Elsinore, el real; Hamlet, el imaginario.
Plano y contraplano.
Imaginario: certidumbre.
Real: incertidumbre.
Notre musique;
Jean –Luc Godard
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Si un hombre es dos hombres,
el verdadero,
es el otro
;
prefacio
La soledad está llena de cosas. Habitar la soledad es persistir en un mundo misterioso, donde la quietud de la rutina es apenas una serena apariencia. Los peligros ocultos son numerosos e intratables, y el último y más oscuro de ellos implica la convivencia con la posibilidad de que detrás de la última mascarada no haya nadie, ni nada. La soledad está llena de cosas: sobre todo está llena de sí misma. La soledad es un teatro imprevisible donde se mueven sombras evocadas desde las más recónditas profundidades de la conciencia. La locura, si es sincera, solo puede crecer sobre el lento escenario de la soledad: sólo allí podrá ejercer sus formas sin fronteras ni cohibiciones; sólo allí puede labrarse con delicadeza. No sé si esta historia se inscribe en las directrices que insinúo. En todo caso, sé que es una historia solitaria, y que sirvió a mi soledad: surgió de ella, sólo en ella pudo construirse, y de ella la desprendo ahora, para perderla.
Es una historia que pude contar a condición de hacerlo en dilatados fragmentos. Esas elipsis obedecen a la intermitencia de mi propia soledad.
*
Cuando murió su madre, él no vendió la casa. A pesar de que era muy grande, y tenía demasiadas habitaciones para una sola persona, siguió viviendo allí.
*
Habían sido ellos dos durante mucho tiempo. Desde la primera infancia se había acostumbrado a volver a esa casa solitaria, de anchos pasillos y numerosas sinuosidades; generosa en tinieblas que aligeraban la desmesura de sus dimensiones. Su padre se había marchado hacía años. No podía precisar cuando: la casa era grande y no era necesario encontrarse con los otros habitantes: tardó más de un mes en percatarse de la ausencia de su padre. Su madre no quiso hablar del tema, él tampoco preguntó demasiado. Casi daba lo mismo; además, cabía la posibilidad de que su padre se hubiese mudado a una de las habitaciones septentrionales de la casa (él no lo buscó) o que vagase por los pasillos cargando el azaroso estigma del desencuentro.
*
early mithology
Recordó una historia familiar, que los mayores contaban a los niños para que, entusiasmados por el fragor del juego, no fuesen demasiado lejos. Aparentemente un niño, hijo de la tía de la madre de su padre, jugaba con otros a la escondida. Los rituales del juego se cumplen a la perfección (con algún previsible desmán infantil). Luego, la historia se bifurca. El niño no aparece. No se sabe si el niño se esconde tan bien (tan lejos) que nadie lo puede encontrar. Los demás chicos convocan a los padres, que buscan en vano y más tarde llaman a la policía. Nunca lo encuentran. Años más tarde, alguien (¿una tía?¿un cuñado?) abre la puerta de un placard recóndito o se agacha debajo de una cama (en todo caso, buscando otra cosa) y encuentra el cuerpo muerto del niño escondido. La ostensible moraleja: para que le juego de las escondidas funcione, no hay que jugarlo demasiado bien (o delimitar su territorio ficticio con severidad).
La otra versión padece una mínima variación: los niños se aburren y dejan de buscar: sólo que a este niño no le avisan, no se entera y permanece escondido. Se dan cuenta, horas después de que no está, y lo buscan pero el niño no sale de su escondite, considerando que se trata de una artimaña (o quien sabe, tal vez se ha extraviado en su esfuerzo por lograr un escondite impenetrable). El final es el mismo.
En ambos casos, la monstruosidad de las dimensiones de la casa quedan comprobadas; y acaba siendo un útil instrumento preventivo (el horror, como dispositivo de prevención).
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Con el tiempo, la relación con su madre se cargó de una hostilidad amarga, que velaba secretos resentimientos e inexorables desencuentros en la asignación de culpabilidades; discutían las menos de las veces: el aire, en cambio, se atiborraba de una densa opacidad que volvía al silencio una carga desagradable. Le parecía que todo el espacio vacío se cubría de telaraña: solo caminar por la casa se tornaba una dificultosa aventura. De repente, ya no recordaba cómo moverse: toda su vida se hallaba entorpecida. Se cansó de que a cada bostezo se le llenara la boca de esa pasta musgosa, de que en sus pestañas se enredase todo el tiempo esa rancia sustancia. Optó por dejar se cruzársela por la casa. Vivieron juntos todavía 7 años, distantes el uno del otro. El sabía, los horarios de su madre; era sencillo evitarse. Fue el olor, un pestilente aroma que abrumaba esa clara mañana de septiembre, el que le desvió de sus rutinas y lo encaminó al cuerpo de su madre. El forense dijo que llevaba muerta dos semanas.
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De ahí en más, vivió solo. Tres días, un amigo de la infancia que vivía en otro continente y pasaba por Buenos Aires, se quedó en su casa. Algunas semanas desdibujadas en el tiempo una señorita durmió en la habitación contigua. Casi parecía que hubiesen podido quererse, pero se trataba, como siempre, de una confusión.
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No explayó su vida por la casa. Eran muchas las habitaciones y él no tenía tanta existencia con qué llenarlas (su paso por las cosas era leve: le gustaba dar la idea de que no estaba ahí). Se limitó a su habitación, la biblioteca, la cocina, el baño y, en ocasiones muy particulares, la terraza. Contadas veces bajó al sótano, por motivos de necesidad excluyente. El resto de la casa era un secreto paisaje que presentía cuando caminaba por los largos pasillos. No le hacía falta abrir las puertas: ¿qué querría confirmar?¿que todo seguía allí?¿qué el tiempo había desmoronado las cosas? No; las puertas cerradas le hacían más sencillo soñar. (A veces, paseando se detenía, posaba la palma de su mano abierta sobre la madera de una puerta, y sentía bullir la previsión de imágenes que podía haber detrás, o que hubo alguna vez, o que sería absurdo, precioso, imposible que hubiese; soñaba)
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Salía muy poco (afuera, rodeado de los demás, se sentía solo). Al mercado de enfrente, a tirar la basura por las noches, a dejar comida junto a un árbol para los gatos inexistentes que él creía escuchar desde su balcón. Una pensión le permitía no necesitar del mundo. El dinero compraba la distancia. No sintió, una sola vez, el ansia de desandar sus comodidades hasta adentrarse en las diversas calles de la ciudad. Los presagios de la tv lo llenaban de espanto y las pocas veces que contemplaba las cosas moverse detrás de su ventana sentía un profundo desaliento por la inercia neutral con que los episodios del mundo devenían en nada, vulgar simetría de idénticas futilidades.
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la caras de la moneda
Leía, tocaba el piano. Se daba grandes banquetes a sí mismo. Caminaba, vestido cada día con un prolijo traje distinto, los pasillos de la casa. Escuchaba discos de vinilo. Veía películas y a veces, tv. Dormía siestas. Limpiaba. Hablaba en voz alta consigo mismo, o daba conferencias frente a los espejos. Y nunca atendía el teléfono. Su soledad estaba llena de cosas. Eran hábitos con los que ocupaba su tiempo, maneras de habitar el curso de los días. Cada una constituía una delicada rutina solitaria.
He omitido acaso la más peculiar de ellas: el otro.
Se trataba de una sensación añeja, que había atravesado diversos estados antes de cristalizarse en esta entidad, vaga forma que se movía entre sus cosas sabidas....
Alguien había aprendido a vivir en los 180 grados que su vista humana no abarcaba: alguien vivía en esa enorme casa con él y parecía tener allí, en esos 180 grados, suficiente espacio para existir con comodidad.
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niñez, miedo original
Desde la niñez sintió esa presencia, ese contacto con la otredad. El miedo fue la reacción original, lo paralizaba. A esa edad un niño es proclive a aceptar las ficciones como cosas que ocurren en lo real, es así que el miedo multiplica sus figuras, implicándose en la máscara de innumeras imágenes.
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El miedo existe, y existirá siempre. Pero un niño, que tiene poco contacto con los límites de la realidad y una potencia imaginatoria temible (con la que expande esos límites hasta lo fantástico) hace encarnar su miedo por variadísimas y disímiles representaciones que toma prestadas de improbables mitologías y excéntricas y poco sostenibles fábulas.
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Fue así que adjudicó los ruidos que escuchaba a duendes, espectros, y demás manifestaciones de lo muerto. Sus padres no le hacían caso: decían que eran cosas de niños.
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juventud, sumisión a la dictadura de lo real
Para la adolescencia, él estuvo de acuerdo con el veredicto de sus padres. Si escuchaba algún ruido fuera de lugar, de cosa que se movía o pasos por el pasillo, se lo adjudicaba a alguno de sus padres. Si no encontraba algo que donde lo había dejado, no tenía dificultad en aceptar la coartada de la distracción. Fueron contadas las veces que tuvo miedo: alguna rara noche en que sabía que sus padres habían salido y aun escuchaba algún ruido. Hubo veces en las que se tranquilizaba diciéndose que seguramente habría escuchado mal, y atribuía esos desperfectos de lo real a una confusión de sus sentidos excitados. Otras veces, lo ruidos eran tan claros y su reiteración tan insistente que una presencia que los perpetrara se le hacía una evidencia inevitable. Su imaginario le permitía ahora implicar su temor a las fáciles imágenes de ladrones y asesinos y pasaba la noche en vela con un palo en la mano, atento para defenderse de la cercanía de lo otro.
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La ausencia del padre lo vuelve más frágil. No sólo porque se ve amputado de una figura que ejerza la autoridad, sino porque pierde buena parte de las coartadas para los ruidos, los extraños movimientos de la casa, el otro. De su madre conocía la regularidad de sus desplazamientos, y sus modos y frecuencias, y sabía que pasaba casi todo el día en su habitación, absorta en el tejido, la televisión y el sueño.
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Kubla Khan
Toma una primera determinación. Comprende que el afuera constituye una amenaza: blinda las puertas, las llena de cerraduras, coloca alarmas, rejas y compra un revólver. Hace de su hogar una fortaleza impenetrable, y es así que deja de frecuentar la calle y la ciudad: atravesar las decenas de cerraduras, coordinar las alarmas, abrir y cerrar las pesadas rejas es algo arduo y trabajoso, que conlleva numerosos preparativos y esfuerzos. Xanadu, se dice para sí, y no le cuesta demasiado privarse de los episodios de la realidad que fluyen afuera. Siente que tiene dentro todo lo que precisa para atravesar la espera.
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Años más tarde, comprendería que el vigor empleado en la manutención de esas seguridades habían sido tan superfluos como cándidos. Quién, después de todo, daría el paso que lo adentrara en la frágil frontera entre esto y lo otro. Quién, al final de cuentas, se entrometería en un letánico espacio donde lo imaginario había hecho crecer formas entre lo real, sin resbalar estrepitosamente, sin romperse la nuca contra el suelo antes de atinar los primeros escalones de la huida.
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La alarma duró poco. Sonaba cinco veces al día sin que pudiese nunca determinarse el más leve indicio de su motivación. Con el tiempo, vivir en estado de emergencia era la norma, y no prevenía de nada.
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Pensó que tal vez el otro era un producto de su soledad, una manera complementaria de sí mismo hecho con el silencio que manaba de sus postergaciones. También pensó: tal vez el otro sea un producto de la necesidad de mi soledad, una ilusión de mi soledad.
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O tal vez era la sombra de sus rutinas, desfasada en el tiempo. Repeticiones, eco.
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Con la muerte de la madre, el otro se toma más libertades. Saca libros de la biblioteca y ya no los vuelve a colocar, deja puertas abiertas, cambia cosas de lugar, pasa al trote en mitad de la noche, hace llamadas de larga distancia.
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Había veces en que podía sentir que el otro no estaba. La casa estaba serena, todas las cosas dormían el sueño inanimado de la quietud, sumidas en el silencio que mana de la ausencia. No había pasos en los pasillos, ni ventanas que se abrían, y encontraba todo en el lugar donde lo había dejado. Se recostaba en el sofá y mirando el techo se preguntaba por el otro. Dónde se habrá ido, qué estaría haciendo. ¿Caminará calles en vano o habrá huido tras una amante; jugará al bingo, se habrá alistado al ejército, degustará un durazno en un banco de plaza que dé al sol o al río, hará pilates, provocará incendios? Etc: eran días solitarios (sentía que su vida se diluía, enmarcada en ningún lado, se sentía borrado por el inmediato presente que sobrevenía cada instante; era como hacer morisquetas en la oscuridad).
*
una tarde, meditabundo en el sillón rojo
(y un interludio)
1
Se pregunta: ¿por qué tolero al otro? Se responde: porque no tengo remedio. Esa es su primera respuesta, la siente demasiado reactiva. Empuja un poco su cara sobre sí mismo, y duda. Piensa que su tolerancia no ofrece resistencias ni se dispensa en ningún tipo de práctica vinculada a la queja, el desdén, el pataleo. Descubre que hay algo en el otro que imprime un cierto sentido a su existencia. No cree contar con la mirada del otro, pero de alguna manera, la vislumbrada garantía del otro funciona como la duplicación de su vida, el ingreso en la relevancia desde el momento en que un testigo puede dar cuenta de la vicisitudes de su vida: volverse relato, trocar su pasaje por el acontecimiento. El otro no lo hará, no dirá nada: pero podría (tal vez).
2
Como el perseguido que desconoce el motivo de su seguimiento, después del miedo que le inflige la cercanía de su perseguidor siente la excitación de sí mismo, el progresivo convencimiento de que algo valioso habrá en él como para que se monte esa operación de espionaje alrededor de su vida: quizá eventualmente logre merecer a su perseguidor. No es el caso (su vinculo con el otro prescindía de toda paranoia), pero la prefiguración del otro le impide ejercer sin culpa la banalidad, y reconoce que las rutinas de su vida tienen algo de performance. No se siente impostado, ni afectado: siente que el otro ha dispuesto sobre él la idea de un spotlight que lo obliga a vivir su vida privándose de la indignidad: como si nunca dejase de ser fotografiado y como, para merecer la fotografía no puede pasarse toda la vida en pose, ha tenido que aprender que sus todos sus movimientos sean elegantes, y su andar, siempre grácil.
3
Puesto que tal vez es percibido, ha de lograr lo mejor de sí. Se dice: acaso he aprendido piano por el otro. Observa en su conciencia del otro una medida. Se dice: para obtener una certera conciencia de sí (de nuestros dotes, de nuestras capacidades, talentos, deseos, miedos, etc) es imprescindible mirarnos como si fuésemos otro. Se dice: sólo así no recurriremos a la liviana indulgencia de la absolución y la complacencia (tan cerca todo esto de la abulia). Se dice: el problema de los otros, de los demás, es que son tan falibles como yo; apenas si nos proveen la potencia de su mirada como algo justo a condición de que nos prevengamos de toda cercanía. Se dice: si en el circuito de la sociabilidad rompemos el pacto del roce y vulneramos la lejanía, la mirada del otro (humanizada, y por tanto lastimosa, vulgar, inculta, etc) se corrompe y o bien ya no nos sirve, o jugamos el juego kafkiano de declararnos todos culpables y por tanto, nos perdamos todos. Se dice: en cambio, mi otro es de una abstracción insondable; me impone un esfuerzo sublime para estar a la altura de su mirada ausente. Se dice: comprendo al otro como un maestro del silencio y la desaparición, y llego a presentir su comportamiento como una enseñanza. Se dice, en un tono más severo y declamatorio: sólo el otro sabe que no vas a ninguna parte, sólo el otro sabe que tu vida es insensata. Más que una religión, el otro se vuelve la energía avasalladora de una Conciencia.
4
La impresión de la presencia del otro, a su manera, lo transfiguraba (¿de banal en trascendente?¿de trascendente en trivial? no lo sabía), lo obligaba a existir. El otro era un dador de significado. (No como él, que era un recipiente. Un excitado niño sin nombre ansioso de que alguien lo nomine, como un paria, un extranjero, un outsider desea encajar en el mundo mediante el ejercicio de farsas como el amor o el dinero).
5
Ocurre esta contraveniencia con el deseo: el deseo de él (el deseo del otro) se multiplica hasta el vértigo en la marca de la ausencia de todo deseo por parte del otro, que produce su invisibilidad como coartada de su existencia. Propenso como es el otro a la ausencia (obre todo, a la ausencia de manifestar deseo), evoca en él un estado similar al del delirio: él queda rendido, seducido por la falta de deseo del otro, y es forzado y movido, provocado y anulado, exaltado y decepcionado por la potencia que el otro es al haber rehuido una encarnación cognoscible. ¿Digo con esto que el otro es una potencia, una energía, una fuerza? No: yo no digo nada. Yo cuento un cuento. En todo caso, si me fuerzan, habré de decir que él es artífice del poder de la ausencia que el otro detenta mediante el eterno suspenso de sí mismo (a él le sirve la presencia de la ausencia del otro – la presencia que se desaparece a sí misma, la intermitencia de una aparición fractal – para especular, para soñar: melodrama junto al cual pasan las horas, dócilmente) (¿digo con esto que el otro es histérico? no lo sé: la histeria de otro bien puede padecerse sin que nadie la ejerza – lo mismo que viceversa) (¿digo con esto que la situación es dramática?: no, para nada: es – con sus cristalizados desmanes, con sus ya monótonas intensidades - cotidiana.)
6
Preguntarse, por ejemplo: ¿es todo este ampuloso soliloquio un producto del deseo de él, o es un fruto cansino de la obediencia a la seducción del otro?
7
El otro le ofrece un extraño espejo en el que al fin está liberado de su ser, de su libertad, de su imagen, de su semejanza; todas la cosas que, en el secreto de sí mismo, le pesan.
¿No es el otro el remedio a la afasia?
8
Pero esto son sólo palabras. Le gustaba palabrear cuando caía la tarde, en el sillón rojo del living. Hasta qué punto creía estas cosas, no es fácil estimar: decía muchas cosas (acunaba una pasión fugaz por la literatura: no escribía, porque escribir le parecía trabajar con el cadáver de la palabra, y sentía que tenía demasiado de autopsia; en cambio, le fascinaba como refulguraba el aire del ambiente antes de desvanecerse el sonido de su enunciación: decía para que lo que decía muriese, como toda cosa viva).
9
Esto son solo palabras: yo también tengo un sillón rojo, y malverso el tiempo acuñando impulsos furtivos de intratables literaturas fantásticas.
*
180
Dilapidado todo candor, abolida toda fe, en la última de la instancias, podría decirse, al menos, que el otro era una práctica. Y si él lo percibía era precisamente por esto: la existencia del otro se limitada a los 180 grados que él no podía captar, sus maneras eran leves, y todo su ser estaba constituido por una sutileza que lindaba con la nada (si es que no era, de hecho, la nada misma): él lo volvía perceptible mediante el arduo trabajo de la soledad y el silencio, enmarcado en las frías rutinas de una casa inmensa pero fundada en la quietud; indómita, pero estable. Era volviendo la realidad una escena de un crimen que el podía, ocasionalmente, dar con alguna pista, un breve indicio, algo que sostuviese la idea del otro.
*
Había sido una mala noche. Dar vueltas en la cama, despertar violentamente del principio de la somnolencia, transpirar, aprenderse las formas del techo en la oscuridad. Dolor de muelas. Fiebre. Finalmente se durmió; una siesta tranquila. Despertó una vez, con la boca reseca, los labios áridos. Deseó - con una parte remota de su limitada lucidez - tener un vaso de agua cerca (tal vez justo en la mesa de luz) pero no se sentía con fuerzas como para salir de la cama e ir a buscarlo (la casa era grande: ir tras un vaso de agua era una pequeña odisea). Prefirió aprovechar el sopor del sueño, giró sobre su lado izquierdo y durmió. Horas más tarde volvió a la vigilia. Lo despertó la sed, que ahora era agónica. Iba a incorporarse cuando miró, de soslayo, la mesa de luz. Vio sobre ella un vaso de agua. Se sorprendió. Mientras lo bebía se preguntaba cuándo lo había traído, o si era posible que hubiese quedado ahí desde hacía mucho, o tal vez se había levantado en mitad de la noche y ahora no lo recordaba. Quizá fue un acto desesperado de sonambulismo: el cuerpo necesitaba agua y, siendo que ya conocía la rutina, fue por ella sin que hiciese falta quebrar el manto reparador del sueño. El agua estaba fresca. Hizo fuerza para recordar, pero le dolía la muela, y tenía fiebre. Se le mezclaban las memorias de los sueños recientes con los espaciados detalles de la vigilia. No logró fijar ninguna imagen en su mente. Se preguntó, tímidamente, antes de caer otra vez en el sueño: ¿el otro? La pregunta brotó como el susurro de una exhalación final. Durmió casi todo el día. Al despertar, no volvió a recordar la situación respecto al vaso de agua.
*
una siesta
Una siesta soñó. Una siesta soñó que encontraba. Una siesta soñó que encontraba a su padre. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido detrás de una cómoda. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido detrás de una cómoda en una de las habitaciones. Una siesta soñó que encontraba a su padre escondido detrás de una cómoda en una de las habitaciones en las que él ya no entraba.
Estaba anciano y demacrado.
Balbuceaba sentencias bíblicas en un tono lastimoso.
Inquieto, cuando despertó, fue a ese rincón de la casa.
No encontró nada.
Caviló que tal vez el otro era su padre, extraviado u oculto en su casa.
Había un sensación de horror en la figuración de que el otro no era otro, sino alguien.
Esa misma semana recibió una carta: la fecha y el lugar del entierro de su padre: había tenido un paro respiratorio.
No asistió al funeral, pero la noticia le tranquilizó.
*
Fue acaso su obsesión por el otro la que le previno de sospechar que tal vez el otro podía ser él.
*
prácticas en Panéremos
Esta página, sin firma, con manchas de humedad, agujeros provocados probablemente por el fuego. parte, quizá, de un texto perdido, con caligrafía apurada, con tachaduras hechas con otra lapicera, y acaso por otra persona que su autor. No me atrevería a conjeturar de él ni un poema ni el plan de un poema: su estructura, que puede asemejar a la de la versificación, parece obedecer al ritmo de un apunte apurado. El tío de un amigo cercano había enfermado; era anciano y reposaba en un hospital. Sus pulmones estaban consumidos: no había posibilidad de que se recuperase, ni de que regresara a su casa. Vivía solo, en un departamento modesto. Mi amigo me pidió que lo acompañase, para limpiar la casa, para que el polvo no devorase todo, para demorar la devastación. Fuimos. No había mucho para hacer. Mientras mi amigo preparaba un té me acerqué a la breve biblioteca. Deambulé con mi mirada por los lomos amarillentos de los libros. Tomé, entre ellos, el Manual para una mitología de soledad, de Víctor Fafner, y encontré, entre sus páginas, éstas dos hojas que reproduzco. No avisé a mi amigo del hurto, y me prevengo de toda acusación ubicando estas palabras en mitad de un relato de ficción, para que nadie crea en ellas. No sé de qué habla, ignoro por completo su contexto, su funcionalidad y nada tengo que ver con sus circunstancias pero, por alguna razón que se me escapa, sirven al propósito, oscuro y nebuloso, de este relato:
(..)¿estará hecho de cosas perdidas? ¿de frustraciones, de (palabra tachada) sueños
para siempre postergados?
¿estará hecho de letanías,
de tristezas, de soñar
lo que pudo haber sido
y no fue?
¿o es lo que debimos ser
y no pudimos? ¿o acaso
el rencor
de lo que estábamos destinados a ser,
y malogramos? ¿a la vez la ironía
del tiempo que pasa,
la parodia
de nosotros mismos,
o la presencia
fantasmática e inasible
que exhibe nuestra vida
como la parodia
de nuestro deseo,
y a la vez (cuatro palabras tachadas)?
...
¿encarna, tal vez, la respuesta de la que nuestra vida es la pregunta que no llegamos a pronunciar, y aun así – justamente por eso – somos? ¿o es movido por (tres palabras tachadas) oscuridad, oscuridad, oscuridad?
...
¿es un signo en sí, o no es nada? ¿es, y no dice nada? ¿acaso es tan real que no tiene significado?
...
¿es como el murmullo
de un río
desconocido y transparente
que corre
por praderas lejanas
y del que presentimos
en el dulzor musgoso de sus aguas
toda la eficacia
de la lejanía?
¿o es la fragancia
de luz serena
un perfecto atardecer imposible,
que una vez,
el 7 de noviembre, (ilegible)?
...
¿plano y contraplano?
...
¿velando algo, velando a alguien? ¿no es siempre velarse a uno mismo? Atado a la espera deambulo por el corredor de la funeraria. En la habitación principal me velan a mí: quiero ir, quiero entrar, verme. Pero un funcionario está parado frente a la puerta. Me dice que todavía no, que hay que esperar. Y yo espero. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Con esa espera cometo mi vida.
...
¿tiene que ver con la venganza de las cosas que arrojamos a los sótanos de la existencia? ¿está hecho con el polvo que crece en el fondo de los bolsillos?
¿(...)un espectro, una sombra, una idea, un presentimiento, una burla, un despojo oracular, la potencia del pensamiento de otro
que mueve cosas, de este lado
la carne
de un sueño demasiado fuerte,
un longevo delirio,
pestilencia metafísica,
un doppelganger,
nadie,
nada,
un espejismo de lágrimas,
el recuerdo
lejano
del susurro del mar, el hedor
de la muerte de los otros, la paciente inminencia de la propia muerte, un procedimiento del suspenso, rara música detrás de las paredes, intermitentes presagios de la otredad, de la vida, el rumor
de una grieta
en el universo, densa bruma
que lame la incertidumbre
desperdigada por la casa, el sentido,
la pieza
que faltaba
al puzzle de la existencia, la pieza
que sobró,
algo
que aloja en sí el vapor
de todos los suspiros
que hemos exhalado,
algo
que ha coagulado
la sustancia que brota en el alma
de tanto mirar por la ventana
la vereda de enfrente,
el enemigo, la representación del enemigo, la puesta escena de la vigilancia, la capitulación del enemigo, la futilidad del enemigo, eco,
eco henchido de estériles duplicaciones
como un espejo
en un habitación
oscura,
cenizas
de una leyenda recóndita,
miedo,
o es el que cuenta la historia, o la otra parte de la verdad (que como rezan las reliquias y los derrotados, tiene dos lados)
o simplemente silencio, el silencio?
...
La espera transformaba las palabras en preguntas.
Y esto era terrible, porque, una vez hecha,
no hay respuesta que agote una pregunta.
*
César Aira escribe: “(...)El pensamiento es un continuo que no se detiene jamás, salvo cuando estoy soñando y otro piensa por mí. Entonces me transformo en el otro...”.
*
tres historias
siempre nada
Le pasaba que estaba en el baño, y escuchaba un ruido en la cocina: salía como podía, y cuando llegaba,
nada.O estaba serenamente escuchando música, recostado en el profundo sofá rojo frente a los parlantes, y de repente, sentía movimiento detrás de la puerta, disimulado entre la música: levantaba las cejas y se esforzaba por escuchar: intelectualizaba los sonidos de la música, y mentalmente los separaba en su cabeza, los organizaba hasta identificar qué sonido era pacífico y cuál era invasivo: sí, había ruido en algún lado; bruscamente apagaba el tocadiscos para sorprender al invasor: pero no, se quedaba escuchando el largo y frío silencio. Volvía a poner música, asumiendo que tal vez era su imaginación (su necesidad de que hubiese algo) y, al rato, otra vez esos ruidos. Detenía la música:
nada, sepulcral nada.
Pasaba horas apagando de súbito el tocadiscos, para emboscar al otro: pero no.
Nada.
Había veces que, cenando, o leyendo un libro, sentía tres pasos en el corredor. Los ignoraba, y seguía con lo suyo. En seguida, escuchaba un golpe, como de algo de madera que caía al suelo, y rodaba. Prendía la tv. Sentía ahora cómo un objeto se deslizaba por el piso, el estruendo de cuando chocaba con algo, y se detenía. Subía el volumen para tapar los ruidos. Del otro lado de la pared, se multiplicaban: algo que corría, otra cosa que primero parecía chocar con el mueble y después el mueble mismo que sonaba como si estuviese siendo arrastrado, tableteaban las ventanas, una puerta se cerraba, violentamente.
El piensa: ¿tormenta?¿ratas?
¿la revolución?
la tv, no tiene más remedio. Da dos pasos, y se queda quieto, alerta.
Silencio.
Deja a su cuerpo inmóvil, suspendido, para que no entorpezca su oído. Oye como si un paso se deslizara, el piso de madera cruje.
Luego, nada.
Silencio.
Luego, una puerta (¿la habitación de mamá? ¿el estudio?) estira el chirrido como si lentamente se abriese.
Se convence: hay alguien.
Junta coraje, busca el revólver. Siente su corazón agitado. Suda. Quiere escuchar, pero en sus oídos retumba el latido de su pulso. De un salto, llega al pasillo.
Nadie.
Enciende la luz. Está excitado: corre, abre todas las puertas, prende todas las luces.
Nada.
Intenta calmarse, revisa rincones, debajo de las camas, detrás de las cortinas.
Nada.
Siempre nada.
teléfono
Una noche – él, reclinado sobre la cama, tenue luz de lámpara, sábanas rojas, un vaso de agua en la mesa de luz, leía una novela de Daniel Quinn – sonó el teléfono. El estruendo interrumpió la calma propia de lo inerte. Por algún motivo, atendió (aun cuando tenía la certeza de que a esa hora no podían recibirse buenas noticias). Era una mujer, y preguntaba por Gabriel. Secamente, él respondió “equivocado”, y colgó. No pudo, sin embargo, retomar la novela. Se quedó pensando: tal vez el otro se llama Gabriel. Durante ese mes se refirió al otro con ese nombre (“a ver, Gabriel, si apagás la tele cuando dejás de usarla”; “Gabriel, donde metiste el disco de Stan Getz”; “cuando llegará el día en que tires la cadena, Gabriel”; “Gabriel, ¡otra vez me escondiste la pipa!”; sería injusto, de todos modos, dejar la impresión de que apenas se refería al otro bajo la forma de reproches: no era raro que le hiciera infidencias, le contase secretos o le relatase vagos proyectos o historias de la infancia).
Con el tiempo, hubo otras llamadas, siempre de mujeres. Nunca más solicitaron a Gabriel: pedían siempre por un nombre distinto (Manuel, Ludovico, Pier-Paolo, Bruce, José Ignacio, Soren, Spencer Brydon, etc). Se sintió muy torpe ante esa obviedad: el otro siempre dará nombres falsos (fiel a su condición, se haría pasar, una y otra vez, por otro) y él, como un tonto, llamándolo Gabriel. La vergüenza lo oprimió largos y severos días, pero en una convivencia tan longeva, todo quedaba eventualmente disculpado.
Una tarde, un incidente lo hundió para siempre, desconsoladamente, en sí mismo. El teléfono cortó la languidez del domingo. Lo dejó correr hasta que el sonido agonizó. La tercera vez, atendió. Era, previsiblemente, una mujer. Pedía por Lito. El juntó coraje y, sin un temblor en la voz, respondió: - El habla.
Menos mal que te encuentro – dijo la mujer – la situación es insostenible, no sé cuánto más pueda aguantar.
- Claro, entiendo.
- ¿Qué entendés? ¿Vos estás bien?
- Sí, sí. Muy bien. La voz, la tengo un poco tomada.
-