentarse la coartada de la sociabilidad inocente. Me dijo que yo era lindo. Le dije que no. Insistió un poco (así de buena era), pero tuvo que desistir. Apagamos las luces, nos cubrimos con las sábanas. Hablamos de filosofía. En la mitad de la palabra Heidegger se encontraron nuestras bocas. Me pasó algo muy raro: no supe (y hasta el día de hoy no sé) quién besó a quién. ¿Acaso es posible la simetría de las voluntades hallando cada una en la otra el estímulo que padecía? ¿O simplemente chocamos, en el accidente de la cercanía y la oscuridad, y cada uno creyó que era besado por el otro y respondió con un beso? No lo sé. Es un detalle poético. Solo de las cosas que no sé puedo hacer detalles poéticos. De esa noche queda eso: algunos detalles poéticos y una rara nostalgia: no siento el ansia de regresar a esa noche, pero sí el dolor de su evanescencia. De los placeres en los que me hundí, nunca uno huyó de mí tan delicadamente.

(...) dediqué la eternidad a recorrer ese cuerpo con la lentitud de mis yemas famélicas. Ella, como un instrumento dócil, vibró notas excelsas. Aprendí esa noche músicas que nunca más sonaron bien.

(...) después de todo, nos quedamos hablando. Horas. Prendidos a la oscuridad queríamos demorar ese momento (algo ya hacía presentir que el alba nos distanciaría). Sin embargo las cosas que dijimos no podían hacerme prever su desaparición (solamente acaso la proximidad del ideal: ante el fulgor de la belleza absoluta, conviene desconfiar: son las formas de la parodia, de la ironía: ¡ah, quien pudiese habitar la ironía del universo sin darse cuenta!) No sé quién de los dos fue el primero en quedar dormido. Entre las intermitencias del sueño, sentí mi mano dormida deslizarse por el níveo cuerpo de una ninfa.

(...) no sé si soñé; si soñé algo, lo perdí.

(...) la luz entraba por la puerta entreabierta. Esto fue lo primero que vi. Después a ella, parada a un costado de la cama, vistiéndose. Fue la última vez que la vi desnuda. Me vio que la miraba, y me dijo “quedáte un poco más”; y yo me quedé: ¿para qué desterrarme de esa somnolencia que era como la música de un epitafio, para qué entrar en la pérdida?
(...) el desayuno. Cuando llegué a la cocina, iba por la mitad y leía. Cosas de la facultad. De ahí en más, ya estábamos distantes. Nos comportábamos como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos dicho nada, como si no supiéramos nada del rostro del goce del otro, como si recién nos encontráramos, extraños todavía. Fue triste. Fue un velorio.
(...) dos horas después estábamos en la calle. No pude recordar cuando había sido la última vez que la había tocado. Tomamos el mismo colectivo: compartiríamos un rato más la dirección, pero íbamos a lugares diferentes. Era la grosera metáfora de todo. El viaje fue silencioso. No dijimos nada, y cuando hablábamos era para mantener las formas. Pensé: nadie en este colectivo, ninguna de estas personas imaginaría el tipo de cercanía que pacificó nuestros cuerpos, que concilió mi silencio con el suyo hacía unas horas. No quedaba nada. Ella se bajó, y yo seguí. Eso también era una metáfora. Lo último que me preguntó fue si le había dejado alguna marca en el cuello. Desde la calle levantó su mano, la movió en el aire. Yo la saludé desde el colectivo en movimiento No la vi nunca más. Esta noche la recuerdo. Y recuerdo todas esas cosas que dijimos que ibamos a hacer juntos. ¿Mentíamos? No sé; no creo. Adiós, A. Adiós.

(...) lloraría por ella conmigo, si tuviese con qué.

21.7.07

polaroid

Pasó caminar por las calles laterales del centro cuando atardecía después de haber sido abducido por millares de trámites. Y ver todos esos bares, diminutos, 7 por cuadra, tan tentadores, todos tan distintos entre sí, algunos con un tinte decadente, otros antiguos, otros supermodernos con todos de plástico. Deseo sensual de pasar muchas tardes esta tarde en cada uno de ellos, imaginar lo bella que sería la calle horrible por la que paso desde esa mesa que da a la ventana, soñar también con un viaje a esos bares, dedicar meticulosamente las horas a pasar por ellos, a tomar un café o un submarino, y simplemente quedarme allí, leyendo un diario, o viendo las cosas pasar sin más pretensión que su melancólica evanescencia. Y sentir, por primera vez en todo este mes de pérdidas e irreversibilidad, ganas de escribir. No llegar a hacerlo porque me esperaba una mujer en la entrada de un subte y yo estaba llegando tarde, y porque desandar el camino hasta el bolsillo donde guardo la lapicera me pareció fatídico.

19.7.07

.....

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9.7.07

migas en el fondo del bolsillo

dos cosas, primero esta:
"(...)Según dicen, durante aquellos años Holderlin casi no salía, y en las raras ocasiones en que abandonaba su habitación, era solo para dar paseos sin rumbo por el campo, llenarse los bolsillos de piedras y recoger flores, que luego haría pedazos."
o,
también, aunque no necerariamente como algo opuesto:
"(...) ¿no es siempre velarse a uno mismo? Atado a la espera deambulo por el corredor de la funeraria. En la habitación principal me velan a mí: quiero ir, quiero entrar, verme. Pero un funcionario está parado frente a la puerta. Me dice que todavía no, que hay que esperar. Y yo espero. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Con esa espera cometo mi vida."

6.7.07

cogito ergo mortuus



*

tal vez la mano

sigue trazando frases

como siguen creciendo

las uñas, el pelo

de un muerto

*

4.7.07

yerma

"

Si me encontrara deshecho por la desgracia, destruido, impotente, en la última miseria física o mental, o las dos juntas, por ejemplo aislado y condenado en la alta montaña, hundido en la nieve, en avanzado estado de congelamiento, tras una caída de cientos de metros rebotando en filos de hielos y rocas, con las dos piernas arrancadas, o las costillas aplastadas y rotas y todas sus puntas perforándome los pulmones; o en el fondo de una zanja o en un callejón, después de un tiroteo, desangrándome en un siniestro amanecer que para mí será el último; o en un pabellón para desahuciados en un hospital, perdiendo hora a hora mis últimas funciones en medio de atroces dolores, o abandonado a los avatares de la mendicidad y el alcoholismo en las calles o con la gangrena subiéndome por una pierna; o en el proceso espantoso de un espasmo de la glotis; o directamente loco, haciendo mis necesidades dentro de la camisa de fuerza, imbécil, oprobioso, perdido... lo más probable sería que, aun teniendo una lapicera y un cuaderno a mano, no escribiera. Nada, ni una línea, ni una palabra. No escribiría, definitivamente. Pero no por no poder hacerlo, no por las circunstancias, sino por el mismo motivo por el que no escribo ahora: porque no tengo ganas, porque estoy cansado, aburrido, harto; porque no veo de qué podría servir.
"
Aira,
prefacio al Diario de la hepatitis

1.7.07

(...)

..
..
..
...
.
..
...
.
...
( a silent melancholical break )
...
...
...
...
...
...
.
..
.
...
..
..
.

22.6.07

infidencias

Nadie leerá lo que aquí escribo; nadie vendrá a ayudarme; si se hubieran impuesto la tarea de ayudarme, permanecerían cerradas todas las puertas de todas las casas, todas las ventanas estarían cerradas, todos estarían en cama cubriéndose la cabeza con la manta, toda la tierra se tornaría en un albergue nocturno. Esto tiene un sentido, pues nadie sabría de mí y si supiera algo, no sabría mi paradero, y si supiera mi paradero, no sabría cómo detenerme, y si supiera cómo detenerme, no sabría cómo ayudarme. El pensamiento de querer ayudarme es una enfermedad que debe curarse en la cama.


draft sobre El cazador Gracchus
Kafka
::::

portrait of Kafka; de Cuevas

18.6.07

oh, un cuento (largo largo)

( 3er draft )
el otro


A fuerza de ser pensados y repensados,
los males imaginarios acaban por ser
verdaderos. Es como descubrir fantasmas
y rostros en las manchas de humedad.
Jonathan Swift


Elsinore, el real; Hamlet, el imaginario.
Plano y contraplano.
Imaginario: certidumbre.
Real: incertidumbre.
Notre musique;
Jean –Luc Godard


:::
Si un hombre es dos hombres,
el verdadero,
es el otro
;


prefacio
La soledad está llena de cosas. Habitar la soledad es persistir en un mundo misterioso, donde la quietud de la rutina es apenas una serena apariencia. Los peligros ocultos son numerosos e intratables, y el último y más oscuro de ellos implica la convivencia con la posibilidad de que detrás de la última mascarada no haya nadie, ni nada. La soledad está llena de cosas: sobre todo está llena de sí misma. La soledad es un teatro imprevisible donde se mueven sombras evocadas desde las más recónditas profundidades de la conciencia. La locura, si es sincera, solo puede crecer sobre el lento escenario de la soledad: sólo allí podrá ejercer sus formas sin fronteras ni cohibiciones; sólo allí puede labrarse con delicadeza. No sé si esta historia se inscribe en las directrices que insinúo. En todo caso, sé que es una historia solitaria, y que sirvió a mi soledad: surgió de ella, sólo en ella pudo construirse, y de ella la desprendo ahora, para perderla.
Es una historia que pude contar a condición de hacerlo en dilatados fragmentos. Esas elipsis obedecen a la intermitencia de mi propia soledad.

*

Cuando murió su madre, él no vendió la casa. A pesar de que era muy grande, y tenía demasiadas habitaciones para una sola persona, siguió viviendo allí.

*

Habían sido ellos dos durante mucho tiempo. Desde la primera infancia se había acostumbrado a volver a esa casa solitaria, de anchos pasillos y numerosas sinuosidades; generosa en tinieblas que aligeraban la desmesura de sus dimensiones. Su padre se había marchado hacía años. No podía precisar cuando: la casa era grande y no era necesario encontrarse con los otros habitantes: tardó más de un mes en percatarse de la ausencia de su padre. Su madre no quiso hablar del tema, él tampoco preguntó demasiado. Casi daba lo mismo; además, cabía la posibilidad de que su padre se hubiese mudado a una de las habitaciones septentrionales de la casa (él no lo buscó) o que vagase por los pasillos cargando el azaroso estigma del desencuentro.

*
early mithology
Recordó una historia familiar, que los mayores contaban a los niños para que, entusiasmados por el fragor del juego, no fuesen demasiado lejos. Aparentemente un niño, hijo de la tía de la madre de su padre, jugaba con otros a la escondida. Los rituales del juego se cumplen a la perfección (con algún previsible desmán infantil). Luego, la historia se bifurca. El niño no aparece. No se sabe si el niño se esconde tan bien (tan lejos) que nadie lo puede encontrar. Los demás chicos convocan a los padres, que buscan en vano y más tarde llaman a la policía. Nunca lo encuentran. Años más tarde, alguien (¿una tía?¿un cuñado?) abre la puerta de un placard recóndito o se agacha debajo de una cama (en todo caso, buscando otra cosa) y encuentra el cuerpo muerto del niño escondido. La ostensible moraleja: para que le juego de las escondidas funcione, no hay que jugarlo demasiado bien (o delimitar su territorio ficticio con severidad).
La otra versión padece una mínima variación: los niños se aburren y dejan de buscar: sólo que a este niño no le avisan, no se entera y permanece escondido. Se dan cuenta, horas después de que no está, y lo buscan pero el niño no sale de su escondite, considerando que se trata de una artimaña (o quien sabe, tal vez se ha extraviado en su esfuerzo por lograr un escondite impenetrable). El final es el mismo.
En ambos casos, la monstruosidad de las dimensiones de la casa quedan comprobadas; y acaba siendo un útil instrumento preventivo (el horror, como dispositivo de prevención).

*

Con el tiempo, la relación con su madre se cargó de una hostilidad amarga, que velaba secretos resentimientos e inexorables desencuentros en la asignación de culpabilidades; discutían las menos de las veces: el aire, en cambio, se atiborraba de una densa opacidad que volvía al silencio una carga desagradable. Le parecía que todo el espacio vacío se cubría de telaraña: solo caminar por la casa se tornaba una dificultosa aventura. De repente, ya no recordaba cómo moverse: toda su vida se hallaba entorpecida. Se cansó de que a cada bostezo se le llenara la boca de esa pasta musgosa, de que en sus pestañas se enredase todo el tiempo esa rancia sustancia. Optó por dejar se cruzársela por la casa. Vivieron juntos todavía 7 años, distantes el uno del otro. El sabía, los horarios de su madre; era sencillo evitarse. Fue el olor, un pestilente aroma que abrumaba esa clara mañana de septiembre, el que le desvió de sus rutinas y lo encaminó al cuerpo de su madre. El forense dijo que llevaba muerta dos semanas.

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De ahí en más, vivió solo. Tres días, un amigo de la infancia que vivía en otro continente y pasaba por Buenos Aires, se quedó en su casa. Algunas semanas desdibujadas en el tiempo una señorita durmió en la habitación contigua. Casi parecía que hubiesen podido quererse, pero se trataba, como siempre, de una confusión.

*

No explayó su vida por la casa. Eran muchas las habitaciones y él no tenía tanta existencia con qué llenarlas (su paso por las cosas era leve: le gustaba dar la idea de que no estaba ahí). Se limitó a su habitación, la biblioteca, la cocina, el baño y, en ocasiones muy particulares, la terraza. Contadas veces bajó al sótano, por motivos de necesidad excluyente. El resto de la casa era un secreto paisaje que presentía cuando caminaba por los largos pasillos. No le hacía falta abrir las puertas: ¿qué querría confirmar?¿que todo seguía allí?¿qué el tiempo había desmoronado las cosas? No; las puertas cerradas le hacían más sencillo soñar. (A veces, paseando se detenía, posaba la palma de su mano abierta sobre la madera de una puerta, y sentía bullir la previsión de imágenes que podía haber detrás, o que hubo alguna vez, o que sería absurdo, precioso, imposible que hubiese; soñaba)

*

Salía muy poco (afuera, rodeado de los demás, se sentía solo). Al mercado de enfrente, a tirar la basura por las noches, a dejar comida junto a un árbol para los gatos inexistentes que él creía escuchar desde su balcón. Una pensión le permitía no necesitar del mundo. El dinero compraba la distancia. No sintió, una sola vez, el ansia de desandar sus comodidades hasta adentrarse en las diversas calles de la ciudad. Los presagios de la tv lo llenaban de espanto y las pocas veces que contemplaba las cosas moverse detrás de su ventana sentía un profundo desaliento por la inercia neutral con que los episodios del mundo devenían en nada, vulgar simetría de idénticas futilidades.

*
la caras de la moneda
Leía, tocaba el piano. Se daba grandes banquetes a sí mismo. Caminaba, vestido cada día con un prolijo traje distinto, los pasillos de la casa. Escuchaba discos de vinilo. Veía películas y a veces, tv. Dormía siestas. Limpiaba. Hablaba en voz alta consigo mismo, o daba conferencias frente a los espejos. Y nunca atendía el teléfono. Su soledad estaba llena de cosas. Eran hábitos con los que ocupaba su tiempo, maneras de habitar el curso de los días. Cada una constituía una delicada rutina solitaria.

He omitido acaso la más peculiar de ellas: el otro.

Se trataba de una sensación añeja, que había atravesado diversos estados antes de cristalizarse en esta entidad, vaga forma que se movía entre sus cosas sabidas....
Alguien había aprendido a vivir en los 180 grados que su vista humana no abarcaba: alguien vivía en esa enorme casa con él y parecía tener allí, en esos 180 grados, suficiente espacio para existir con comodidad.

*
niñez, miedo original
Desde la niñez sintió esa presencia, ese contacto con la otredad. El miedo fue la reacción original, lo paralizaba. A esa edad un niño es proclive a aceptar las ficciones como cosas que ocurren en lo real, es así que el miedo multiplica sus figuras, implicándose en la máscara de innumeras imágenes.

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El miedo existe, y existirá siempre. Pero un niño, que tiene poco contacto con los límites de la realidad y una potencia imaginatoria temible (con la que expande esos límites hasta lo fantástico) hace encarnar su miedo por variadísimas y disímiles representaciones que toma prestadas de improbables mitologías y excéntricas y poco sostenibles fábulas.

*

Fue así que adjudicó los ruidos que escuchaba a duendes, espectros, y demás manifestaciones de lo muerto. Sus padres no le hacían caso: decían que eran cosas de niños.

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juventud, sumisión a la dictadura de lo real
Para la adolescencia, él estuvo de acuerdo con el veredicto de sus padres. Si escuchaba algún ruido fuera de lugar, de cosa que se movía o pasos por el pasillo, se lo adjudicaba a alguno de sus padres. Si no encontraba algo que donde lo había dejado, no tenía dificultad en aceptar la coartada de la distracción. Fueron contadas las veces que tuvo miedo: alguna rara noche en que sabía que sus padres habían salido y aun escuchaba algún ruido. Hubo veces en las que se tranquilizaba diciéndose que seguramente habría escuchado mal, y atribuía esos desperfectos de lo real a una confusión de sus sentidos excitados. Otras veces, lo ruidos eran tan claros y su reiteración tan insistente que una presencia que los perpetrara se le hacía una evidencia inevitable. Su imaginario le permitía ahora implicar su temor a las fáciles imágenes de ladrones y asesinos y pasaba la noche en vela con un palo en la mano, atento para defenderse de la cercanía de lo otro.

*

La ausencia del padre lo vuelve más frágil. No sólo porque se ve amputado de una figura que ejerza la autoridad, sino porque pierde buena parte de las coartadas para los ruidos, los extraños movimientos de la casa, el otro. De su madre conocía la regularidad de sus desplazamientos, y sus modos y frecuencias, y sabía que pasaba casi todo el día en su habitación, absorta en el tejido, la televisión y el sueño.

*
Kubla Khan
Toma una primera determinación. Comprende que el afuera constituye una amenaza: blinda las puertas, las llena de cerraduras, coloca alarmas, rejas y compra un revólver. Hace de su hogar una fortaleza impenetrable, y es así que deja de frecuentar la calle y la ciudad: atravesar las decenas de cerraduras, coordinar las alarmas, abrir y cerrar las pesadas rejas es algo arduo y trabajoso, que conlleva numerosos preparativos y esfuerzos. Xanadu, se dice para sí, y no le cuesta demasiado privarse de los episodios de la realidad que fluyen afuera. Siente que tiene dentro todo lo que precisa para atravesar la espera.

*

Años más tarde, comprendería que el vigor empleado en la manutención de esas seguridades habían sido tan superfluos como cándidos. Quién, después de todo, daría el paso que lo adentrara en la frágil frontera entre esto y lo otro. Quién, al final de cuentas, se entrometería en un letánico espacio donde lo imaginario había hecho crecer formas entre lo real, sin resbalar estrepitosamente, sin romperse la nuca contra el suelo antes de atinar los primeros escalones de la huida.

*

La alarma duró poco. Sonaba cinco veces al día sin que pudiese nunca determinarse el más leve indicio de su motivación. Con el tiempo, vivir en estado de emergencia era la norma, y no prevenía de nada.

*

Pensó que tal vez el otro era un producto de su soledad, una manera complementaria de sí mismo hecho con el silencio que manaba de sus postergaciones. También pensó: tal vez el otro sea un producto de la necesidad de mi soledad, una ilusión de mi soledad.

*

O tal vez era la sombra de sus rutinas, desfasada en el tiempo. Repeticiones, eco.

*

Con la muerte de la madre, el otro se toma más libertades. Saca libros de la biblioteca y ya no los vuelve a colocar, deja puertas abiertas, cambia cosas de lugar, pasa al trote en mitad de la noche, hace llamadas de larga distancia.

*

Había veces en que podía sentir que el otro no estaba. La casa estaba serena, todas las cosas dormían el sueño inanimado de la quietud, sumidas en el silencio que mana de la ausencia. No había pasos en los pasillos, ni ventanas que se abrían, y encontraba todo en el lugar donde lo había dejado. Se recostaba en el sofá y mirando el techo se preguntaba por el otro. Dónde se habrá ido, qué estaría haciendo. ¿Caminará calles en vano o habrá huido tras una amante; jugará al bingo, se habrá alistado al ejército, degustará un durazno en un banco de plaza que dé al sol o al río, hará pilates, provocará incendios? Etc: eran días solitarios (sentía que su vida se diluía, enmarcada en ningún lado, se sentía borrado por el inmediato presente que sobrevenía cada instante; era como hacer morisquetas en la oscuridad).

*
una tarde, meditabundo en el sillón rojo
(y un interludio)
1
Se pregunta: ¿por qué tolero al otro? Se responde: porque no tengo remedio. Esa es su primera respuesta, la siente demasiado reactiva. Empuja un poco su cara sobre sí mismo, y duda. Piensa que su tolerancia no ofrece resistencias ni se dispensa en ningún tipo de práctica vinculada a la queja, el desdén, el pataleo. Descubre que hay algo en el otro que imprime un cierto sentido a su existencia. No cree contar con la mirada del otro, pero de alguna manera, la vislumbrada garantía del otro funciona como la duplicación de su vida, el ingreso en la relevancia desde el momento en que un testigo puede dar cuenta de la vicisitudes de su vida: volverse relato, trocar su pasaje por el acontecimiento. El otro no lo hará, no dirá nada: pero podría (tal vez).

2
Como el perseguido que desconoce el motivo de su seguimiento, después del miedo que le inflige la cercanía de su perseguidor siente la excitación de sí mismo, el progresivo convencimiento de que algo valioso habrá en él como para que se monte esa operación de espionaje alrededor de su vida: quizá eventualmente logre merecer a su perseguidor. No es el caso (su vinculo con el otro prescindía de toda paranoia), pero la prefiguración del otro le impide ejercer sin culpa la banalidad, y reconoce que las rutinas de su vida tienen algo de performance. No se siente impostado, ni afectado: siente que el otro ha dispuesto sobre él la idea de un spotlight que lo obliga a vivir su vida privándose de la indignidad: como si nunca dejase de ser fotografiado y como, para merecer la fotografía no puede pasarse toda la vida en pose, ha tenido que aprender que sus todos sus movimientos sean elegantes, y su andar, siempre grácil.

3
Puesto que tal vez es percibido, ha de lograr lo mejor de sí. Se dice: acaso he aprendido piano por el otro. Observa en su conciencia del otro una medida. Se dice: para obtener una certera conciencia de sí (de nuestros dotes, de nuestras capacidades, talentos, deseos, miedos, etc) es imprescindible mirarnos como si fuésemos otro. Se dice: sólo así no recurriremos a la liviana indulgencia de la absolución y la complacencia (tan cerca todo esto de la abulia). Se dice: el problema de los otros, de los demás, es que son tan falibles como yo; apenas si nos proveen la potencia de su mirada como algo justo a condición de que nos prevengamos de toda cercanía. Se dice: si en el circuito de la sociabilidad rompemos el pacto del roce y vulneramos la lejanía, la mirada del otro (humanizada, y por tanto lastimosa, vulgar, inculta, etc) se corrompe y o bien ya no nos sirve, o jugamos el juego kafkiano de declararnos todos culpables y por tanto, nos perdamos todos. Se dice: en cambio, mi otro es de una abstracción insondable; me impone un esfuerzo sublime para estar a la altura de su mirada ausente. Se dice: comprendo al otro como un maestro del silencio y la desaparición, y llego a presentir su comportamiento como una enseñanza. Se dice, en un tono más severo y declamatorio: sólo el otro sabe que no vas a ninguna parte, sólo el otro sabe que tu vida es insensata. Más que una religión, el otro se vuelve la energía avasalladora de una Conciencia.

4
La impresión de la presencia del otro, a su manera, lo transfiguraba (¿de banal en trascendente?¿de trascendente en trivial? no lo sabía), lo obligaba a existir. El otro era un dador de significado. (No como él, que era un recipiente. Un excitado niño sin nombre ansioso de que alguien lo nomine, como un paria, un extranjero, un outsider desea encajar en el mundo mediante el ejercicio de farsas como el amor o el dinero).
5
Ocurre esta contraveniencia con el deseo: el deseo de él (el deseo del otro) se multiplica hasta el vértigo en la marca de la ausencia de todo deseo por parte del otro, que produce su invisibilidad como coartada de su existencia. Propenso como es el otro a la ausencia (obre todo, a la ausencia de manifestar deseo), evoca en él un estado similar al del delirio: él queda rendido, seducido por la falta de deseo del otro, y es forzado y movido, provocado y anulado, exaltado y decepcionado por la potencia que el otro es al haber rehuido una encarnación cognoscible. ¿Digo con esto que el otro es una potencia, una energía, una fuerza? No: yo no digo nada. Yo cuento un cuento. En todo caso, si me fuerzan, habré de decir que él es artífice del poder de la ausencia que el otro detenta mediante el eterno suspenso de sí mismo (a él le sirve la presencia de la ausencia del otro – la presencia que se desaparece a sí misma, la intermitencia de una aparición fractal – para especular, para soñar: melodrama junto al cual pasan las horas, dócilmente) (¿digo con esto que el otro es histérico? no lo sé: la histeria de otro bien puede padecerse sin que nadie la ejerza – lo mismo que viceversa) (¿digo con esto que la situación es dramática?: no, para nada: es – con sus cristalizados desmanes, con sus ya monótonas intensidades - cotidiana.)

6
Preguntarse, por ejemplo: ¿es todo este ampuloso soliloquio un producto del deseo de él, o es un fruto cansino de la obediencia a la seducción del otro?

7
El otro le ofrece un extraño espejo en el que al fin está liberado de su ser, de su libertad, de su imagen, de su semejanza; todas la cosas que, en el secreto de sí mismo, le pesan.
¿No es el otro el remedio a la afasia?

8
Pero esto son sólo palabras. Le gustaba palabrear cuando caía la tarde, en el sillón rojo del living. Hasta qué punto creía estas cosas, no es fácil estimar: decía muchas cosas (acunaba una pasión fugaz por la literatura: no escribía, porque escribir le parecía trabajar con el cadáver de la palabra, y sentía que tenía demasiado de autopsia; en cambio, le fascinaba como refulguraba el aire del ambiente antes de desvanecerse el sonido de su enunciación: decía para que lo que decía muriese, como toda cosa viva).

9
Esto son solo palabras: yo también tengo un sillón rojo, y malverso el tiempo acuñando impulsos furtivos de intratables literaturas fantásticas.

*
180
Dilapidado todo candor, abolida toda fe, en la última de la instancias, podría decirse, al menos, que el otro era una práctica. Y si él lo percibía era precisamente por esto: la existencia del otro se limitada a los 180 grados que él no podía captar, sus maneras eran leves, y todo su ser estaba constituido por una sutileza que lindaba con la nada (si es que no era, de hecho, la nada misma): él lo volvía perceptible mediante el arduo trabajo de la soledad y el silencio, enmarcado en las frías rutinas de una casa inmensa pero fundada en la quietud; indómita, pero estable. Era volviendo la realidad una escena de un crimen que el podía, ocasionalmente, dar con alguna pista, un breve indicio, algo que sostuviese la idea del otro.

*
Había sido una mala noche. Dar vueltas en la cama, despertar violentamente del principio de la somnolencia, transpirar, aprenderse las formas del techo en la oscuridad. Dolor de muelas. Fiebre. Finalmente se durmió; una siesta tranquila. Despertó una vez, con la boca reseca, los labios áridos. Deseó - con una parte remota de su limitada lucidez - tener un vaso de agua cerca (tal vez justo en la mesa de luz) pero no se sentía con fuerzas como para salir de la cama e ir a buscarlo (la casa era grande: ir tras un vaso de agua era una pequeña odisea). Prefirió aprovechar el sopor del sueño, giró sobre su lado izquierdo y durmió. Horas más tarde volvió a la vigilia. Lo despertó la sed, que ahora era agónica. Iba a incorporarse cuando miró, de soslayo, la mesa de luz. Vio sobre ella un vaso de agua. Se sorprendió. Mientras lo bebía se preguntaba cuándo lo había traído, o si era posible que hubiese quedado ahí desde hacía mucho, o tal vez se había levantado en mitad de la noche y ahora no lo recordaba. Quizá fue un acto desesperado de sonambulismo: el cuerpo necesitaba agua y, siendo que ya conocía la rutina, fue por ella sin que hiciese falta quebrar el manto reparador del sueño. El agua estaba fresca. Hizo fuerza para recordar, pero le dolía la muela, y tenía fiebre. Se le mezclaban las memorias de los sueños recientes con los espaciados detalles de la vigilia. No logró fijar ninguna imagen en su mente. Se preguntó, tímidamente, antes de caer otra vez en el sueño: ¿el otro? La pregunta brotó como el susurro de una exhalación final. Durmió casi todo el día. Al despertar, no volvió a recordar la situación respecto al vaso de agua.

*
una siesta
Una siesta soñó. Una siesta soñó que encontraba. Una siesta soñó que encontraba a su padre. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido detrás de una cómoda. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido detrás de una cómoda en una de las habitaciones. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido detrás de una cómoda en una de las habitaciones en las que él ya no entraba.
Estaba anciano y demacrado.
Balbuceaba sentencias bíblicas en un tono lastimoso.
Inquieto, cuando despertó, fue a ese rincón de la casa.
No encontró nada.
Caviló que tal vez el otro era su padre, extraviado u oculto en su casa.
Había un sensación de horror en la figuración de que el otro no era otro, sino alguien.
Esa misma semana recibió una carta: la fecha y el lugar del entierro de su padre: había tenido un paro respiratorio.
No asistió al funeral, pero la noticia le tranquilizó.

*
Fue acaso su obsesión por el otro la que le previno de sospechar que tal vez el otro podía ser él.

*
prácticas en Panéremos
Esta página, sin firma, con manchas de humedad, agujeros provocados probablemente por el fuego. parte, quizá, de un texto perdido, con caligrafía apurada, con tachaduras hechas con otra lapicera, y acaso por otra persona que su autor. No me atrevería a conjeturar de él ni un poema ni el plan de un poema: su estructura, que puede asemejar a la de la versificación, parece obedecer al ritmo de un apunte apurado. El tío de un amigo cercano había enfermado; era anciano y reposaba en un hospital. Sus pulmones estaban consumidos: no había posibilidad de que se recuperase, ni de que regresara a su casa. Vivía solo, en un departamento modesto. Mi amigo me pidió que lo acompañase, para limpiar la casa, para que el polvo no devorase todo, para demorar la devastación. Fuimos. No había mucho para hacer. Mientras mi amigo preparaba un té me acerqué a la breve biblioteca. Deambulé con mi mirada por los lomos amarillentos de los libros. Tomé, entre ellos, el Manual para una mitología de soledad, de Víctor Fafner, y encontré, entre sus páginas, éstas dos hojas que reproduzco. No avisé a mi amigo del hurto, y me prevengo de toda acusación ubicando estas palabras en mitad de un relato de ficción, para que nadie crea en ellas. No sé de qué habla, ignoro por completo su contexto, su funcionalidad y nada tengo que ver con sus circunstancias pero, por alguna razón que se me escapa, sirven al propósito, oscuro y nebuloso, de este relato:

(..)¿estará hecho de cosas perdidas? ¿de frustraciones, de (palabra tachada) sueños
para siempre postergados?
¿estará hecho de letanías,
de tristezas, de soñar
lo que pudo haber sido
y no fue?
¿o es lo que debimos ser
y no pudimos? ¿o acaso
el rencor
de lo que estábamos destinados a ser,
y malogramos? ¿a la vez la ironía
del tiempo que pasa,
la parodia
de nosotros mismos,
o la presencia
fantasmática e inasible
que exhibe nuestra vida
como la parodia
de nuestro deseo,
y a la vez (cuatro palabras tachadas)?
...
¿encarna, tal vez, la respuesta de la que nuestra vida es la pregunta que no llegamos a pronunciar, y aun así – justamente por eso – somos? ¿o es movido por (tres palabras tachadas) oscuridad, oscuridad, oscuridad?
...
¿es un signo en sí, o no es nada? ¿es, y no dice nada? ¿acaso es tan real que no tiene significado?
...
¿es como el murmullo
de un río
desconocido y transparente
que corre
por praderas lejanas
y del que presentimos
en el dulzor musgoso de sus aguas
toda la eficacia
de la lejanía?
¿o es la fragancia
de luz serena
un perfecto atardecer imposible,
que una vez,
el 7 de noviembre, (ilegible)?
...
¿plano y contraplano?
...
¿velando algo, velando a alguien? ¿no es siempre velarse a uno mismo? Atado a la espera deambulo por el corredor de la funeraria. En la habitación principal me velan a mí: quiero ir, quiero entrar, verme. Pero un funcionario está parado frente a la puerta. Me dice que todavía no, que hay que esperar. Y yo espero. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Con esa espera cometo mi vida.
...
¿tiene que ver con la venganza de las cosas que arrojamos a los sótanos de la existencia? ¿está hecho con el polvo que crece en el fondo de los bolsillos?
¿(...)un espectro, una sombra, una idea, un presentimiento, una burla, un despojo oracular, la potencia del pensamiento de otro
que mueve cosas, de este lado
la carne
de un sueño demasiado fuerte,
un longevo delirio,
pestilencia metafísica,
un doppelganger,
nadie,
nada,
un espejismo de lágrimas,
el recuerdo
lejano
del susurro del mar, el hedor
de la muerte de los otros, la paciente inminencia de la propia muerte, un procedimiento del suspenso, rara música detrás de las paredes, intermitentes presagios de la otredad, de la vida, el rumor
de una grieta
en el universo, densa bruma
que lame la incertidumbre
desperdigada por la casa, el sentido,
la pieza
que faltaba
al puzzle de la existencia, la pieza
que sobró,
algo
que aloja en sí el vapor
de todos los suspiros
que hemos exhalado,
algo
que ha coagulado
la sustancia que brota en el alma
de tanto mirar por la ventana
la vereda de enfrente,
el enemigo, la representación del enemigo, la puesta escena de la vigilancia, la capitulación del enemigo, la futilidad del enemigo, eco,
eco henchido de estériles duplicaciones
como un espejo
en un habitación
oscura,
cenizas
de una leyenda recóndita,
miedo,
o es el que cuenta la historia, o la otra parte de la verdad (que como rezan las reliquias y los derrotados, tiene dos lados)
o simplemente silencio, el silencio?
...

La espera transformaba las palabras en preguntas.
Y esto era terrible, porque, una vez hecha,
no hay respuesta que agote una pregunta.


*

César Aira escribe: “(...)El pensamiento es un continuo que no se detiene jamás, salvo cuando estoy soñando y otro piensa por mí. Entonces me transformo en el otro...”.

*

tres historias

siempre nada
Le pasaba que estaba en el baño, y escuchaba un ruido en la cocina: salía como podía, y cuando llegaba,
nada.O estaba serenamente escuchando música, recostado en el profundo sofá rojo frente a los parlantes, y de repente, sentía movimiento detrás de la puerta, disimulado entre la música: levantaba las cejas y se esforzaba por escuchar: intelectualizaba los sonidos de la música, y mentalmente los separaba en su cabeza, los organizaba hasta identificar qué sonido era pacífico y cuál era invasivo: sí, había ruido en algún lado; bruscamente apagaba el tocadiscos para sorprender al invasor: pero no, se quedaba escuchando el largo y frío silencio. Volvía a poner música, asumiendo que tal vez era su imaginación (su necesidad de que hubiese algo) y, al rato, otra vez esos ruidos. Detenía la música:
nada, sepulcral nada.
Pasaba horas apagando de súbito el tocadiscos, para emboscar al otro: pero no.
Nada.
Había veces que, cenando, o leyendo un libro, sentía tres pasos en el corredor. Los ignoraba, y seguía con lo suyo. En seguida, escuchaba un golpe, como de algo de madera que caía al suelo, y rodaba. Prendía la tv. Sentía ahora cómo un objeto se deslizaba por el piso, el estruendo de cuando chocaba con algo, y se detenía. Subía el volumen para tapar los ruidos. Del otro lado de la pared, se multiplicaban: algo que corría, otra cosa que primero parecía chocar con el mueble y después el mueble mismo que sonaba como si estuviese siendo arrastrado, tableteaban las ventanas, una puerta se cerraba, violentamente.
El piensa: ¿tormenta?¿ratas?
¿la revolución?
la tv, no tiene más remedio. Da dos pasos, y se queda quieto, alerta.
Silencio.
Deja a su cuerpo inmóvil, suspendido, para que no entorpezca su oído. Oye como si un paso se deslizara, el piso de madera cruje.
Luego, nada.
Silencio.
Luego, una puerta (¿la habitación de mamá? ¿el estudio?) estira el chirrido como si lentamente se abriese.
Se convence: hay alguien.
Junta coraje, busca el revólver. Siente su corazón agitado. Suda. Quiere escuchar, pero en sus oídos retumba el latido de su pulso. De un salto, llega al pasillo.
Nadie.
Enciende la luz. Está excitado: corre, abre todas las puertas, prende todas las luces.
Nada.
Intenta calmarse, revisa rincones, debajo de las camas, detrás de las cortinas.
Nada.
Siempre nada.

teléfono
Una noche – él, reclinado sobre la cama, tenue luz de lámpara, sábanas rojas, un vaso de agua en la mesa de luz, leía una novela de Daniel Quinn – sonó el teléfono. El estruendo interrumpió la calma propia de lo inerte. Por algún motivo, atendió (aun cuando tenía la certeza de que a esa hora no podían recibirse buenas noticias). Era una mujer, y preguntaba por Gabriel. Secamente, él respondió “equivocado”, y colgó. No pudo, sin embargo, retomar la novela. Se quedó pensando: tal vez el otro se llama Gabriel. Durante ese mes se refirió al otro con ese nombre (“a ver, Gabriel, si apagás la tele cuando dejás de usarla”; “Gabriel, donde metiste el disco de Stan Getz”; “cuando llegará el día en que tires la cadena, Gabriel”; “Gabriel, ¡otra vez me escondiste la pipa!”; sería injusto, de todos modos, dejar la impresión de que apenas se refería al otro bajo la forma de reproches: no era raro que le hiciera infidencias, le contase secretos o le relatase vagos proyectos o historias de la infancia).
Con el tiempo, hubo otras llamadas, siempre de mujeres. Nunca más solicitaron a Gabriel: pedían siempre por un nombre distinto (Manuel, Ludovico, Pier-Paolo, Bruce, José Ignacio, Soren, Spencer Brydon, etc). Se sintió muy torpe ante esa obviedad: el otro siempre dará nombres falsos (fiel a su condición, se haría pasar, una y otra vez, por otro) y él, como un tonto, llamándolo Gabriel. La vergüenza lo oprimió largos y severos días, pero en una convivencia tan longeva, todo quedaba eventualmente disculpado.
Una tarde, un incidente lo hundió para siempre, desconsoladamente, en sí mismo. El teléfono cortó la languidez del domingo. Lo dejó correr hasta que el sonido agonizó. La tercera vez, atendió. Era, previsiblemente, una mujer. Pedía por Lito. El juntó coraje y, sin un temblor en la voz, respondió: - El habla.
Menos mal que te encuentro – dijo la mujer – la situación es insostenible, no sé cuánto más pueda aguantar.
- Claro, entiendo.
- ¿Qué entendés? ¿Vos estás bien?
- Sí, sí. Muy bien. La voz, la tengo un poco tomada.
-